Los pies son su único medio de transporte desde hace 19 días, cuando Óscar abandonó su hogar en Tegucigalpa para atravesar México y llegar a la tierra prometida, donde su madre lo espera con la esperanza de que será bienvenido por Joseph Biden.

Y si no lo reciben con los brazos abiertos, confía en que las sanciones no serán tan duras e inhumanas como en la administración de Donald Trump.

Óscar Adoni Arteaga tiene 19 años. En Honduras era talachero y reparaba llantas. Junto con su primo, cruzó la frontera mexicana cuando falleció su abuela y ambos se quedaron solos. Ahora caminan juntos, sin separarse, porque son lo único que tienen.

“Esperamos que el nuevo gobierno nos de oportunidades a los migrantes para poder entrar, porque está muy difícil. Con Donald Trump no se puede, es el vivo demonio ese hombre”, platica Óscar tras llegar a la Casa del Migrante El Samaritano en Bojay, Hidalgo.

El camino es difícil, pero la pesadez aumenta con la violencia de la delincuencia en México y la plaga de COVID-19 en todos los rincones del mundo.


“Salí porque ya no aguantaba, Honduras está en cuarentena y así uno no puede salir a la calle, entonces te mueres de hambre o de Covid. Quiero trabajar, seguir mis estudios, no pude en Honduras porque allá trabajas o estudias. Cuando sea grande yo quiero ser mecánico de aviones”

Óscar y su primo caminaron alrededor de ocho horas desde Lechería hasta la Casa del Migrante El Samaritano; donde reponen fuerzas para avanzar otros 80 kilómetros rumbo al tren que los acerque a Querétaro, Guadalajara o Guanajuato, seguir su camino y llegar a la frontera.

Trump y el COVID-19, principales obstáculos de los migrantes

A inicios del año, el canciller Marcelo Ebrard reportó que, a ocho meses de implementar el Plan de Migración y Desarrollo, el cruce de migrantes en la frontera con Estados Unidos redujo en 74.5 por ciento.

La crisis sanitaria por COVID-19 dificultó más la entrada al país norteamericano; luego de que el presidente Donald Trump acelerara el cierre selectivo de los puertos de ingreso, imponiendo restricciones extremas de entrada de migrantes y solicitudes de asilo.

Luisa Silverio, de 48 años, es la coordinadora de la Casa del Migrante El Samaritano de Bojay, Hidalgo, donde todos los días reciben a migrantes que van de paso para ofrecerles aseo, ropa, comida y atención médica.

Ella atestigua que la migración se detuvo hace unos meses, pero renació con más fuerza tras la victoria de Joe Biden en las elecciones de Estados Unidos.


“Disminuyó mucho por el COVID y desde que se cerró la frontera. En abril y mayo recibimos 150 personas al mes, cuando en otro tiempo recibimos mil personas al mes. En septiembre fueron 480 y en octubre como 600. Ahora nuevamente tenemos grupos numerosos”.

De octubre de 2019 a septiembre de 2020, la Comisión de Aduanas y Protección Fronteriza de EEUU (CBP) registró más de 450 mil cruces ilegales en la frontera suroeste, en comparación con 970 mil del año pasado. Es decir, el flujo de cruces ilegales se redujo en más de la mitad.

“Lo que ocurrió es que el paso se volvió más peligroso, ahora tienen que esforzarse más en buscar veredas y se volvieron presa fácil para el crimen organizado y los coyotes”, explica Luisa Silverio.

Los varones mexicanos solteros encabezaron la lista de detenciones del año fiscal 2020, con el 56 por ciento de las detenciones.

La patrulla fronteriza también interrumpió el paso de 276 remolques y vehículos que llevaban a 4 mil 589 extranjeros ilegales, cifra que representó un incremento de 36 por ciento con respecto al mismo periodo del año pasado.

Y efectivamente, el camino no es fácil. Desde que abandonó su tierra natal, Óscar y su primo lucharon contra el frío y el hambre… pero también contra el crimen organizado y la policía en México.


“Nos ha pasado de todo. Ahí abajo, en Orizaba, cuando veníamos en los trenes unos hombres con pistolas nos quisieron bajar del tren para secuestrarnos. La policía también nos detiene cuando ven que estamos pidiendo un taquito en las casas, pero, ¿cómo no vamos a pedir, si tenemos hambre?”

Prefieren ”morirse en el camino intentando, que morir sin hacer nada en su país”

Tras el anuncio de la victoria de Biden, dice Luisa, los migrantes comenzaron a llegar nuevamente a curar sus heridas y llenar su estómago en la casa del Migrante, donde son atendidos para reponer fuerzas y puedan continuar su camino.

El objetivo es llegar hasta arriba.

