La mayoría fueron explotadas desde antes de los 15 años y al llegar a los 60 años vivían en situación de calle. Hoy cuentan con el albergue

La mayoría estaba en situación de calle, sobrevivientes, y aunque ya no ejercen su profesión, siguen teniendo garra.

Son las sexoservidoras de la tercera edad que habitan en Casa Xochiquetzal, que debe su nombre a la diosa azteca del amor y la belleza.

Ninguna se dedicó a la prostitución por elección, casi todas comenzaron a ejercerla, obligadas, antes de los 15 años.

La mayoría no cuenta con acta de nacimiento, mucho menos seguridad social y ni pensar, siquiera, en una jubilación.

Antes de llegar al albergue sufrieron maltrato y vejaciones de sus padrotes y madrotas, pero con los años fueron adquiriendo terreno e hicieron alianzas para defenderse hasta lograr su independencia.

El centro fue fundado en 2007 por la ex sexoservidora  Carmen Muñoz, quien se impactó al ver a sus compañeras, ya de la tercera edad, durmiendo en la calle.

Ellas cuando eran jóvenes veían a las mayores y nunca pensaron que les iba a pasar igual.

Llegó un momento en que tenían para pagar el hotel o para comer, por eso surgió el albergue.

Le tomó años a Carmen Muñoz presionar para obtener el apoyo del gobierno. Fue el entonces Jefe del gobierno capitalino, Andrés Manuel López Obrador, quien les donó en el barrio de Tepito una casa en ruinas del siglo 18.

La transformó en lo que hoy es un hogar para 23 ancianas, en su mayoría solas y enfermas, que alguna vez fueron prostitutas.

“Había veces que tenían para pagar el hotel donde dormían o para comer, y aunque muchas tienen hijos no están cerca de ellas”, confiesa a Reporte Indigo la cronista Celia Gómez.

Han aprendido a luchar contra el maltrato, el hambre y el sida. Hoy se protegen todas, son mujeres fuertes y amorosas, Por eso decimos “Abrir puertas y dejar de ser fantasmas”, expone.

En el albergue han aprendido manualidades que luego venden para tener recursos porque los fondos de la casa no son suficientes para comprar medicamentos, ropa y comida.

Pero con el tiempo la gente se olvida que esta casa que vive de los donativos, hoy a cargo de Jessica Vargas González.

Fue así como surgió la idea de crear un libro documental encabezado por la fotógrafa documental francesa Benedicte Desrus, la cronista Celia Gómez Ramos y  la psicoanalista Yadhira Bravo Hernández.

El proyecto

Además de promover la obra fotográfica y las historias de vida que se publicarán en la edición para octubre de 2013, lanzaron por internet un  financiamiento  masivo conocido como crowdfunding para conseguir donadores.

Es una apuesta del gobierno y la sociedad civil y para realizar el libro unimos los lenguajes fotográfico y escrito, para hacer una pieza que otorgue donativos a la Casa Xochiquetzal, explica Desrus.

El pasado 27 de septiembre recibieron de la Fundación Mexicana de Cine y Artes, el Primer Lugar en el Concurso de Fotografía Contemporánea de Coahuila, con la galería “Casa Xochiquetzal, mujeres alegres”.

Cinco días después lograron el estímulo del “Programa de fomento a proyectos y coinversiones culturales” del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (Fonca) en la categoría Interdisciplina, para la elaborar el libro (texto- imagen), sobre el albergue y sus habitantes.

Dado que el apoyo del Fonca representa solo una parte del costo de la edición, lanzaron el financiamiento masivo a través de las redes sociales  para conseguir donadores.

“Sabemos que trabajando en equipo logramos más, por eso utilizando nuevas herramientas, apelamos al interés de las personas, a su sensibilidad y participación, para lograr un libro que entregue donativos a la Casa Xochiquetzal”, agrega la fotógrafa.

Las historias

Una noche mientras Marisol de Michoacán cenaba con sus hijos, se le acercó un cliente borracho  a hacerle proposiciones, ellos se dieron cuenta a qué se dedicaba su mamá, quien le mandaba dinero a su hermana para su manutención.

A partir de entonces, la relación se enfrió y no tienen ningún acercamiento con ella, a pesar que con su dinero les dio estudios y carreras.

Canela, es otro caso. Tiene 74 años y padece síndrome de Down. Lleva 30 años dedicada al trabajo sexual: “a ella la tiraron a la basura cuando nació”. Hoy todas la cuidan en el albergue.

Leticia fue trabajadora sexual por más de 40 años, empezó a los 26, obligada por su esposo. Tuvo seis hijos y ninguno se acuerda de ella.

Padeció las inclemencias de la calle hasta que decidió dejar a su esposo, quien le quitaba el dinero que se ganaba como sexoservidora.

Hoy es la cocinera en el albergue.

A Lupita su madre la cambió por una televisión cuando tenía ocho años. A las 12 la vendía y a los 17 llegó a trabajar en las calles del mercado de La Merced.

La encontraron en la calle y la llevaron a Casa Xochiquetzal donde la atendieron.

Murió a los 42 años de edad, a consecuencia de múltiples enfermedades como cirrosis, VIH, insuficiencia renal y problemas respiratorios.