El martes 17 de junio, el portero mexicano Guillermo Ochoa detuvo, al menos, seis disparos a su portería.

Lo hizo ante Brasil. En Brasil. El mundo se rindió a sus pies.

Ochoa vio su nombre escrito al lado de la palabra héroe en casi todos los idiomas.

Una semana después, Didier Drogba, el veterano atacante de Costa de Marfil jugó su último juego del Mundial en contra de Grecia.

Su nombre no apareció en los periódicos, pero el hombre es un héroe que no necesita parar nada en ningún partido. Y no lo necesita porque en Costa de Marfil todos recuerdan que en el 2005, Drogba paró una guerra.

Era octubre y “Los Elefantes” celebraban que participarían en un Mundial por primera vez en su historia.

En el vestidor se derrochaba euforia y felicidad. Todo era fiesta.

Los elefantes africanos simbolizan la fuerza física y espiritual. Son considerados animales muy pacientes, poderosos y de muy buena memoria.

Drogba es el “Rey Elefante” y se calza exacto el apodo. Ese día, en medio de la celebración, “Didi” recordó algo muy importante.

Tomó un micrófono y pidió silencio. Miró directo a la cámara de la televisión local que se había enlazado en vivo y -en el horario de mayor audiencia- dio un discurso de 76 segundos que nadie olvidará.

“Marfileños y marfileñas… Del norte y del sur, del centro y del oeste… Hemos demostrado hoy que todos los marfileños podemos coexistir y jugar juntos con un sueño en común: calificar al Mundial”, comenzó a decir rodeado de sus compañeros de equipo. Todos étnicamente diversos.

“Nos hemos prometido que el festejo unirá a nuestro pueblo”, dijo mientras se ponía de rodillas lentamente. Sus compañeros lo siguieron.

“Hoy, les rogamos, de rodillas… ¡Perdonen! ¡Perdonen! ¡Perdonen!… Somos un solo país en África, tenemos tantas riquezas, no podemos caer en guerras así. Por favor, bajen sus armas. Hagan elecciones, organicen elecciones, y todo estará mejor”.

El día del discurso de Drogba, la nación africana llevaba tres años sumida en una guerra civil. Un conflicto armado había dividido al país.

El norte, cuya principal ciudad es Bouaké, era controlado por los rebeldes, y el sur, por el gobierno.

Los combates y las matanzas habían provocado la huida masiva de más de 100 mil marfileños que temían por sus vidas. Las negociaciones se habían caído y las elecciones estaban canceladas.

Costa de Marfil, dividida, se caía a pedazos. “El Elefante” estaba decidido a unirla.

Los elefantes son seres pacíficos, por eso fueron tan fáciles de exterminar por los marfileños que comerciaban sus colmillos. Un elefante no es bueno para la guerra. Drogba está convencido de que su pueblo tampoco.

Nueve días después de ese discurso, su ruego fue escuchado. Los dos bandos en discordia acordaron iniciar el diálogo.

En 2006, Drogba recibió el premio al Futbolista Africano del Año y lo primero que hizo fue pedirle al presidente de su país que le permitiera viajar a la ciudad que había sido bastión de los rebeldes durante toda la guerra civil.

“Esto le pertenece a todos los marfileños, permítame viajar a Bouaké”.

“Didi” llegó a la principal fortaleza de los insurgentes y ahí anunció la realización de un partido de clasificación para la próxima Copa Africana de Naciones.

En esa zona no se había jugado ningún encuentro de futbol desde el inicio de la guerra.

El 3 de junio de 2007, todos los miembros del gabinete del gobierno marfileño, incluido el presidente Gbagbo, pisaron Bouaké por primera vez en 6 años.

Ese día, insurgentes y representantes del gobierno cantaron juntos el himno nacional.

Casi dos meses después, se realizó una reunión que acordaba el fin del conflicto, la entrega de las armas y la celebración de elecciones libres.

El 25 de febrero de 2011 Costa de Marfil volvió a pelear, pero el mundo siempre recordará que durante un tiempo “El Elefante” paró una guerra.