Un salto, otro y otro más. Sin parar el joven se envuelve en un abrazo: ¿con quién? es lo de menos… porque todos hacen lo mismo: entonan canticos, sonríen entre sí, y hasta se dan tiempo para posar en la lente de un desconocido.

El grito de “¡México!…” no se hace esperar. Una metralla de alaridos retumba en el emblemático Ángel de la Independencia, escenario de múltiples festejos que le dan identidad a esta nación.

Un río de gente desfila sobre Paseo de la Reforma, desde Insurgentes hasta la Diana Cazadora. Algunos corren y otros caminan, pero todos en una sola dirección: el Ángel alado.

El objetivo es simple, pero con convicción: celebrar al TRI olímpico y la merecida medalla de oro, conseguida tras derrotar a la escuadra brasileña por un marcador de 2-1.

Por eso en las calles todo es felicidad. Niños, jóvenes y adultos conviven como nunca. Se rocían espuma, ondean banderas y ensordecen con tambores y cornetas.

Una bolita que brinca en círculos acapara la atención de los transeúntes. “En dónde están/en dónde están/los brasileños que nos iban a ganar”, corean hasta quedar afónicos.

Los comerciantes son los más felices, pues la muchedumbre les permite hacer “su agosto” con una interminable variedad de souvenirs que enarbolan la hazaña tricolor.

Aunque el Gobierno del Distrito Federal llamó a la ciudadanía a no hacer desmanes y a evitar embriagarse en la vía pública, a la gente parece no importarle; el efecto etílico se percibe y la euforia aumenta.

En el último perímetro que rodea el Ángel de la Independencia hay una muralla de granaderos, ellos revisan mochilas y bolsas, sus compañeros vigilan entre el río de aficionados.

“¡México, campeón!” y el “Oe oe oe oe“ se intercalan; lo mismo que el “¡Yo sí le voy, le voy a la verde!” y el tradicional Cielito Lindo.

Entre los aficionados, foto-reporteros y camarógrafos hacen su labor; a la gente le gusta y pide participar en cada una de las entrevistas.

Una taza de café conmemorativa, lo mismo que la playera del tri o la foto de su jugador favorito están a la venta.

Los aficionados no dejan de hablar del tema. El resultado es histórico y significa un cambio de actitud en las nuevas generaciones deportivas, según la conclusión a la que todos llegan.

Una familia se toma la foto del recuerdo en un improvisado puesto de sombreros de colores sicodélicos. 

En el festejo hay quienes se sientan frente a un carrito de hot-dogs apostado en los carriles centrales de Reforma, al tiempo en que otros siguen su marcha con chicharrones preparados en mano.

Diez mil es el número aproximado de asistentes reconoce un uniformado que no deja de revisar con la vista la conducta de los aficionados.

En los helicópteros se tiene una primera vista panorámica del Ángel cinco minutos después de que concluye el partido de fútbol, tiempo suficiente para observar el arribo de los primeros asistentes.

Horas después el jolgorio parece no tener intenciones de concluir; incluso desde un edificio en remodelación, ubicado frente a la Glorieta de la Palma, se escuchan más porras a México, ese ligero sonido vuelve a inyectar energía a los presentes.

Un hombre bonachón y bigote ralo reflexiona: “Esta es una de las pocas alegrías que vivimos los mexicanos. Nos hacía falta, después de tantas noticias trágicas”.

Ahí, también están presentes los #Yosoy132 anti-Peña, esporádicas cartulinas de rechazo al resultado electoral del 1 de Julio surgen de entre la gente, lo mismo que gritos de apoyo a López Obrador.

Pero esta vez no hay eco en las protestas, ya que los aficionados están viviendo el triunfo de la selección sub-23 y por ahora, no les importa nada más.