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Las dos caras del agravio

Icela Lagunas

El peligro de un segundo encontronazo entre policías y manifestantes late en cada marcha que ocurre en el DF. Ambos bandos no olvidan los agravios de unos contra otros el pasado 1 de diciembre.


Dic 20, 2012
Lectura 9 min

Reporte Indigo presenta los dos lados de un conflicto latente, a punto de volver a estallar en cualquier momento

 "Arrojaron contra mí una bomba molotov, que se estrelló contra la parte superior de mi escudo, quemando los costados interiores de mi pantalón, a un lado de los muslos"

- Aristeo Antonio Noyola

Agente policiaco

El peligro de un segundo encontronazo entre policías y manifestantes late en cada marcha que ocurre en el DF. Ambos bandos no olvidan los agravios de unos contra otros el pasado 1 de diciembre.

Pese a que la tropa acata las órdenes de no responder a las provocaciones de los manifestantes, a veces la adrenalina de las agresiones es insuperable. Por otro lado, los familiares no olvidan que sus hijos, sobrinos o amigos fueron golpeados y vejados en aquella jornada que marcó el inicio del sexenio de Enrique Peña Nieto. Las autoridades del DF contienen la respiración porque cualquier gota podría desbordar el vaso. 

Ahora que las protestas se han centrado en la liberación de la única mujer que continúa presa por los hechos, Reporte Indigo presenta el relato de Rita Emilia Neri Moctezuma, la supuesta sobrina-nieta del luchador social Othón Salazar Ramírez, líder del Movimiento Revolucionario del Magisterio de los años 50.

En declaraciones ante el Ministerio Público local, lo primero que rechazó Rita es que hubiese portado armas o herramientas con la intención de agredir, tal y como consta en la acusación de los policías.

La pasante de enfermería, cuyas fotos circulan en Internet como víctima de las detenciones arbitrarias, declaró que el día de la toma de posesión de Peña Nieto estaba en el centro de la capital con su amiga Ana Lilia Yépez Cancino y el novio de ésta, Obet, con quienes había acordado verse afuera del metro Allende, en la calle Tacuba.

Sin más, refiere que “escucharon que había una manifestación entre Francisco I. Madero y Palma, por lo que tanto ella como su amiga fueron a ver de qué se trataba”.

De paseo hacia la tragedia

Estuvieron durante una hora, y al ver que la gente se dispersaba, caminaron de nuevo hacia Tacuba, donde se encontraron con un grupo de manifestantes con una bandera del Instituto Politécnico Nacional (IPN) que esperaban a que pasara un grupo de extranjeros, invitados de Enrique Peña Nieto al Palacio Nacional.

“Decidieron irse a Bellas Artes, caminando hasta el Eje Central, y cuando llegaron a la esquina se percataron que estaban dando vuelta camiones con soldados y, a la altura de Cinco de Mayo, había una valla de policías, así como un grupo de manifestantes que estaban aventando piedras y botellas de vidrio contra ellos”.

Rita y su amiga, que no explica en el documento a qué fue al centro, y quien aparentemente se movió por “curiosidad” entre los manifestantes, se acercaron de nuevo por su cuenta al grupo de choque.

“La hablante pierde a su amiga y al novio de ésta, por lo que al llegar donde está un puesto de periódico voltea y se percata de que el chico iba hacia donde estaban un grupo de policías golpeando a un chico”.

En medio de la confusión todos corrían. Pasó un camarógrafo y le gritó: “Váyanse, váyanse, porque si no los van a agarrar”.

En ese momento, Rita formó parte de la turba que corrió hacia el metro Allende. Sin embargo, en el Eje Central fue alcanzada por un policía que la “tacleó” con su cuerpo, rodeándole el cuello con su brazo mientras le decía a otro policía: “Ayúdame a agarrar a esta perra porque no se deja”.

Por miedo, Rita se quedó inmóvil. El segundo agente la entregó a una mujer policía que sujetó su brazo izquierdo por la espalda. Así, la subieron a un camión estacionado en la Cinco de Mayo, donde ya había muchos otros detenidos.

“La avientan hacia las escaleras del camión y al estar adentro les empiezan a gritar que mantuvieran la vista agachada y que no empezaran a gritar, posteriormente avientan a su amiga y al novio de ésta”.

Las agresiones y los golpes

Según recuerda en su declaración, los policías les iban diciendo muchas groserías: que no podían hacer ninguna llamada, que estaban ahí por los disturbios. Uno de los uniformados dio la orden de que todas las mujeres pasaran a la parte trasera del camión, ordenándolas reiteradamente que no levantaran la cabeza y tampoco sacaran su celular.

