El proyecto impulsado por Marisa Belausteguigoitia fue el primero de esa naturaleza en América Latina


"Me gusta pintar paisajes, porque eso es lo que más extraño de la calle: ver el cielo abierto y matizado, que se extiende hermoso, como la obra que es de Dios"

Humberto Rodríguez Bañuelos

Pintor

https://www.youtube.com/watch?v=1BxDxGX9WK0

En la cárcel se agudizan los sentidos, me dijo una vez Humberto Rodríguez Bañuelos, acusado por el asesinato del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo.

En el aire se puede ventear la soledad, trató de explicarme: a veces la tristeza llega dulce, con un color gris que se mete por la nariz y se te queda adentro. No deja que seas feliz, hasta que la sacas. La única forma de sacar la tristeza que tiene la cárcel –insistió- es a través del arte.

Por eso, cuando fuimos compañeros de celda en la cárcel federal de Puente Grande, Humberto siempre me insistió que pintara. Decía que los trazos al óleo eran más efectivos que estar emborronando cuartillas, haciendo poesía, escribiendo cartas.

Humberto tenía ya casi 20 años de preso y su producción de óleos la estimaba en uno por semana. Ese era su nivel de tristeza con el que tenía que lidiar a diario.

Cuando uno pinta –me platicaba Humberto en tono de maestría- debe hacerlo en silencio. Es el alma de uno mismo la que se está plasmando sobre el lienzo. Cualquier palabra que se diga, cualquier ruido que se escuche en el aire, hasta el mismo pensamiento que se tenga en el momento puede quedar plasmado en la pintura, eso puede contaminar el reflejo del alma que se materializa con cada pincelada.

Como en todas las cárceles federales, en Puente Grande se simulaba la asesoría de un maestro que llevara la clase de pintura. Cada reo pintaba sin importar técnicas o estética en los trazos. Los trabajos finales solo reflejaban emoción.

“Son la válvula de escape a todo lo que tenemos en el alma y que no hay forma de sacarlo”, explicaba  Rodríguez Bañuelos, desestimando las terapias de psicología a la que eran sometidos los internos.

En el sistema penitenciario del país no existe un registro exacto sobre el número de internos que realizan actividades artísticas, mucho menos hay registro de sus obras. Pero especialistas de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM) consideran que la producción literaria y grafica que se genera al interior de los centros penitenciarios, aunque extensa y de calidad, es subvaluada, solo por generarse dentro de la prisión.

Si bien es cierto que la mayoría de los presos hacen arte para externar sus sentimientos y no morir de tristeza en la cárcel, también es cierto que la mayoría de esos presos buscan vender sus obras, a través de sus familias, para poder sufragar al menos los gastos para los que los visitan. “Pero imagínate, dice Ethel Flores, si vender arte en la calle, esta cabrón, venderlo desde adentro de la cárcel está cabronsísimo”.

El precio promedio de Los Oleos elaborados en prisión no alcanzan a cotizarse ni en 300 pesos –cuenta Ethel Flores-. Con eso apenas se paga el costo de los materiales y a veces los sobornos que hay que dar en prisión. De los textos literarios, como cuentos, novelas, guiones de teatro, ya no te digo hermano: nadie los quiere leer, ya no digamos comprar.

Ethel Flores, durante su reclusión en la cárcel de Santa Marta Acatitla escribió cinco obras de teatro y ganó el Premio Nacional de texto inédito para teatro. 

Montó el grupo de teatro Flores de Acero que aglutinó a todas las internas sin visita y con adicciones a las drogas, haciendo del arte escénico una terapia de rehabilitación para sus compañeras.

La cárcel es un semillero de escritores, cuenta Rafael Hernández Barba, un excarcelado del Centro Preventivo Varonil Oriente de la Ciudad de México.

Asegura que dentro de la prisión descubrió su vocación para escribir, y esa vocación lo llevó a ingresar a la carrera de literatura, la que actualmente cursa en las aulas de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM).

Pintar para vivir

Con un proceso penal que aún está por definirse, Humberto Rodríguez Bañuelos, con sus poco más de 60 años a cuestas, golpeado en su salud por los casi 23 años de encierro, asegura que la única esperanza que tiene dentro de la prisión es ver que llegue la hora en que lo llevan al comedor –que se improvisa como taller de pintura- para dar rienda suelta a la liberación del alma, a través de los pinceles.

“Yo pinto para vivir –me confió en alguna ocasión, sentados al sol en el patio del módulo VIII-. Si no me permitieran pintar, yo pienso que ya habría buscado la forma de suicidarme. No entiendo la vida dentro de estas paredes tan altas sin la posibilidad de expresar lo que no puedo decir con las palabras”, cuenta a través de sus grandes lentes.

Humberto Rodríguez no solo pinta. Le gusta el arte en sus diversas formas. También escribe. Emborrona algunos poemas y a veces le da por escribir corridos. Cuando está encerrado en su celda –la mayor parte del día-, le da rienda suelta a la tinta sobre el papel. Escribe muchas cartas. Manda muchos poemas, cuenta que es un hombre muy enamorado.

