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Víctor Alfaro practica el peor de los oficios en estos tiempos: es payasito y tiene que sonreír ante la adversidad.

Frente a la peor de las circunstancias tiene que hacer un esfuerzo sobrehumano para no llorar con su propia desgracia: a su viudez, el sismo del pasado 19 de septiembre le agregó el quedarse sin vivienda.

Es “una familia de uno solo” –como se llama a sí mismo-, y forma parte de las familias que ocupan el campamento improvisado que se ha instalado en el parque Xoloitzcuintle, en la diagonal de Pedro Moreno y Galeana, en plena avenida Reforma de la Ciudad de México, en donde más de 80 personas aguardan a que el Gobierno de la Ciudad disponga un plan de ayuda.

Desde la noche del 19 de septiembre, cuando el sismo dejó inhabitable el inmueble que venían ocupando más de 52 familias, al menos 24 de ellas decidieron instalarse en el parque de la contraesquina.

Víctor se solidarizó con sus vecinos y ayudó a levantar con pedazos de madera, láminas viejas y algunos trozos de plástico, las improvisadas viviendas para alojar a los que de la noche a la mañana se quedaron sin lugar en donde vivir.

Si antes del sismo Víctor vivía en la pobreza, hoy vive en la desolación: un cuarto forrado de plástico de dos por tres metros cuadrados, en donde apenas cabe una cama, una mesa y su televisor, es todo el universo en donde este hombre de 39 años de edad no deja de soñar.

Espera que el Gobierno de la Ciudad de México reubique a todas las familias sin vivienda, y así, él mismo poder traer de regreso a su hijo de siete años de edad.

A sólo unas horas de ocurrido el pasado sismo, Víctor decidió desprenderse de lo más preciado que tiene, su hijo.

Lo mandó con unos familiares fuera de la Ciudad de México para evitarle “la mala vida” de estar viviendo prácticamente en la calle, a la intemperie y expuesto a las condiciones extremas del frío.

El espacio que ocupa Víctor en el campamento del parque Xoloitzcuintle, no es distintito en nada al que habitan las otras 23 familias: no tiene agua potable, no hay sanitario, utiliza una estufa colectiva que se emplea por turnos y la ducha diaria se la tiene que dar, a costa de su propia seguridad, en la vivienda que ocupaba y que está a punto de venirse abajo.

Aun así, a Víctor no lo abandona su espíritu festivo y alegre. Hace un esfuerzo constante por seguir riendo. Sus ojos se nublan, casi a todas horas, cuando recuerda a su esposa Mariana Zavala Medina, la que amaneció muerta a su lado un 25 de diciembre de hace tres años luego de estar celebrando en familia la cena de Noche Buena.


De acuerdo con su sentir, esta será la peor de las navidades que habrán de pasar las 24 familias que aguardan en el campamento del parque Xoloitzcuintle

En las noches casi no duerme. Le quita el sueño el saberse solo, el saberse otra Navidad sin su esposa y lejos del hijo que adora. Por eso encabeza la ronda de vigilancia de los vecinos que se van turnando para dar seguridad a las mujeres y niños.

Pero a Víctor le urge ya que pasen las celebraciones de Navidad, no sólo porque así considera que se le habrá de pasar el dolor de la ausencia de su esposa muerta y de su hijo que no se encuentra con él.

Quiere que inicie un nuevo año, para ver si el nuevo ciclo le trae algo mejor a su vida.

La desesperanza en la que se encuentra no lo ha dejado salir a trabajar.

Ya no tiene con qué seguir sosteniéndose. Los 9 mil pesos que el Gobierno de la Ciudad de México otorgó como apoyo para renta ya se los acabó en subsistencias alimenticias.

Ya le urge estar en condiciones de trabajar.

No se olvida de su oficio. Sueña con salir pronto de nuevo a las plazas del centro de la ciudad para seguir haciendo reír a la gente, y de esa forma olvidarse un poco de su desgracia.

Quiere retomar su papel en el escenario de la vida, en donde todos los días era el payaso “Cuadrín Cuadrado de la Cuadra”.

Desposeídos y abandonados

Los vecinos que habitan el campamento del parque Xoloitzcuintle, son los que hasta antes del sismo del 19 de septiembre vivían en la casona de Pedro Moreno Lote 1 Manzana 113.

De ahí, 24 familias tuvieron que salir ante el riesgo de derrumbe, otras 27 siguen viviendo en el interior del domicilio, pese a la advertencia de Protección Civil de un posible colapso del inmueble.

Entre las familias que tuvieron que dejar todo, porque el sismo todo se los arrebató, se encuentra la de Jaime Rangel, de 55 años de edad, quien junto con su esposa Guadalupe Lunar Pérez, sus hijos Magaly, Claudia y Roberto, hoy viven en el campamento improvisado.

Jaime piensa en la Navidad, pero le gana el dolor cuando se sabe abandonado por la autoridad local. El delegado de la Cuauhtémoc, Ricardo Monreal, no se ha hecho presente en el lugar, “ni siquiera para dar unas palabras de aliento”. Las familias ya le han hecho de su conocimiento las carencias bajo las que se encuentran, “pero ni así se ha parado aquí ninguna autoridad”.

El coraje se le refleja en el rostro  cuando recuerda que la única visita del delegado a los vecinos del inmueble afectado fue cuando acudió para pedirles el voto.

“Allí si tuvo tiempo el señor de venir a vernos, pero ahora que lo necesitamos no ha respondido a los llamados de ayuda que le hemos hecho”.

Más bien han recibido apoyo de algunos vecinos y de miembros de la sociedad civil.

Una de las organizaciones que no ha dejado solas a estas familias es “Grupo Amor”, encabezada por Lorena García, que ha estado al pendiente para que las familias puedan afrontar al menos sus carencias alimenticias y de salud, pues en el lugar hay al menos 14 niños que padecen enfermedades de las vías respiratorias.

Tampoco el Gobierno de la Ciudad de México ha respondido a los reclamos de ayuda, pese a que en forma insistente los jefes de las familias desposeídas han acudido ante las instancias correspondientes.


Jaime Rangel

Damnificado en espera de una vivienda

A estas familias les urge que la autoridad les asigne un nuevo espacio de vivienda, “ese sería el mejor regalo de Navidad que podríamos tener”, considera Jaime Rangel, con algo de esperanza en el rostro.

Mientras, asegura Jaime, esta será la peor de las navidades que habrán de pasar las 24 familias que aguardan en el campamento, en donde se observa como un recuerdo viejo y bueno las cenas de noche buena pasadas, “cuando bajo un techo podíamos disfrutar el pavo, los romeritos, el pozole y los tamales”.

Pero hoy, al derrumbe de la vivienda se suma la rabia de la mayoría de estos vecinos, los que parecen hablar a través de Jaime, el que se lamenta que el Gobierno de la Ciudad de México haya dejado en el desamparo a los afectados por el sismo en la zona norte de la ciudad, “y pone sólo atención en las colonias del sur, en donde están las familias de dinero”.