Y es que, pese a la pandemia, Joe Biden dio a los migrantes la esperanza de un mejor presente, lejos de un tercer mundo plagado de pobreza, delincuencia y falta de oportunidades.


“Los migrantes tienen la mentalidad de que todo va ser diferente, tienen esperanzas respecto a cómo va a cambiar la situación. Creen que probablemente la frontera se abra, hay esa esperanza”

Luisa no miente. Tan sólo desde octubre a lo que va del año, la Patrulla Fronteriza registró 66 mil 525 cruces ilegales hacia Estados Unidos y realizó un total de 87 mil 929 acciones coercitivas.

Y aunque la frontera permanezca como está, dice, los migrantes continuarán su camino porque prefieren “morirse en el camino intentando, que morir sin hacer nada en su país”.

La diferencia es que ahora avanzan con la fe en que, por lo menos, serán tratados de una forma más digna.

“Hay esperanza de que por lo menos ya no vamos a escuchar discursos xenofóbicos y agresivos que estuvimos escuchando. Es una carga fuerte para Biden. Yo sí creo que habrá menos discursos racistas, va a ser un presidente más tolerante y respetuoso”, dice Luisa.

Así es el camino de los migrantes

Óscar y su primo llegaron a su oasis al mediodía. Estaban sucios, cansados, hambrientos y con heridas en los pies, su único medio de transporte. La mochila, dice el joven, es la única posibilidad de sobrevivir en un país extranjero, sin dinero ni familia.


“Donde nos agarre la noche, si vamos muy cansados, tendemos la cobija en la mochila, la mochila es nuestra vida. Ahí traigo un pantalón, mi chamarra y calcetas, debemos cuidar los pies porque es el transporte de uno”.

La Casa del Migrante El Samaritano, en Bojay, Hidalgo, funciona para ellos como un oasis en el desierto.

El lugar opera gracias a voluntarios, como Luisa, quienes lo administran a través de donaciones que reciben del interior de la República y el extranjero.

Los mayores donativos vienen de parte de la Iglesia Católica, institución que los apoya con despensa, ropa y colectas que hacen en sus parroquias, porque no reciben ni un peso de los gobiernos local ni federal.

“Me dieron unos zapatos, me vistieron, me dieron un baño, me dieron comida… gracias a dios que existen los albergues”, dice Óscar, quien espera encontrarse con su madre en Nueva Jersey en las próximas semanas.

Por ahora, la emergencia de COVID-19 disminuyó más las capacidades de la Casa del Migrante. Para protegerse del virus, el albergue es atendido sólo por dos mujeres; quienes dan alimentos, ropa, aseo, atención médica y llamadas gratuitas a los migrantes que las soliciten.


“La comida tratamos de que sea buena, no tenemos muchos recursos. Si tenemos algo de dinero tratamos de comprarles alguna verdura para que tengan una alimentación nutritiva”.

El refugio no sólo les ayuda a curar sus heridas físicas, sino también las del corazón, que a veces son las más difíciles de sanar.

Los migrantes, dice Luisa, llegan muy lastimados emocionalmente por el peligro que vivieron desde sus países hasta llegar a México; donde fueron recibidos con más violencia y discriminación.

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Publicado por Casa del migrante El Samaritano en Jueves, 18 de junio de 2020

“Algunos han sufrido violencia desde que ingresan a territorio mexicano, llegan sin nada a veces porque Migración se los quitó. Llegan lastimados, heridos, con llagas y algunos vivieron situaciones bastante complicadas como secuestros”.

Los migrantes son humanos, como el resto de nosotros.

Muchos de ellos cometen errores, dice la religiosa, pero la mayoría de ellos son personas sensibles y con sueños, “ hombres fuertes y grandes que se ponen a llorar”.

La Casa del Migrante tiene una base de primeros auxilios psicológicos, donde hay profesionistas capacitados para darles contención emocional; pues muchos “han vivido secuestros, violaciones y los han separado de sus hijos”.

Como ciudadanos del mundo, Luisa nos invita a sentir empatía por ellos, cuyo único delito es querer salir de la pobreza, marginación y violencia del sitio donde les tocó nacer.


“La población migrante es marginada, vulnerable y vive xenofobia, rechazo social. Considero que ésta es una manera de hacerles sentir personas, alentarlos. Unos dicen al despedirse, ya me siento persona, me siento vivo, resucité”.

Por la tarde, Óscar y su primo dejaron la Casa del Migrante para continuar su camino. El límite, dice, son ellos mismos, porque todo se puede lograr cuando los sueños nacen desde lo más profundo de la existencia.

“Todos deberíamos tener la oportunidad de ser felices y no estar en la pobreza. Yo creo que todos lo merecemos”.

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