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Reporte
Nacional

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Línea 12: De la Ilusión a la frustración

Arely Reyes López

“Estimado usuario, en breve continuaremos con la marcha del tren. Por su comprensión gracias”. Suena un tono musical y así finaliza la intervención de una dulce voz que se escucha en todos los vagones del metro, incluyendo éste en el que vengo ahora, donde seguro ya rebasamos el límite máximo de capacidad porque ya somos como 250 personas a bordo. El calor ya no se aguanta y los apretones tampoco, el espacio se agotó igual que la paciencia.


Ene 7, 2016
Lectura 13 min

¿Por qué cada vez que a los mexicanos nos aseguran que nuestros servicios funcionarán y nuestra dignidad irá acompañada de la eficacia que nos merecemos, tenemos que pasar de manera tan violenta de la ilusión a la frustración?

Esta Línea Dorada musicaliza sus trenes con canciones de blues, jazz o música instrumental. Música que en otras circunstancias sería muy placentero escuchar, sin embargo, la desesperación comienza a apoderarse de todos nosotros

https://www.youtube.com/watch?v=wp7EeG3gVU0

“Estimado usuario, en breve continuaremos con la marcha del tren. Por su comprensión gracias”. Suena un tono musical y así finaliza la intervención de una dulce voz que se escucha en todos los vagones del metro, incluyendo éste en el que vengo ahora, donde seguro ya rebasamos el límite máximo de capacidad porque ya somos como 250 personas a bordo. El calor ya no se aguanta y los apretones tampoco, el espacio se agotó igual que la paciencia. Y yo aferrada al tubo de metal que está en la parte de arriba –ahora tibio muy tibio-  me asomo por la ventana para observar una pantalla negra que está del otro lado del andén, ahí marca la hora con letras amarillas, 7 de la mañana en punto, y arriba de ella una frase: “Bienvenido a la Línea 12”.

Bienvenidos a la modernidad, a la urbanización, a la ambiciosa infraestructura de la Línea Dorada del sistema de transporte colectivo Metro. Bienvenidos a la promesa de reducción en los tiempos de traslado y de un transporte amigable con la vida social. Bienvenidos una vez más al Distrito Federal, la “Ciudad de la esperanza”, donde así como ésta, otras tantas promesas tampoco se cumplieron. Bienvenidos al viaje dorado, donde lo único que brilla, y es por su ausencia, es aquel beneficio colectivo que traería consigo el metro, que aseguraron nos llevaría desde Tláhuac hasta Mixcoac a lo largo de 20 estaciones con la mayor comodidad, rapidez, seguridad y eficiencia. ¡Bienvenidos todos a la realidad!

“Próxima estación: Calle 11. Prepare su descenso, apertura de puertas, lado derecho”. De nuevo la voz llena de paz interviene, esa paz que ahora nos hace tanta falta, porque ya llevamos una hora desde que la mayoría de nosotros subimos en Tláhuac y apenas hemos recorrido siete estaciones. 

Pero es que no me lo explico, todo luce tan nuevo, las instalaciones son tan modernas, en donde fueron más de 40 mil millones de pesos los que invertimos, con construcciones gigantes y muros descomunales pintados de gris, con pisos brillosos de loseta del mismo color que las paredes, ventanales enormes para las estaciones elevadas que se muestran imponentes con vías que parecen flotar como grandes puentes por los cielos, con trenes de color anaranjado intenso y una franja verde claro en un tono fosforescente.

Cada tren tiene un nombre, entre ellos: Cuauhtémoc Cárdenas, Rosario Ibarra o éste en el que viajamos que se hace llamar Elena Poniatowska. En su interior estos trenes tienen los vagones corridos, hay dos filas paralelas de asientos de color amarillo con negro y también hay pantallas que colocadas en el techo de cada vagón proyectan el nombre de la estación, la hora, videos informativos de conciencia social, valores o la agenda de eventos culturales que habrá en la ciudad.

Al fin logramos avanzar, ahora al ritmo de los Beatles y su “Across to universe” en una versión de jazz, porque esta Línea Dorada musicaliza sus trenes con canciones llenas de blues, jazz o música instrumental. Música que en otras circunstancias sería muy placentero escuchar, sin embargo, la desesperación ya comienza a apoderarse de todos nosotros, los jóvenes, los viejos, las madres, los padres, los niños, los trajeados, los casuales, los formales y los informales, de todas las edades, estaturas, colores y géneros. Todos comenzamos a intercambiar miradas de complicidad ante ese sentimiento que nos comprime el estómago, que empieza en forma de ansiedad, pasando por la desesperación, hasta convertirse en la más profunda ira que nos lleva a preguntarnos: ¿Qué carajos está pasando, por qué esto no avanza? 