Pese que estaba en el corazón de la zona donde ocurrieron los hechos, Rita aseguró a las autoridades que no formó parte de la manifestación y que no pertenece a ninguna organización política. “Tampoco tiene nada que manifestar en contra del gobierno ni de los policías, siendo esto todo lo que pasó, por lo que reitera que nunca ha agredido a nadie”.

Pero Rita es la única mujer de los más de 100 detenidos de aquél día que aún está entre rejas. En las redes, aparece su imagen en el momento en que una mujer policía la traslada al camión.

Su relato es tan solo una parte de la historia que hoy preocupa al jefe de gobierno, Miguel Ángel Mancera. La otra, es la narración de los policías capitalinos.

Cuando la molotov estalló

Aristeo Antonio Noyola Hernández trabaja como policía auxiliar de la SSPDF. El día que estalló la violencia estaba en plena franja de los ataques, avenida Juárez y Balderas, en la colonia Centro, delegación Cuauhtémoc.

Se enfrentó con un grupo que decía pertenecer al Movimiento YoSoy132. “Se manifestaban a gritos, diciendo que no querían la toma de posesión del presidente Enrique Peña Nieto, decían que estaban unidos. Nos decían groserías, a mí y a mis compañeros policías, que éramos unos ineptos, que por qué apoyábamos a un asesino, que ellos eran el pueblo en unión y que por qué había separación entre el pueblo y la fuerza pública”.

Según su versión, los manifestantes comenzaron a arrojar piedras contra los vidrios de los negocios, tiendas, restaurantes, sucursales bancarias y a los policías que intentaban encapsularlos para controlarlos y evitar que siguieran causando daños.

Había preventivos, auxiliares, granaderos, montada, guerreros, ciclones, todos de los diferentes grupos antimotines de la SSPDF, equipados con casco, chalecos, espinilleras y escudos acrílicos.

Aproximadamente a las 13:30 horas de aquel día fatal, el contingente inició la agresión directa contra los policías. “Nos aventaban piedras, tubos, bolsas con orines, artefactos detonantes, bombas molotov (botellas de vidrio con una mezcla en su interior de  gasolina, azúcar y una mecha)”, por lo que los uniformados crearon tres líneas para rodearlos. “Arrojaron contra mí un artefacto explosivo, una bomba molotov, que se estrelló contra la parte superior de mi escudo con el cual yo me cubrí el rostro, pero en ese momento explotó y su contenido se escurrió hacia abajo, quemándome por la parte inferior del escudo, los costados interiores de mi pantalón, a un lado de los muslos de mis piernas”.

Apenas bajó el escudo para mirar sus quemaduras cuando sintió el impacto de una roca en la careta del casco que le protegía la cabeza y cara.

“Por el impacto, la careta se desprendió del casco y al instante uno de los manifestantes con un tubo de aluminio me pegó en el codo izquierdo y comencé a sangrar mucho. Perdí el conocimiento por unos instantes”.

Cuanto reaccionó, estaba dentro de una ambulancia del ERUM, atendido por unos paramédicos que, al percatarse de sus lesiones en el cuerpo, lo trasladaron al hospital Álvaro Obregón, en la colonia Roma.

Ambas versiones conforman el todo de lo que realmente ocurrió en las calles. Los dos actores de ese capítulo que marcó la salida de Marcelo Ebrard como gobernante “represor” y la bienvenida de Peña Nieto y el inicio de su sexenio.

Está ampliamente documentado que hubo un grupo de manifestantes que ejerció violencia desmedida e inexplicable contra personas y objetos a su paso. Las imágenes no mienten: ahí están las decenas de rostros cubiertos con pasamontañas que destrozaron los negocios de comida, cajeros automáticos y, de paso, causaron daños a la Alameda Central.

Pero también hubo excesos de los policías de la SSPDF que la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal se encargó de documentar. Se realizaron capturas sin orden y a muchos se les golpeó.

Ambos protagonistas de esta historia se guardan rencor, se acusan mutuamente y se tienen recelo. Ya probaron de lo que son capaces. Por eso, cada marcha o protesta que se lleva a cabo en la capital representa un alto riesgo de que la tregua termine.

Los familiares y amigos de Rita Emilia Neri, Enrique Rosales Rojas, Silyanos García Vackines, Alejandro Lugo Moreno, César Llaguno Romero, Dionisio Barrera Jiménez, Osvaldo Rigel Barreta, David Rivera Ogalda, Obed Palagot, Sandino Jaramillo Roja, Roberto Fabián Duarte, Eduardo Daniel Columna, Daniel García Vazquez, Carlos Miguel García y Bryan Reyes Rodríguez -los 14 presos que aún quedan de ese día- prometen no parar hasta liberarlos.

Cada protesta es un foco rojo, una amenaza latente, que en cualquier momento puede dispararse.


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