“Existen muchos Méxicos, no hay uno solo. Desplegar un proyecto editorial desde una región multiétnica y con una pobreza que flagela nuestras potencialidades hace necesario mantener una mirada crítica sobre lo que acontece”.

La voz proviene de Oaxaca. Habla Abraham Nahón, quien dirige las páginas de una revista cultural y de crítica social que nace en 1998 como un proyecto estudiantil.

Luna Zeta surge como una forma de que sus integrantes salieran de la encrucijada del ambiente cultural oaxaqueño, que consideraban “desolador”.

Han pasado 15 años. Sin la ayuda de una institución o fundación que los haya financiado de manera permanente, con las dificultades para acceder a fondos culturales desde provincia o de conseguir publicidad comercial en una revista de arte, se preparan para celebrar tres lustros.

La revista es consciente de su necesidad de entrar al mundo virtual y de sus propias bonanzas, como la de reflexionar México desde un extremo del país. 

La falta de sostén económico les ha permitido “ejercer un trabajo más crítico y con mayores libertades editoriales”, asegura Nahón, poeta, investigador social y estudiante del doctorado en sociología del arte en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. 

Actualmente dirige la revista junto a Alfonso Gazga, Jorge Pech y Judith Romero, que han conformado el consejo editorial durante los últimos 12 años. 

Visiones desde la periferia

Luna Zeta aporta una visión propia que difunde “una mirada distinta desde las periferias del centro del país”. 

Su eje de gravedad ha sido destacar la creatividad y talento de Oaxaca, reflexionar sobre su complejidad sociocultural, vinculada con procesos creativos, sociales y artísticos en otras latitudes. 

Han buscado “generar un diálogo creativo entre Oaxaca y otras ciudades del mundo que la habitan y animan”. 

Nahón considera que la visión provinciana de muchos medios nacionales editados en el Distrito Federal impide entender la potencialidad creativa y creadora de México, que se ve limitada, invisibilizada y asfixiada por esa centralización. 

En sus páginas han reflexionado sobre la violencia, el excesivo protagonismo de las iglesias, la pobreza y la marginación, la legalización de la marihuana, el racismo, la represión sexual y erótica, la hostilidad del sistema económico y la modernidad capitalista. 

En su historial dedican especial importancia al movimiento social que sucedió en Oaxaca entre 2006 y 2007. Editaron dos números especiales con fotografías, imágenes literarias y ensayos analíticos. 

“Este movimiento social cimbró fuertemente a Oaxaca. El grupo de poder y la clase política que ocasionó la represión y la muerte de civiles, sigue en la impunidad”.

Entre los artistas que han publicado, Nahón descubre una diversidad de lenguajes. 

“Si algo nos ha sorprendido es la fuerza de los lenguajes estéticos y visuales para abordar nuevas temáticas”. 

Con esto, escapan del “medio folclorizante y comercial de muchas producciones oaxaqueñas y de provincia”. 

Una mirada crítica 

Luna Zeta fue desde su inicio “un gran pretexto para viajar y conocer el interior de la regiones de Oaxaca”.

Su director recuerda que los primeros números eran muy emotivos. “La celebración duraba varios días. Éramos parte de un colectivo, con el anhelo de mantener una visión contracultural”.

La madurez de la revista devino en una mirada crítica y social de su entorno, en una experiencia vivencial que trata de romper con la visión conservadora y represiva que existía –y existe- en Oaxaca.

De la ilusión primera, los editores pasaron a la realidad de los retos para sostener Luna Zeta económica y logísticamente.

“El tiempo es implacable. Las revistas en nuestro país duran poco, son más bien proyectos estudiantiles o de corto aliento”. 

Luego sus participantes entran a la vida laboral y desertan porque “estos proyectos no son una fuente de empleo”.

Organismos oficiales, como el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, otorgan apoyos para la impresión, nunca en la edición, diseño y distribución.

“Apoyan proyectos privados de creación literaria y artística y les otorgan considerables recursos para su manutención. No lo hacen en la misma medida con proyectos colectivos y de gran impacto como una revista literaria”, considera.   

A los retos de conseguir publicidad comercial o institucional, se ha sumado el agravante de ser una revista de provincia en un país centralizado como México. 

“Y más si haces una crítica constante a las lógicas de poder y de dominación locales y nacionales, se dificultan y limitan las posibilidades de obtener apoyos”. 

En México no hay un diagnóstico ni un estudio reciente que muestre cuáles las revistas culturales existen, ni que analice el fenómeno ni el impacto sociocultural que ocasionan como proyectos colectivos. 

Esto hace que el apoyo de las instituciones sea reducido y sin una orientación certera. 

“No existe, como en España o en otros países, una red de revistas o una plataforma digital que conecte a las publicaciones realizadas en todas las entidades”. 

Entre las problemáticas de este sistema, Nahón destaca que no se distinguen estos distintos Méxicos, la diversidad de procesos socioculturales a nivel local, ni los proyectos de largo aliento respecto a los que sólo salen los dos o tres números que les otorgan una beca. 

Una forma de contrastarlo ha sido el espacio virtual. Luna Zeta ha iniciado su presencia en Internet. Pretenden subir parte del material que generaron durante estos 15 años. 

“Hay que empezar a crear nuevos medios digitales. No sabemos lo que vendrá, todo es un vértigo. Pero no debemos dejar que otros asuman nuestra voz, hay que seguir participando y planteándonos nuevas interrogantes ante esta hegemonía de las pantallas que fosforecen en la oscuridad. “Esta luz artificial no puede suplir la luz del pensamiento creativo y crítico, el cual también debe tener un lugar en las redes virtuales”.