Y es que, apenas han pasado algunos meses de aquella ocasión en la que nuestro jefe de Gobierno, Miguel Ángel Mancera, reabrió en su totalidad la Línea Dorada y en su discurso juró y perjuró en todos los medios de comunicación –rodeado de ingenieros y de gente que parecía especializada- que todo estaría en excelentes condiciones para utilizar el metro de oro. Después de los casi 2 años que tuvimos que lidiar con un servicio cancelado por el cierre sorpresivo de 12 estaciones –desde Tláhuac hasta Culhuacán- porque resultó que a nuestro ex jefe de Gobierno, Marcelo Ebrard, “le hicieron de chivo los tamales” –o por lo menos eso fue lo que nos dijo- y se detectaron fallas graves en la vías del metro por utilizar materiales inadecuados, poniendo en riesgo nuestra seguridad y nuestras vidas.

“Próxima estación: Lomas Estrella. Prepare su descenso, apertura de puertas, lado derecho.” Ahora que toco el tema de nuestras vidas, mientras seguimos escuchando la música de esta Línea, que ya nos cautiva el oído con la entonada voz de un niño llamado Michael Jackson cantando una dulce canción llamada “Ben”, misma que nos hace recordar a todos los que seguimos en este tren que a pesar de todo el apretón -que empeora con cada kilómetro avanzado- desde las estaciones elevadas es posible observar toda la ciudad, con sus múltiples casas de colores, sus antenas de televisión y sus tendederos llenos de ropa. Donde también es posible observar los cálidos amaneceres, los nostálgicos atardeceres y el negro de la noche pintada por las luces de la ciudad.

Sin embargo, hay un momento en el que esos paisajes tan inspiracionales se empiezan a llenar de miedo, del más frío temor y de un grito interno que se genera cuando de pronto el tren a toda velocidad pasa de la estación Lomas Estrella a San Andrés Tomatlán y toma una curva tan pronunciada que te obliga a cerrar los ojos y escuchar detenidamente el rechinido de las vías que amenazan con ceder en cualquier momento y dejar caer el tren entero desde aquellas alturas que hace un instante nos mostraban la belleza de la ciudad. Ese sonido es tan estremecedor que pareciera advertirnos que el fin está por llegar y que esta podría ser nuestra última curva con una amenaza latente que pone en riesgo la vida de más de 400 mil almas que diariamente emprendemos el viaje dorado. 

Ese instante que nos enfría los huesos, nos hace recordar a todos los pasajeros de la Línea 12 que no tenemos muchas opciones y que a pesar del riesgo y de la inseguridad, decidimos encomendarnos a todos los dioses porque nada nos garantiza que el hecho de ponernos en las manos y en las promesas de Mancera nos mantendrá con vida.

“Próxima estación: Atlalilco. Prepare su descenso, apertura de puertas, lado derecho”.

“Aquí agárrense bien porque todo el mundo enloquece”, le dice una señora a sus tres hijos. Y cómo no entender su advertencia, si Atlalilco fue durante interminables meses lo más cercano al purgatorio que describe Dante Alighieri en su “Divina Comedia”, donde todos nos arrepentimos de nuestros pecados y pagamos por ellos. Porque esa estación se convirtió en el centro de concentración de todos nosotros, los usuarios de la Línea dorada, cuando en marzo de 2014, a tan sólo un año y medio de funcionamiento del nuevo metro, se anunciaba la suspensión de su servicio “hasta nuevo aviso” cerrando más de la mitad de sus estaciones por deficiencias detectadas en las vías.

Y así fue como ese “nuevo aviso” se convirtió en 20 tortuosos meses. Porque no hubo mayor opción, nosotros los “señores usuarios” tuvimos que empezar a salir –en el mejor de los casos- con una hora más de anticipación para poder llegar a tiempo a nuestro destino. Porque en un caso como el mío, ahora el viaje de Tláhuac a Mixcoac que antes duraba una hora se convirtió en un prolongado traslado de dos horas de hastío con sus 30 minutos de impaciencia. Y es que, el metro sólo funcionaría de Mixcoac hasta Atlalilco y de ahí habría que tomar un camión gratuito de la Red de Transporte de Pasajeros del Distrito Federal (RTP). ¡En realidad no sonaba tan mal! Hasta que una vez más la planeación de nuestras autoridades olvidó que la tarea de transportar a miles de personas sobre la llamada Avenida Tláhuac, era justo eso, traslado de personas y no de marranos amontonados en camiones de redilas.

Ahí fue donde creímos que no superaríamos la gran prueba de fuego, porque en ese momento llegó uno de los máximos retos del aguante. Donde la música de ambiente ahora tendría que ser aquella que a ritmo de la banda puertorriqueña llamada “Calle 13” nos recordara en una estrofa que “aguantamos lo que vino y aguantamos lo que viene, aguantamos el capitalismo, el comunismo, el socialismo, el feudalismo y aguantamos hasta el pendejismo”. 

