La pobreza que se mantiene en las zonas rurales del país, la imposición del consumismo por parte de los medios y la presencia de grupos delictivos ha orillado a que niños y adolescentes cambien las actividades agrícolas por las del crimen organizado.

La siembra, riego, realización y venta de artesanías, que si bien forman parte de trabajo infantil, prohibido en la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, dejaron de ser actividades atractivas ante las ganancias simbólicas y las económicas que ofrecen las actividades ilícitas.

El becario del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) para la tesis del Doctorado en Sociología Rural en la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) realiza un proyecto de investigación sobre la masculinidad con varones en conflicto con la ley.

“En Guerrero, por ejemplo, son niños entre los 11 y 12 años que empiezan con actividades de ‘halcones’, esas personas que vigilan que no entren grupos rivales a ciertos territorios y después empiezan a ascender, empiezan con venta de drogas, vigilancia, patrullaje, actividades de extorsión, secuestro y ejecución”.

En entrevista, explicó que las costumbres en zonas rurales e indígenas sobre la importancia de que el hombre sea el proveedor de la familia, sumando a la pobreza, hacen que el crimen organizado sea visto como un trabajo más que como una actividad ilícita.

Entre 2015 y 2019, el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP) registró que cuatro mil 299 niñas, niños y adolescentes fueron víctimas de homicidio doloso, lo que representa cerca del cuatro por ciento del total de este delito, mientras que en el primer trimestre de 2019 contabilizó 285 casos contra la población de cero a 17 años.