“Cuatro de cada cinco adolescentes quieren dedicarse a la trata de personas, el negocio local”. “Las fauces de un cocodrilo han sido el destino final de las prostitutas que no reúnen la cuota”. ¿Terrores ficticios? No.

El primer dato lo publicaba el diario El País el pasado 30 de junio y se refería a los jóvenes del municipio de Tenancingo, en el estado de Tlaxcala.

El segundo podía leerse en un reportaje publicado ayer por El Universal: “’El Caimán’, terror de trabajadoras sexuales en el DF”. 

Los detalles son de los que dejan sin palabras. Y la información al respecto parece haberse desbordado como una presa que acabara de romperse. 

El lunes, el diario mexicano publicó otro artículo: “Esclavas de la prostitución VIP en el Distrito Federal”.

Chicas engañadas, secuestradas, obligadas a ejercer la prostitución y chantajeadas para dejarlas sin salida.

Violaciones, malos tratos, golpizas, retención de documentación, drogas y alcohol a la fuerza y obligación de tragarse el vómito cuando su cuerpo no asimilaba las sustancias que les obligaban a tragar los clientes. 

Una de las jóvenes que ahora puede vivir para contarlo relató a El Universal lo siguiente: “Les dije todo y no les importó, que estaba ahí a la fuerza, pero me decían que me iban a tratar como se trata a las mujeres”. 

Y esto es, al parecer, como un objeto insignificante, pisoteable, y, lo más importante para los proxenetas, como una fuente de sus riquezas de la que se pueden hacer dueños a su antojo, por la fuerza.

¿Los clientes? Altos mandos policiales, jueces, legisladores, hombres de negocio, empresarios y hasta ministros de culto. 

Algunos colectivos feministas hablan de terrorismo machista para referirse a los actos de violencia cometidos sistemáticamente contra la mujer. Estos son solo algunos ejemplos de ese terrorismo invisible, ignorado y, lo que es peor, naturalizado.

Mientras tanto, en Tenancingo, Ernesto, El Caimán –apodado así por tener un reptil en la “fosita de su mansión”–, campa libremente. Al mismo tiempo, una mujer trabajadora del sexo, Diana, lamenta la muerte de su amiga Andrea. “-¿Qué pasó? El animal se comió a Andrea. Te juro que esta historia es real; así castiga ese desgraciado (cuando no le pagan la cuota que éste les exige)”.