Los empleos que brindan las aplicaciones electrónicas de entrega o repartición de bienes y servicios se convirtieron en una forma de supervivencia para muchos en este momento de crisis económica provocado por la pandemia.

La aparición y propagación del virus SARS-CoV-2 por todo el mundo ocasionó el cierre de millones de negocios y despidos, por lo que muchos trabajadores tuvieron que emplearse en una de estas aplicaciones.

Carlos Daniel, quien prefiere no dar su verdadero nombre, trabajaba como gerente en un bar de La Condesa, establecimiento en el que ganaba entre 18 mil y 35 mil pesos mensuales, pero en el cual estaba registrado ante el IMSS con el salario mínimo.

“De un día para otro nos dijeron que no íbamos a operar y sólo íbamos a remodelar y a limpiar cosas, nos pagaban el salario mínimo, pero eso no nos alcanzaba para nada. Ahora mi esposa y yo tenemos que trabajar en Rappi para que nos salga. Yo estoy todo el día y ella solamente por la tarde, a nuestra hija nos la cuida su mamá”, relata.

Para ellos, esta era la única manera de generar algo de dinero ante la situación económica tan adversa. Además vendieron un auto y consiguieron que por unos meses les bajaran la renta a la mitad. Ahora espera que vuelva a abrir por completo el bar, el cual por el momento sólo recibe un aforo del 30 por ciento y al que asiste sólo los viernes.


Previo a la pandemia, el país ya padecía de una fuerte crisis en materia de generación de empleos de calidad, problemática que se agravó durante el 2020

Hay que buscarle en la pandemia

Algo parecido ocurrió con muchas de las personas que se dedicaban al turismo con la venta de recuerdos, ofreciendo paseos a visitantes o laborando en los centros de consumo como bares, restaurantes y hoteles.

El mundo se detuvo. La gente se encerró y muchos quedaron a la deriva, encontrando un empleo en el reparto de comestibles o entrega de paquetería.

“No es lo mismo, pero no hay otra cosa. En Nezahualcóyotl difícilmente me puedo ganar tres mil pesos en una semana y a través de las app sí me sale, pero no es suficiente. Tengo gastos. Mi familia tiene sus necesidades también. No alcanza para todos”, explica Carlos.

Dice que la pandemia es como un mal sueño. A veces en medio de la noche se despierta y recuerda cuando se alistaba para levantarse y llevar a su pequeña a la escuela. Se daba tiempo para otro sueño y después alistaba su uniforme. Hoy no necesita uniforme, pero tiene una moto para hacer repartos, trabajo en el que prevé estará al menos otros seis meses.

El fenómeno es parte de un proceso conocido como “Gig Economy”, en donde un trabajador renta su tiempo en un horario supuestamente flexible para dar un servicio a otra persona, tiene que comprometerse a realizar un proyecto por un monto definido y no se crea una relación laboral.

“El trabajo en México, incluso antes de la pandemia, ya destacaba por sus malas condiciones, por ejemplo, los que trabajaban en restaurantes no es como que estaban muy bien y tenían un gran salario, seguridad social y ahora lo perdieron. No es así. Se ayudaban con las propinas, que son por fuera”, explica Rogelio Gómez Hermosillo, coordinador de Acción Ciudadana Frente a la Pobreza.

No todo es malo

Hay emprendedores que ven estos nuevos modelos como una salida a los esquemas tradicionales de trabajo.

Tal es el caso de Ana Ramos, cofundadora de Glitzi, una empresa de especialistas en belleza que atienden a domicilio, quien afirma que en este servicio las personas -principalmente mujeres- pueden ganar más que cuando se trabaja para un patrón en un salón de belleza o centro de spa.

“Nosotros conectamos a los clientes que quieren servicios de belleza y spa a domicilio con profesionales independientes que se suben a nuestra plataforma.

“Ahora, como no hay certificación en el mercado y nosotros como plataforma queremos ofrecer calidad estandarizada, la página no está abierta a cualquiera, tienen que pasar un proceso de selección y capacitación que es donde hay una estandarización de los protocolos que tienen que seguir para brindar nuestros servicios”, explica Ana Ramos.

Afirma que los profesionales que trabajan para Glitzi reciben un pago por cada servicio que hacen y laboran las horas que pueden, esto permite que las amas de casa profesionales de la belleza se puedan emplear. Los fines de semana, afirma, es cuando tienen más solicitudes.

“Aquí te puedo dar números, porque ese es uno de los grandes beneficios de Glitzi. En promedio, un profesional que trabaja en un salón o espacio tradicional se lleva comisiones del 30 por ciento, si bien le va. En Glitzi, como no tenemos costos fijos tan altos, lo que hacemos es que los profesionales se llevan entre 65 y 80 por ciento de cada servicio”, explica.

La pandemia ha sido un detonador de cambio de hábitos rotundo y nunca en la historia del país habían habido tantos en tan poco tiempo, afirma Carlos Lascurain, director ejecutivo de la asociación Signos Vitales.

“Hay una precarización del consumo. Existen amplias diferencias en el desempleo. Sobre todo dadas las circunstancias sociales, económicas y regionales. La precariedad laboral es mayor en donde la gente tiene menor grado de estudios, un dato muy importante porque nos ubica en una realidad no diría yo dolorosa, sino lacerante”, explica Lascuráin en entrevista.

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