Desatención a la salud, represión emocional o la normalización y repetición de la violencia, son algunas de las consecuencias que el machismo ocasiona en quienes se identifican como varones.

Sin embargo, la demanda por una vida libre de agresiones y estereotipos se ha dejado en las manos de las mujeres, por lo que especialistas cuestionan ¿En dónde están los hombres?

Jesús Espinosa, de 29 años, confiesa que se ha sentido violentado desde la niñez debido a los estándares sociales que le indican cómo debe comportarse.

“¿En dónde están los hombres? En las actividades de mujeres, en los diálogos, en las preguntas que nos hacemos”
Ale del CastilloAutora de ‘Siempre estuve en riesgo’

“Sobre todo presionado y hasta cierto punto discriminado, y es algo que vemos desde niños, en donde te pintan al varón como alguien que debe ser fuerte, musculoso, con voz grave, mujeriego, rompecorazones o galán, y uno se va haciendo a la idea de que si no soy así, la gente se va a burlar de mí”, expresa.

Añade que la discriminación se extiende a lo emocional y a los intereses personales como llorar, mostrarse vulnerable o elegir juegos o actividades que se consideran “femeninos”.

“Yo quería un hornito porque quería hacer mis postres, cocinar o ser chef, no porque tuviera tendencias femeninas, y mis papás nunca me lo compraron; en cambio, ese año me regalaron un cochecito de Fórmula 1. La sociedad estipula qué es lo que tenemos que hacer aunque aparentemente no nos obligue”, narra.

Masculinidades, género y política

De acuerdo con Silvia Soler, coordinadora del Laboratorio de Masculinidades: género, poder y política del Instituto de Liderazgo Simone de Beauvoir (ILSB), la historia de Jesús es un ejemplo de los efectos que la violencia machista o patriarcal tiene en la población.

En el caso de los hombres, el impacto abarca el bienestar integral, pues el que deban mostrar fortaleza continuamente los lleva, entre otras cosas, a no atender su salud física o emocional, a no hacerse cargo de su cuerpo o de las labores de cuidado, así como ejercer y replicar violencias.

De este modo, afirma, lo que se busca al reflexionar sobre las masculinidades es hacer ver que existen otras maneras de convivir y desarrollarse.

“Las normas de género funcionan como una primera violencia sobre los cuerpos, tanto para hombres como para mujeres, pero generan unas canchas muy diferenciadas a la hora de cómo se viven y se reproducen las violencias.

“Hay toda una estructura social que permite que ellos las ejerzan impunemente, lo que hace más difícil que las reconozcan ¿A ellos los violenta el género? Sí, por ejemplo, las muertes en las carreteras por conducción temeraria como signo de virilidad, las peleas entre hombres como señal de hombría”, precisa.

“Dicen ‘a los hombres nos matan más’, claro pero ¿quién los mata? Los mismos hombres, si ese mandato de género, de la violencia, se desactiva, por supuesto que bajan las violencias”
Silvia SolerCocoordinadora de Formación y Saberes en intercambio del ILSB

En el ámbito político, la especialista destaca que las masculinidades deben involucrarse en la legislación de temas que les competen cómo las licencias por paternidad o la seguridad pública.

En México, la Ley Federal del Trabajo establece que es obligación del empleador otorgar a los trabajadores formales un permiso de paternidad de cinco días laborales con goce de sueldo por el nacimiento o adopción de un menor de edad; no obstante, un permiso no es igual a una licencia, el primero está sujeto a una autorización y la segunda es por ley.

‘Continuum de la violencia’

Silvia Soler agrega que existe un concepto desarrollado desde el feminismo llamado “continuum de las violencias”, el cual indica que hay violencias directas, implícitas y visibles, como el feminicidio, pero que hay un sinfín de violencias naturalizadas que son el sustrato o la base de otras violencias como el mansplaining.

“Lo que proponemos es empezar a desnaturalizarlas e interpelar a que los hombres también se hagan cargo de ellas, las reconozcan, las desautomaticen, las deconstruyan, para empezar a tener otras prácticas que sean mucho más justas, equitativas e igualitarias”, expresa.

“Las normas de género, violentas y peligrosas para nosotras, asedian también a los hombres”, señala el prólogo escrito por Adriana González Mateos en el libro Siempre estuve en riesgo (Penguin Random House, 2022) al referir la historia de un joven que fue violentado mediante la difusión de fotografías íntimas.

El ejemplar, escrito por los periodistas Ale del Castillo y Moisés Castillo, es una recopilación de testimonios contados casi en su totalidad por mujeres y familiares de víctimas de distintas violencias de género, desde micromachismos hasta feminicidios.

Moisés Castillo explica que eligió escribir el compendio a dos voces porque la violencia contra las mujeres también le incumbe, directa e indirectamente.

“Tengo hermanas, mamá, tías, mujeres que quiero mucho. Es muy preocupante saber que a diario hay otra mujer asesinada o desaparecida, y esto lo vemos como normal y no debe de ser así.

“Siempre estuve en riesgo es para mantener este tema sobre la mesa y tener una ventana de discusión entre todos. Esta sociedad ha perdido la empatía, si cada día son asesinadas en México entre 10 y 11 mujeres, estamos ante una tragedia nacional”, expresa.

Ale del Castillo detalla que la intención de explicar en qué consiste cada agresión, sus repercusiones, y el panorama de éstas en el país y en el mundo es para poder identificarlas, pues ninguna es menor.

En el ámbito político especialistas recomiendan que los hombres se involucren en la legislación de temas que les competen cómo las licencias por paternidad

“Nosotras no vemos, no queremos ver, no entendemos o no queremos ponerle nombre, porque es difícil asumir que nos están violentando de una forma o de otra, y tiene que ver con los estereotipos o roles de género que tenemos que cumplir, de sometimiento o aguantar la injusticia.

“Esta experiencia la tenemos desde Amar a madrazos. Violencia en el noviazgo, cuando una mujer o un hombre puede recibir un golpe y decir ‘hasta aquí’ o puede aguantar 25 o 30 años de violencia”, concluye.

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