La tierra del feminicidio

La reciente captura de un presunto feminicida en Ecatepec exhibe el grave problema de violencia contra las mujeres que ocurre todos los días en el Estado de México. La periodista Lydiette Carrión se asomó al infierno que viven las familias de las víctimas en su intento por encontrar justicia

El Estado de México se ha convertido en el territorio del feminicidio en el país.

La revelación de un video donde se ve a Juan Carlos “N”, un presunto feminicida que arrancó la vida a más de 20 mujeres en el municipio de Ecatepec, apuntó los reflectores hacia un infierno que vive esa entidad del país desde hace varios años, en particular en algunas localidades conurbadas a la Ciudad de México.

Entre enero y agosto del 2018, en todo el país se habían cometido 538 feminicidios, según cifras oficiales. El Estado de México fue la entidad más mortífera para las mujeres; en sus calles se cometieron 64 crímenes catalogados como tales.

64
feminicidios ocurrieron en el Estado de México entre enero y agosto del 2018

En estos lugares parece que la vida de las mujeres vale poco o nada. Grupos de delincuencia organizada o criminales solitarios ven en la impunidad un aliciente para cometer feminicidios porque saben que no serán castigados.

A esto se suma una profunda crisis institucional, en la que la falta de capacidad e interés de muchas autoridades agrava aún más el problema de la violencia contra las mujeres.

538
feminicidios se registraron en todo el país en el periodo enero-agosto de 2018

La periodista Lydiette Carrión se asomó al infierno que viven no solo las víctimas del feminicidio, sino sus familias y funcionarios públicos honestos que están atrapados en un sistema descompuesto que garantiza la impunidad.

En su libro “La Fosa del Agua” (Debate, 2018), Lydiette Carrión narra la historia de varias víctimas de feminicidio y sus familiares, quienes las buscaron incluso durante años.

Un calvario

Los feminicidios no son simples asesinatos cometidos contra mujeres; son un retrato del horror.

Desde el intento de los atacantes por borrar las huellas de una violación insertando en sus víctimas trapos con líquidos corrosivos, hasta aventar sus cuerpos en ríos de aguas negras; los ataques son brutales y sanguinarios.

No menos brutal es la angustia que pasan los padres, las madres, los hermanos, los amigos de las víctimas: desde jornadas de búsqueda en colonias enteras, terrenos baldíos o en cada hospital, hasta encontrarse con la ineficiencia de los servicios forenses que sepultan los restos sin un adecuado estudio que permita saber qué fue lo que en verdad pasó.

Con el seguimiento que dio a los casos de 10 víctimas de feminicidio, Carrión se adentró en la red de crimen, corrupción y negligencia que por omisión o por acción cobija a los criminales que asesinan mujeres.

“La Fosa del Agua” narra las historias de Bianca, Yenifer, Diana Angélica, y otras mujeres que encontraron su destino en manos de hombres asesinos.

En todos los casos, las familias tuvieron que tomar el papel de investigadores para saber lo que pasó y, con mucha suerte, encontrar sus restos.

“Cuando una persona desaparece es necesario buscar pistas en el entorno cercano, los judiciales mexicanos han desarrollado la facultad de hacer sentir culpables a los familiares de las víctimas, de hacerles sentir miedo al denunciar. Para la policía, pareciera que su labor no implica indagar en probables indicios copistas, sino desalentar que de hecho se realice una investigación”
Lydiette CarriónPeriodista

La cercanía con las historias de las víctimas y sus familias le permitió a la autora conocer las entrañas de sus casos, la forma en que las autoridades los trataron, así como el desorden que impera entre las instituciones encargadas de investigar lo que ocurrió.

Una mala combinación

En los feminicidios que se cometen en México se combinan muchas circunstancias, que van desde la pobreza en las zonas marginadas hasta la colusión de las autoridades con los grupos criminales.

Además de la complicidad, puede tratarse también de una falta de capacidad y recursos para hacer su trabajo.

“Las autoridades tienen un problema gravísimo, estructural, de ineficiencia e inoperancia, de falta de recursos, de una negligencia y de colusión con el crimen organizado, hacen que sea muy difícil perseguir cualquier delito y esto abre la puerta a la impunidad.

“El sistema, la manera como está diseñado, es terrible. Hay una falta de coordinación entre las distintas instituciones, por ejemplo entre policías estatales con la PGR, no hay un acoplamiento real, nadie tiene el mapa delictivo”, afirmó Carrión en entrevista.

A cada paso, siempre hay un obstáculo que no permite avanzar o hasta obliga a retroceder: cambian al agente del ministerio público y la investigación vuelve a comenzar; es casi imposible que se autorice abrir las redes sociales de las víctimas; investigar las llamadas que entran o salen de un teléfono puede llevar meses; cámaras que están en la vía pública son inservibles; y hasta una sobrecarga de trabajo.

Todo esto se combina para que el acceso a la justicia sea casi imposible.

La falta de capacidad de las autoridades para resolver los feminicidios garantiza impunidad a los agresores

“Yo me encontré con policías honestos, que sí estaban interesados en resolver casos y no estaban coludidos con criminales, pero tampoco no tienen la posibilidad de actuar porque no sabes qué callos estás pisando o si vas a terminar muerto. Sí es una situación muy complicada. Y también hay agentes del ministerio público muy comprometidos, pero sin las herramientas adecuadas para trabajar”, comentó Carrión.

La falta de coordinación ha sido visible en múltiples casos, como el de una familia que buscaba a una hija, pero que fue sepultada en una fosa común sin haberle realizado pruebas de ADN. Fue hasta que sus familiares la buscaron en los archivos de los Servicios Médicos Forenses de localidades cercanas hasta que vieron sus fotos.

Ahí no terminó el drama: el cadáver había sido sepultado en la fosa común pero de una forma tan burda que, para encontrarla, tuvieron que hacer excavaciones del tamaño de una alberca.

“Es difícil determinar dónde termina la negligencia y dónde comienza la colusión no solo de las autoridades, sino a veces de la propia gente conocida de las víctimas. En uno de los casos, un adolescente feminicida tenía vínculos con la policía, por ejemplo.

“Creo que la mejor manera de describirlo es que son aguas grises. Estás buceando y no sabes qué vas a tocar, qué callo vas a pisar, con qué te vas a encontrar, lo cual vuelve muy peligroso tanto para servidores públicos como familiares, investigar”, afirmó.

Las heridas de los feminicidios tocan no solo a las víctimas, sino a su entorno cercano; sobre todo con la cobertura que medios de comunicación hacen sobre los criminales, su naturaleza y sus problemas, más que de las víctimas y la forma en que familias enteras han sido destruidas por la acción de quienes cometen los crímenes y la omisión de quienes deberían investigarlos y castigarlos.

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