Gregoria Jiménez tiene 50 años y en la segunda ola de COVID-19, que tuvo lugar en enero de 2021, fue víctima del virus.

A finales de diciembre de 2020, el hijo de la mujer, que vive en la alcaldía Venustiano Carranza de la Ciudad de México- se contagió de COVID-19 y presentó síntomas leves: solo dolor de cabeza, tos y fiebre.

Sin embargo, ella también se contagió y tuvo más complicaciones: presentó insuficiencia respiratoria, fatiga y durante varios días tuvo niveles de oxigenación por debajo de 90.

La mujer se trató con médicos privados debido a que es comerciante y no cuenta con un seguro médico

Tras 7 días difíciles, la mujer mejoró y 14 días después, dio negativo a COVID-19.

“Creí que ya la había librado, pero no, tuve mareos y me costaba trabajo subir escaleras”, dice.

Pasaron más de 3 meses y continuaba  la insuficiencia respiratoria, por lo que decidió acudir al médico, relata.

“Era muy desesperante no poder hacer algún esfuerzo porque sentía que me faltaba el aire y me mareaba, primero pensé que era la convalecencia del COVID, pero después me enteré que otras personas tenían secuelas similares”
Gregoria JiménezVíctima de secuelas de COVID-19

Entonces, volvió a ir con un médico privado, quien le recetó vitaminas a Gregoria y le recomendó hacerse una radiografía de tórax para evaluar el daño en sus pulmones. También le dijo que podía ser necesario que hiciera fisioterapia.

“No me hice la tomografía porque pensé que con las vitaminas iba a ser suficiente, pero no fue así, y aunque me sentí un poco mejor, no estaba al 100 por ciento”, afirma.

En junio de 2021, decidió acudir al Hospital Balbuena de la Secretaría de Salud (Sedesa) de la Ciudad de México para que la revisaran y, después de una valoración de rutina, la remitieron al área de neumología del Hospital General de México.

Ahí volvieron a valorar su estado y, en agosto de 2021, le confirmaron que tenía dañados los pulmones por el COVID-19.

“Me dijeron que no era grave el problema, pero que si lo dejaba, en el futuro podía ser un riesgo importante”, explica.

Posteriormente, en otra cita en el mes de septiembre de 2021, le dieron una serie de ejercicios respiratorios para rehabilitarse de manera integral.

“Estoy aliviada porque no me dejé, pero sé de personas que no se atienden y eso es malo, porque aunque en el momento no te pega tanto, conforme pasa el tiempo empeora”, declara.

Gregoria opina que un modelo de atención a las secuelas de COVID-19 sería positivo, porque a ella le costó mucho tiempo poder atenderse de manera adecuada

“Algo más directo, donde no tengas que ir de un lugar a otro, porque eso también es cansado y más si te sientes mal”, señala.

Ahora, con sus ejercicios, Gregoria ha podido volver a respirar sin dificultad y retomar su vida con normalidad, pero el riesgo de un contagio sigue latente.

“Siempre existe el miedo de volver a contagiarme, con todo y la vacuna, trato de seguir con todas las medidas”, declara.

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