Para México, Brasil es un ejemplo de que la única forma de terminar con el flagelo de la corrupción es yendo contra los corruptores y los corrompidos


Los últimos 30 años han sido sobre la construcción de una sociedad libre. La sociedad brasileña siempre ha buscado la libertad; no siempre ha sucedido, pero esa es la lucha constante” 

Heloisa M. Starling,

Historiadora brasileña

El inicio de los Juegos Olímpicos pone los ojos de todo el mundo en una nación que día a día enfrenta sus demonios: Brasil.

Reminiscencias de un esclavismo que ha marcado cada etapa de su historia desde la conquista; la paradoja de ser considerada una de las naciones más desarrolladas del mundo, pero con graves problemas de desigualdad social; y el dolor de una lucha contra la corrupción que invadió todas sus instituciones, son algunas de las batallas que todos los días libran en el país del sur de América.


Más que la idea de una nación, Brasil es un personaje que requiere una extensa traducción.

Así lo afirman Lilia M. Schwarcz y Heloisa M. Starling, dos historiadoras brasileñas autoras del libro “Brasil: Una biografía” (Debate, 2016), una travesía por más de 500 años en la compleja vida del país que estas dos semanas concentrará sobre sí los reflectores del mundo.

En entrevista, Starling señala que el proceso brasileño ha sido doloroso, pero firme, hacia una democracia que respete los derechos de todos.

Con el inicio hoy de los Juegos Olímpicos, muchos países verán un Brasil de ensueño. Detrás de esa construcción hay un pueblo que ha avanzado en la consolidación de sus instituciones, aunque ahora –con el proceso contra Dilma Rousseff- vive una crisis que podría representar un revés en el avance logrado.

El país del sur puede dar varias lecciones a otros países de América. En el caso de México, Brasil es un ejemplo de que la única forma de terminar con el flagelo de la corrupción es yendo contra los corruptores y los corrompidos, una pelea incipiente apenas en este país.

La gran batalla

Aunque han luchado contra la desigualdad y la discriminación, la gran batalla que ha marcado la historia moderna de Brasil es el combate a la corrupción, reconocida como el cáncer que afectó a todas sus instituciones, en todos sus niveles.

Schwarcz y Starling indican que en su país siempre existió la corrupción, como ocurre en muchos otros países.

“Tanto es así que con frecuencia la corrupción suele ser asociada a la identidad del brasileño, como si fuera un destino inevitable, casi una cuestión endémica (…)

“Ese abordaje, además de ser prejuicioso, naturaliza la corrupción en el país, simplifica y congela su comprensión e impide que se combata un fenómeno de alta complejidad”, sostienen las autoras.

Sin embargo, la sociedad brasileña avanzó hacia el castigo a los funcionarios corruptos y los particulares corruptores.

Al igual que comienza a suceder hoy en México, los brasileños modificaron su esquema de gobierno para perseguir a los corruptos.

Para ello, explican, se instituyeron diversas prácticas de control, como un ministerio público independiente, con garantía de autonomía tanto administrativa como funcional; Tribunales de
Cuentas, para fiscalizar la recaudación, gestión y aplicación de recursos públicos; Comisiones Parlamentarias de Averiguación, que tienen un poder de control del Legislativo sobre los demás poderes y sobre la sociedad.

Se creó la Corrección –llamada Corregidora de la República-, encargada de detectar irregularidades y corregir la actuación de los servidores públicos; y un mecanismo llamado “la Cuarentena”, un conjunto de normas que limitan la participación de un exservidor público en gestiones de las que pueda sacar provecho.

Uno de los primeros casos que se resolvieron bajo esas normas ocurrió en el 2005, durante el primer periodo de Luiz Inácio Lula Da Silva como presidente; fue el del “mensalão”, cuando se descubrió que un grupo de diputados de diversos partidos recibía un pago mensual del gobierno para garantizar su apoyo en el parlamento.

“Los acusados del ‘mensalão’ fueron condenados por los jueces del Supremo Tribunal Federal después de cuatro meses de debates transmitidos en vivo y acompañados por los brasileños con un interés inédito en nuestra historia republicana, y cabe recordar que la opinión pública aprobó ampliamente las sentencias condenatorias”, narran las autoras.

Como éste, otros casos se han ventilado en los tribunales y se ha llevado a muchos funcionarios a prisión, acusados de actos de corrupción.

Sin embargo, para Heloisa M. Starling, el caso de Dilma Rousseff es distinto, pues los supuestos delitos no han sido comprobados.

“Se trata de un proceso muy ambiguo, las acusaciones no están sustentadas; no está claro qué crímenes cometió”, asevera la académica.

Por ello, el caso Rousseff podría representar un riesgo para lo que ha avanzado el país en materia de combate a la corrupción.

Otros países, empero, podrían recibir una lección sobre la forma en cómo Brasil ha atacado su problema de corrupción.

México, donde el Sistema Nacional Anticorrupción acaba de nacer, puede verse en el espejo brasileño y tener la meta de llevar a los corruptos a prisión.

Sin embargo, advierte Starling, la sociedad mexicana debe estar preparada, pues se trata de un proceso difícil.

“La corrupción no es una característica de México o Brasil, es un fenómeno que aqueja a todos.

Enfrentarla es una experiencia muy dolorosa porque revela los obstáculos que se tienen para
construir una sociedad más igualitaria, más transparente.

“Y yo creo que México debe entender que se trata de su lucha más profunda y que, si bien no la podrá eliminar porque puede ser imposible, sí debe tener la meta de disminuirla lo más posible. Cuanto más transparente sea la sociedad, más protegida está la población”, asentó la historiadora.

Esclavismo, en sus venas

Schwarcz y Starling afirman en su libro que el esclavismo, que se instauró desde los primeros años de la conquista portuguesa, continúa marcando la historia de Brasil.

Brasil fue el último país de Occidente en abolir la esclavitud; esta herencia quedó grabada en el alma de la sociedad brasileña, que aún hoy sufre las consecuencias de haber vivido en un ambiente de violación constante de derechos de sus semejantes.

“A pesar de que en el cuerpo de la ley no existen formas de discriminación, los pobres y sobre todo las poblaciones negras, son los más culpabilizados por la Justicia, los que mueren más temprano, los que tienen menos acceso a la educación pública superior o a puestos más calificados en el mercado de trabajo”, señalan las autoras.

Las historiadoras afirman que aunque la inclusión social y el mestizaje son una realidad, detrás de cada expresión artística, cultural, social y de la forma de vida de la sociedad de ese país, se esconde un recuerdo de la época en que los esclavos negros fueron maltratados.

“Séptima potencia mundial cuando se miden los índices económicos, el país todavía presenta una de las cifras de desigualdad más elevadas para América Latina en lo que atañe a los datos de educación, trabajo y mortalidad”, exponen en el texto.

“El esclavismo es uno de los capítulos más traumáticos de la historia de Brasil, es una característica de nuestra historia (…). Es algo que corre por las venas de cualquier brasileño que vive hoy”, comenta Starling.

Brasil recibió al 40 por ciento de los africanos que dejaron su continente para trabajar en las colonias. Esto representó alrededor de 3.8 millones de habitantes.

Hoy día, el 60 por ciento de la población brasileña está compuesta por negros y pardos.

“Brasil puede considerarse el segundo país africano más poblado después de Nigeria”, explican las autoras.