Alcohol y desinfectante. Sábanas impecables. Olores que penetran. El color blanco como matiz. Los hospitales tienen esa indescriptible energía que siempre clama a la nostalgia.

No se llega a ellos por gusto. Se cae ahí empujado por la más cruda realidad: la azarosa ruleta de la salud. Las actividades en un nosocomio sacuden al más templado.

Las sonrisas en esos lugares por lo regular desaparecen. Por eso es que la incertidumbre se apodera de todo. Eso pasa en el Hospital Xoco al sur de la Ciudad de México.