La mujer mexicana vuela cada día más alto en su lucha por la igualdad. El más reciente ejemplo es Priscila Martínez Morales. 

Tiene 22 anos y es una de cuatro mujeres que pilotan aviones en la Fuerza Aérea del Ejército mexicano, hasta ahora un territorio reservado a los hombres.

La subteniente, que pertenece al Escuadrón 301 y es capaz de operar un caza 2-95, acaba de graduarse y realiza un curso de perfeccionamiento, pero a pesar de su juventud, va por todo. 

Tanto es así que, una vez alcanzado su sueño, aspira incluso a llegar a ser la primera Generala de la aviación mexicana y servir a México como comandante, un reto enorme en un cuerpo castrense celoso, que ninguna mujer ha conseguido hasta ahora, aunque hay colegas en otras ramas del Ejército.

Ahí no paran sus aspiraciones: en el futuro, quiere convertirse en la primera secretaria de Defensa Nacional.

Podría parecer, por su determinación y su carácter firme, que las cosas han sido sencillas para Martínez Morales. Todo lo contrario.

“Hemos demostrado que podemos realizar las mismas actividades que los compañeros varones”, asegura a Reporte Indigo durante la entrevista en la base aérea de Santa Lucía, Estado de México.

Tenacidad y satisfacción 

No rendirse, pese a los obstáculos, ha sido lo que ha marcado la diferencia para ella y lo que le ha permitido superar los tabúes.

“Hemos trabajado mucho y con mucho respeto, con un adiestramiento muy profesional. Entonces nos sentimos con mucha satisfacción de poder desempeñarnos como nuestros compañeros”, dice, aunque señala que quizá los pilotos veteranos sean los más recelosos sobre su capacidad para desempeñar un trabajo históricamente masculino.

“Hemos cumplido nuestras expectativas. Han visto que nuestro trabajo es profesional y cumplimos exactamente con las mismas exigencias que necesita la Fuerza Aérea, no importa el género”, puntualiza.

Priscila no duda en enviar un mensaje de empuje a las mexicanas: “No le tengan miedo a las Fuerzas Armadas”.

En su opinión, el trabajo está lleno de recompensas.  Reconoce que resulta complicado el cambio de la vida civil a la militar, pero todos los obstáculos quedan compensados por la satisfacción y la responsabilidad de cumplir con las misiones que exige el país.

Sostiene que, contra la creencia general, que el Ejército no impide la formación de una familia. ”Mientras se cumpla con el adiestramiento y con la reglamentación, uno puede llevar una vida común y corriente afuera con pareja  y con hijos” y recuerda que hay compañeras suyas enfermeras o médicos dentro de las Fuerzas Armadas.Desde luego, no se le puede negar que vuela sola.