Y es que, las filas para tomar uno de los camiones RTP siempre eran interminables, donde todos buscábamos lo mismo, subir a pesar del empujón, del pisotón, del apachurrón, para superar una vez más el máximo de capacidad que un camión de esas características permitía, porque sólo cabíamos 90 personas: 62 de pie y 28 sentadas. Sin embargo, nuestro acelere y nuestra necesidad de llegar nos hizo superar los límites de capacidad y seguro llegamos a ser más de 100 personas los que abarrotamos cada camión.

De ahí, soportar ahora dos horas –mínimo- de tráfico en aquella Avenida de nombre Tláhuac que se convirtió en un estacionamiento infernal, entre el calor, el sudor o el agua -si es que era época de lluvias- entre el humo de los autos o de los puestos de tacos que íbamos dejando atrás. Avanzando entre conversaciones presenciales o de whatsapp, entre gestos o miradas perdidas en el hartazgo, entre pies hinchados y alguna que otra sonrisa de resignación, y entre esa intención que impulsaba aquel camión que continuaba su paso lentamente en un camino que cada vez se parecía más al camino amarillo del Mago de Oz, donde el destino se mostraba  más inalcanzable que la Ciudad Esmeralda.

Aunque francamente en ocasiones fue difícil ignorar el calor y la presión sobre los cuerpos que ya estaban destrozados. A veces era casi imposible lidiar con el tiempo que parecía eterno y con la furia que nos llenaba el alma, la que nos orillaba a no dudar ni un segundo en arremeter en contra de aquel que se atreviera a empujarte o a ganarte un preciado lugar. Y así entre confrontaciones, peleas, discusiones y enojos nos convertíamos en salvajes eufóricos, para después terminar agotados recargando la cara en las ventanas del RTP que ya estaban empañadas por el rastro de gel que dejó el usuario anterior, quien también fue vencido por el cansancio y decidió usar la ventana como almohada. Ni hablar, en algún momento, tenemos que llegar… 

Así pasaron una y otra vez los días con la pesadumbre del purgatorio llamado RTP, hasta que en el mes de noviembre del 2015 se anunció una nueva ilusión: la Línea 12 del metro reanudaría sus funciones de forma normal en todas sus estaciones. Esa noticia nos arrancó tantos suspiros, unos de emoción y otros de temor, porque la credibilidad en nuestros gobernantes ya para entonces estaba muy enterrada y confiar en ellos nuestras vidas no era tan sencillo. Porque nada ni nadie nos garantizó, ni nos ha garantizado, que las reparaciones hayan sido reales y ahora todo sea seguro. Es por eso que aún viajamos con esa incertidumbre de que un error humano acabe con todos nosotros los “señores usuarios” de la Línea Dorada.

Y así, sin darme cuenta, perdida en mis recuerdos, avancé más estaciones, avancé en el tiempo hasta llegar a este día del mes de enero del 2016, dónde a escasos meses de reabrir el metro de la Línea 12 la situación no ha cambiado mucho. Porque regresó el metro pero no la eficiencia, regresó y no mejoró, regresó y no cumplió, porque aún es lento, inseguro y saturado. Porque aún sigue sacándonos un movimiento de desaprobación o una mentada de madre mientras intentamos avanzar y así fue como llegué al fin a la terminal Mixcoac. 

Me dejé llevar por la inmediatez de todos mis compañeros de viaje dispuestos a salir del vagón, pero con ellos me quedé pasmada frente a una pared gris que lucía fría. Y es que, en esa pared había algo, una frase pintada con letras de color negro perfectamente delineadas: “Apague su luz exterior, encienda su luz interior”. Una vez más nos miramos con complicidad y de pronto las sonrisas se empezaron a dibujar en cada uno de nuestros rostros. Ahí nos dimos cuenta, ahí todo cobró sentido, nosotros los “estimados señores usuarios”, pasamos por momentos desafortunados, y así como aquellos que son presas de fenómenos naturales, que lo perdieron todo, la paz, la tranquilidad, la cordura, la paciencia, la confianza y a veces hasta la felicidad, así nosotros que también lo perdimos todo en este fenómeno social que fue tan devastador, nos convertíamos en damnificados, en los damnificados de la Línea 12. Sin embargo, a pesar de que perdimos tanto en este viaje, nunca permitimos que nos arrebataran lo más importante y eso es aquella luz interior llamada esperanza.

En ese momento surgió una gran pregunta: ¿por qué cada vez que a los mexicanos nos aseguran que nuestros servicios funcionarán y nuestra dignidad irá acompañada de la eficacia que nos merecemos, tenemos que pasar de manera tan violenta de la ilusión a la frustración?

Y entre todo este recorrido llegó el recuerdo de mi abuelo y sus crónicas de desilusión sobre López Portillo, el recuerdo de mi padre y sus historias de decepción con Carlos Salinas y ahora yo, que al hablar de Marcelo Ebrard –perdido en París- viajo en el vaivén del tren dorado de la frustración.

 


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