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Reporte
Nacional

DIEZCUENTOS

La pareja que liberó a miles de cubanos

Peniley Ramírez

El multipremiado trompetista cubano Arturo Sandoval toca su instrumento bajo el sol en medio del cementerio de San Lorenzo Tezonco. Esto, en la populosa delegación Iztapalapa. 

Los participantes de otros entierros no saben quién es, pero se asombran por la calidad del músico. La interpretación cierra el funeral de una balsera cubana fallecida en su intento de llegar a México. 

Arturo no la conoce. Vino a México a acompañar su sepultura porque la chica era la hermana del mecánico que repara su colección de autos antiguos en Miami.


Dic 23, 2013
Lectura 9 min

"He aprendido qué son los derechos humanos y qué es la no discriminación. No juzgo a quien viene, a quien se queda ni a quien se quiere regresar, los ayudo en lo que decidan hacer”

- Eduardo Matías

El multipremiado trompetista cubano Arturo Sandoval toca su instrumento bajo el sol en medio del cementerio de San Lorenzo Tezonco. Esto, en la populosa delegación Iztapalapa. 

Los participantes de otros entierros no saben quién es, pero se asombran por la calidad del músico. La interpretación cierra el funeral de una balsera cubana fallecida en su intento de llegar a México. 

Arturo no la conoce. Vino a México a acompañar su sepultura porque la chica era la hermana del mecánico que repara su colección de autos antiguos en Miami.

Junto a los familiares, está el hombre que convenció al procurador de Yucatán de que le entregara el cuerpo y no se fuera a la fosa común.

El abogado cubano Eduardo Matías tiene experiencia en estos trances. Aunque no es familiar ni diplomático, usa todo su poder de convencimiento para rescatar cuerpos de cubanos que quedan en el camino. 

Muchos de ellos no tienen identificación. Busca espacio en panteones municipales, algunos sitios donde les dan permiso y los entierra. 

En varios casos los únicos asistentes a la ceremonia son el propio Eduardo y su mujer, Alma, quienes se niegan a la idea de que muchos de los cubanos que no alcanzan su sueño se queden sin una sepultura. 

Eduardo y Alma han tenido también muchas misiones con final feliz. En los últimos 20 años han ayudado a miles de cubanos que pasan por México.

La mayoría de ellos han logrado pasar a Estados Unidos, otros han querido regresar a Cuba y algunos más –los que les traen recuerdos más tristes– han sido deportados a pesar de los trámites y las denuncias por corrupción.

Aunque Eduardo es la cara más visible de la Asociación Cívica Cubano Mexicana, no se imagina sin el apoyo de su esposa Alma Fierro, mexicana, 19 años menor que él, madre de sus tres hijos. 

Ella es quien recuerda los nombres de quienes han ayudado, los casos en detalle, las fechas. 

Ayúdame compadre

Eduardo llegó a México con visa de turista el 31 de diciembre de 1987. 

-¿Qué te sorprendió más a tu llegada?

“Las luces de Navidad”, contesta sin titubear. “Venimos de un país muy oscuro, aquí todo era luces y fiesta”.

Con sus conocimientos como abogado, comenzó a hacer sus propios trámites para tener un permiso de residencia en México, que le permitiera asentarse y vivir acá. 

En sus visitas al Instituto Nacional de Migración conoció a muchos cubanos que estaban como él, a excepción de que no conocían ni entendían las reglas de migración. 

En ese momento tuvo que pagar mil dólares a un agente de migración para que le otorgara un permiso de residencia. 

Muchos le pidieron ayuda para hacer sus trámites y así comenzó su camino en la ayuda de los cubanos. 

En 1996 fundó la Asociación Cívica Cubano Mexicana y comenzó a darle un poco de más formalidad a lo que hacían por la gente. 

En ese punto del relato Alma aclara: “nosotros no internamos a nadie a México, sólo ayudamos a quienes ya están aquí”.

“Cuando alguien nos llama y nos dice que piensan venir les advertimos de los riesgos. Siempre les decimos que traten de venir legal”.

-¿A cuántos han ayudado? 

Se miran con un gesto de negación y Alma responde: “No sabemos, pero son varios miles. Tenemos los expedientes de los que hemos sacado de migración, pero hay muchos otros que hemos ayudado con cosas más sencillas”.

Primero Eduardo tenía a otra persona de la asociación encargada de visitar la estación migratoria de Las Agujas, en Iztapalapa, donde entonces concentraban a todos los migrantes cubanos detenidos en México. 

A principios del 2000 esa persona ya estaba muy mayor para hacerlo. Ellos comenzaron a encargarse personalmente de las visitas a la estación. 

“Íbamos todos los domingos con tres bolsas grandes de congrí (arroz con frijoles cubano) para todos los cubanos que estaban allí y yo hablaba con todos”, cuenta Eduardo. 