Los cuadros al óleo que elabora Humberto Rodríguez los saca en cada visita familiar.  Se los encarga a su esposa, la que los va acumulando en su casa. Son cientos los que mantiene almacenados en espera de poder venderlos, en busca de ingresos que le ayuden en su menguada situación económica. Nadie se interesa en el arte de un preso federal, acusado de delitos graves.

Una vez me confesó que si volviera a nacer, si le fuera dado ese sueño de todos los que están en reclusión, sin duda sería un gran pintor. No por el exquisito trazo de sus pinceles, sino por el gusto y la pasión con que asume cada una de sus obras, en donde el paisajismo es su tendencia. “Yo creo me gusta pintar paisajes, porque eso es lo que más extraño de la calle: ver el cielo abierto y matizado, que se extiende hermoso, como la obra que es de Dios”.

Las cartas pintadas

Alfredo es un reo de la cárcel federal de Puente Grande. Tiene una sentencia de casi 20 años de prisión. No habla con nadie, pero todo el día se la pasa dibujando en su celda. Antes de llegar a la cárcel ni por equivocación tomaba un lápiz y un papel –reconoce-, no le gusta escribir y siempre asoció el lápiz con la escritura.

En el encierro prolongado y difícil de la cárcel federal de Puente Grande, Alfredo aprendió que el lápiz sobre el papel no tiene que dar siempre como resultado un puño de letras que expresen lo que se piensa. Descubrió que también se puede expresar lo que siente el alma, con algunos dibujos. Desde que está preso envía a su familia solo dibujos, sin una sola palabra escrita.

Es a través de los dibujos que hace desde su celda, en el silencio de las 23 horas de encierro diario, que Alfredo logra decir sus sentimientos a sus hijos, esposa, hermanos y padres que lo esperan. La familia de él sabe de esa comunicación que ha desarrollado desde que está preso, hace ya 6 años. Entienden claramente que una flor es alegría, que un paisaje es tristeza y que cuando dibuja ríos, lagos, cualquier forma del agua, representa para ellos el llanto del preso.

Alfredo manda cartas cada semana a su familia. En el sobre solo va contenida una hoja de papel con los dibujos  trazados finamente y los matices hablando por su boca. No escribe una sola frase completa, pero aun así su familia le retorna cartas dando respuesta a los sentimientos que  expresa en cada uno de los dibujos que escribe con el corazón, más que con el lápiz.

Las presas de Santa Martha

El fenómeno de reclamo de arte, como una forma de readaptación de los internos, no puede ser más claramente expuesto que con la demanda de las internas de la cárcel de Santa Martha Acatitla, las que se apropiaron de las paredes grises de la cárcel para convertirlas en suaves muros sobre los que dibujaron su anhelo de libertad.

Nos Pintamos Solas, es el nombre del proyecto con el que las internas de esa prisión pidieron a la autoridad penitenciaria el permiso para convertir las paredes en lienzos y sus pensamientos en murales, haciendo un entorno social más amigable. Por medio del arte, las internas de Santa Martha Acatitla decidieron cambiar el gris sin vida de sus vidas, por los vivos murales de la esperanza.

El proyecto impulsado por Marisa Belausteguigoitia fue el primero de esa naturaleza en América Latina. La participación de las internas para pintar las paredes grises de su cárcel no tiene antecedente. En menos de dos meses, a través del arte, las presas de Santa Martha cambiaron no solo su entorno, si no su forma de ver la vida. Disminuyeron las riñas, reconocen funcionarios de esa penitenciaría.

Ethel Flores Castillo, una de las internas que participó en el proyecto “Nos Pintamos Solas”, sostiene que el solo hecho de haber cambiado el color de las paredes -con los tonos que las internas decidieron-, representó para ellas un grito de libertad. La transformación, con el arte como herramienta, no solo cambió el rostro de la cárcel, sino que también las transformó a todas las mujeres que participaron. “Fue dejar una huella, una constancia de vida, del sí se puede, para las otras internas”, dijo.

No en todos lados es igual

En muchas otras entidades del país no solo no se toma en cuenta la formación artística de los internos, sino que se alienta con políticas oficiales a la cultura de que el arte tiene su carga de homosexualidad. En Michoacán, en la cárcel principal de Mil Cumbres, al menos una veintena de reos han tenido que recurrir a amparos judiciales para poder ejercer en su tiempo libre diversas actividades artísticas.

En las cárceles federales está prohibida la creación literaria. Los que escriben desde su celda se arriesgan a ser sancionados por sendos Consejos Técnicos Interdisciplinarios. Está prohibido no solo escribir corridos, sino cantarlo. La sanción a la que un reo federal se hace acreedor es de 10 a 60 días en aislamiento, privado a veces de comer, si se le encuentra escribiendo un corrido.

Quienes son sorprendidos escribiendo historias, a manera de cuentos, leyenda o narración, son recomendados para ser trasladados a otras prisiones federales, las que más distantes estén de sus lugares en donde se llevan sus procesos penales, o sus familias en caso de ser preso sentenciado en firme.

En otras prisiones estatales, como las de Guanajuato, Zacatecas y Chihuahua, no está prohibido el arte en su manifestación de pintura, pero el uso de algunos de los materiales para pintar al óleo sí está restringido, razón por la que algunos reos tienen que practicar el arte mediante el pago de vigilancia a los propios celadores, que son los encargados de introducir materiales y sacar obras terminadas en prisión.