Hacer el ridículo en campaña ahora es una estrategia constante que puede resultar divertida y cumplir con el objetivo de que un candidato sea identificado por el electorado.

Especialistas entrevistados por Reporte Índigo contrastan visiones respecto a su uso ya que, si bien pueden resultar efectivas, también reflejan un empobrecimiento respecto a lo que los partidos entienden sobre cómo hacer política hoy en día.

El panista Fernando Garza arrancó su campaña a alcalde de Guadalajara con un spot en donde “sicarios” con tutús de ballet bailan en un semáforo del centro de la capital jalisciense, esto para demostrar cómo la delincuencia “nos está poniendo un baile”.

Mientras que Carlos Mayorga, aspirante a diputado de Encuentro Solidario, hizo lo propio saliendo de un ataúd en Ciudad Juárez, a la cual ve “muerta”, y sentenció: “que me entierren vivo si no cumplo mis promesas”.

A consideración de Enrique Ortega, estratega de imagen pública y CEO de Lata de Ideas, este tipo de acciones cumplen con su cometido ya que, al mismo tiempo que posicionan los nombres de los candidatos, también logran transmitir a la ciudadanía una idea, cuando menos general, de lo que el aspirante a un cargo público les busca informar.


No obligan a ningún partido a generar contenidos sustanciales, todo son generalidades ‘Combatir a la corrupción’, ‘proteger al medio ambiente’, pues sí. Pero nunca dicen cómo

Víctor Alarcón

Académico del Departamento de Sociología de la UAM

“En campaña, cuando se trata de transmitir un mensaje de propuestas, se hace de la manera más simple para que sea entendido por la totalidad de la población, desde quienes tuvieron acceso a una licenciatura o a una maestría, pero también para quienes no tuvieron oportunidad de estudiar. Se tiene que bajar el mensaje a un nivel que todo mundo lo pueda entender”, explica.

Por otro lado, Ortega agrega que es poco usual que la población en general recuerde las propuestas de campaña del candidato que resulta electo, salvo que se traten de promesas por demás controversiales, como cuando Jaime Rodríguez “El Bronco”, sugirió cortar manos a los que roben.

“Así tienen que bajar los mensajes, de manera muy simple, porque le están diciendo a la gente qué van a hacer, pero no están diciendo el cómo. Así funciona la campaña política, importa mucho más la forma que el fondo, tristemente, tengo que decirlo. Por eso es que vemos a muchos candidatos tratando de caer bien en lugar de buscar profundidad en su mensaje”.

Ortega concluye diciendo que una estrategia de ridículo, junto a trabajo territorial y un asesoramiento para evitar errores capitalizables por la competencia, pueden llevar a un candidato al triunfo.

“La gente terminará votando por el candidato que más recuerda, por el nombre que más conoce y sobre todo, por quien les dé más confianza. Una persona que tiene carisma tiene trecho avanzado para ganar una elección, no importa si tuvo o no propuestas o si se pueden realizar”.

En contraste, el doctor Víctor Alarcón, profesor-investigador del Departamento de Sociología de la Universidad Autónoma Metropolitana, ve esto como una muestra negativa de lo que se ha convertido el ejercicio de la política. Señalando que este tipo de campañas apelan meramente al aspecto emocional del electorado, lejos de fomentar el debate de las ideas que se proponen.

“Habla de una lectura muy pobre de los equipos de comunicación y asesoría. Estos estilos no son los idóneos para realmente ofrecer un voto informado para que el ciudadano tenga por sí mismo esta libertad, esta riqueza a la hora de elegir”, explica el doctor en sociología en entrevista con Reporte Índigo.

Neuropolítica, la base de la campaña

A razonadas en la ciudadania consideración de Víctor Alarcón, académico del departamento de Sociología de la UAM, este tipo de estrategias utilizadas por los políticos son similares a las campañas sucias que prevalecen actualmente, en las que los candidatos intercambian acusaciones y señalamientos sobre actos ilícitos.

Estas acciones tienen como común denominador lo que se denomina “neuropolítica”, es decir, buscar una identificación emocional entre el personaje y el electorado para aprovechar una reacción emotiva.

“Todas las teorías de comunicación política actuales se mueven más por este aspecto de la cuestión emotiva. Que es tratar de generar reacciones, más que razones. Todos los partidos políticos se enganchan en este tipo de campañas, como se engancharon desde hace muchos años en el clientelismo”, dice Alarcón.

Comenta que estas estrategias permiten a candidatos y partidos políticos hacer campañas sin presentar íntegramente sus plataformas electorales, plantear soluciones a las problemáticas de las localidades que buscan gobernar y, además evita que sean cuestionados por ellas o que tengan que preocuparse por la formación de cuadros con capacidades políticas y administrativas.

“Una dimensión muy lamentable, digamos triste, de lo que realmente la política se ha convertido para los propios políticos y los partidos.”

Alarcón incluso plantea que la ciudadanía debería contar con una voz ante las autoridades electorales correspondientes para poder auditar la comunicación política de los aspirantes a cargos públicos con miras a poder exigir que sea mejor. Señalando que, actualmente, solo existen las quejas que los mismos partidos se interponen entre sí ante el INE por señalamientos que consideren infundados.

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