El primero de esos domingos, ya en la tarde, le dijeron que le faltaba hablar con un cubano. 

“¿Con quién?”, pregunto él. 

“Con el del Sida”, le contestaron los demás. 

Así fue como conoció a Alexis, un ciudadano cubano que estaba enfermo de Sida y confinado a una celda de aislamiento en Las Agujas, “para que no contagiara a nadie”.

Eduardo relata que Alexis intentó suicidarse y se cortó las venas con el inodoro de su celda. Los agentes de migración lo envolvieron en plástico para que no contaminara. 

Había llegado a Las Agujas porque un agente de la patrullera fronteriza le vio cara de mexicano y lo deportó. 

Al llegar a México se dieron cuenta de que era cubano y lo encerraron en la estación migratoria. 

“A ese fue al primero que sacamos”, cuenta Alma. Logró regresar a San Diego, en California, donde ya vivía. 

Una cama de madera

En 2003, el Instituto Nacional de Migración le exigió a Eduardo que abriera un albergue para que existiera un espacio físico y conocido donde los cubanos estuviera en México durante los quince días que duraban sus trámites antes de viajar a Estados Unidos. 

Rentó un departamento en el mismo edificio en donde viven, en la colonia Tacuba, y le nombró La Casa del Balsero. 

Por allí han pasado mecánicos, albañiles, ingenieros, músicos, amas de casa, niños, parejas, familias completas. 

Una vez que estaba lleno el albergue uno de los que estaba alojado decidió contarlos. 

“Somos más que en el Granma, somos 89”, le dijo al abogado, en referencia al yate que transportó a Fidel Castro y otros revolucionarios cubanos desde Tuxpan hasta Cuba en 1956 para comenzar la guerrilla que los instaló en el poder. 

Uno de esos días Eduardo y Alma decidieron comprar un colchón nuevo para su cama. Quisieron uno tamaño king size, por lo que no les alcanzó el dinero para comprar la base. 

Una tarde entró a su departamento uno de los cubanos que estaba en el albergue, vio a su cuarto y le preguntó a Eduardo si estaba durmiendo en el suelo. 

“No, en mi colchón enorme”, respondió él. El hombre era carpintero y le hizo una cama de nueve patas en la que aún brincan sus hijos Habana y Eduardo, ambos pequeños. 

Una historia similar sucedió con el mueble de la sala. Eduardo y Alma relatan que lo inició un migrante de Santiago de Cuba, una provincia al oriente de la isla. 

Cuando iba a la mitad del mueble le llegaron sus papeles y tuvo que irse. Poco tiempo después llegó al albergue otro joven que era también carpintero, pero de Pinar del Río, la provincia más occidental del país, cuna del tabaco cubano. 

“Él terminó el mueble, por eso decimos que empezó en Santiago y terminó en Pinar”, dice Alma. 

La pipa de agua

Muchos de quienes han ayudado se van y nunca vuelven a saber de ellos. Algunos de quienes son deportados los buscan nuevamente cuando logran volver a México. 

Otras veces llegan a su casa familiares de personas a quienes ayudaron antes. 

Uno de sus relatos favoritos es el de la pipa de agua. Dicen que una vez llegó un grupo de cubanos que había cortado a la mitad una pipa de agua para usarla como balsa. 

Usaron la parte cóncava de la pipa como canoa, le pusieron una quilla y le conectaron un motor Mitsubishi. Así llegaron a México.

Una tarde recibieron una llamada en la casa de Eduardo desde Cuba. Era la esposa de uno de los viajeros. Le dijo que su compadre quería hablar con él. 

“Compadre, ¿dónde dejaste la otra mitad de la pipa?”, se oyó en el auricular desde Cuba. 

“En esa otra mitad vino un segundo grupo y también se quedaron en la casa”, cuentan entre risas Eduardo y su mujer. 

A pesar de las historias terribles de narcotráfico y corrupción, de las amenazas que han recibido y de la extraña explosión de su coche producto de una provocación que las autoridades nunca determinaron, Eduardo y Alma se dicen convencidos de su labor. 

“A los que quieren quedarse aquí los ayudamos a conseguir el aval para una renta, les buscamos un trabajo y los vestimos, muchas veces no saben ni cómo ir a una entrevista”, dice ella. 

Resumen su trabajo como “ayudar a la gente a defenderse”. Eduardo asegura que en su paso por México ha aprendido dos materias fundamentales que nunca estuvieron en su programa escolar en la Facultad de Derecho en Cuba.

Sentencia: “He aprendido qué son los derechos humanos y qué es la no discriminación. No juzgo a quien viene, a quien se queda ni a quien se quiere regresar, los ayudo en lo que decidan hacer”.


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