Reporte Indigo

Dolores y Jesús, la historia de un matrimonio de empacadores que vive de las propinas en CDMX

Dolores y Jesús, la historia de un matrimonio de empacadores que vive de las propinas en CDMX

Dolores y Jesús, la historia de un matrimonio de empacadores que vive de las propinas en CDMX

Desde hace poco más de un año, la pandemia por COVID-19 les arrebató a Dolores y Jesús una de sus únicas fuentes de ingresos. Ambos adultos mayores obtenían dinero como empacadores de productos en tiendas de autoservicio. A Jesús, grupo Soriana lo reincorporó a las cajas cuando la Ciudad de México regresó al semáforo epidemiológico verde. Para Dolores, su esposa, el futuro era incierto desde que Walmart anunció que prescindiría de ella y de todas las personas que ahí laboran.

Aunque esa empresa echó para atrás su decisión, ninguno de los dos puede trabajar todavía hasta que, literalmente, les den luz verde.

Dolores y Jesús son un matrimonio que no puede acceder al empleo formal porque las empresas generalmente operan con un límite de edad, como si el tiempo les restara capacidades. Además, tienen un hijo con autismo que requiere cuidados.

La pareja complementa sus gastos laborando como empacadores en dos tiendas de autoservicio, sin embargo, ambos se quedaron sin trabajo cuando la pandemia por COVID-19 azotó a la Ciudad de México dejando a su paso miles de muertos.

Después de un año y tres meses, don Jesús Aullet González, de 68 años, pudo regresar a empacar a la sucursal de Soriana donde trabajaba. Sin embargo, dejó una vez más su trabajo cuando el semáforo en la capital regresó al amarillo.

“A nuestra edad es difícil ser contratados en otro lugar”

Aunque don Jesús es Licenciado en Arquitectura, no puede acceder a un empleo formal porque las empresas le ofrecen un sueldo miserable y, por ser jubilado, perdería su pensión de ser contratado en algún sitio.


“Yo soy pensionado y mi pensión no me alcanza para los gastos. A mi edad es muy difícil conseguir otra cosa. Estuve buscando trabajo en otros lados, pero me ofrecen un sueldo muy bajo. Yo soy arquitecto y en un despacho me quieren pagar menos que a un albañil, entonces no voy a dar mis conocimientos por un sueldo tan bajo, prefiero empacar”.

En el caso de su esposa, Dolores Escalante Hazas, de 66 años, pensó que ya no podría volver al Superama de la avenida Coyoacán porque, según Walmart, “los clientes ya no quieren que ellos toquen sus productos”.

Para ambos, las propinas como empacadores forman parte de una fuente de ingresos importante para mantener en pie a su casa y a su familia. En promedio, un empacador gana entre 9 mil y 8 mil pesos al mes: un promedio diario de 350 pesos por cinco horas.


“Llevaba cuatro años y siete meses trabajando muy contenta, porque la tienda está cerca de mi casa. Como tengo un hijo con autismo severo, mi esposo y yo nos rolamos para cuidarlo, llevarlo a sus terapias. Yo trabajaba durante el día y luego se iba mi esposo a trabajar a otra tienda”, platica Dolores.

Y es que, aunque pareciera poco, su trabajo en esos lugares les ayuda a solventar varios de los gastos más fuertes de su hogar. Con la pensión de Jesús pagan el departamento donde viven y el saldo mínimo de su tarjeta de crédito; mientras que con las propinas que ganaban como empacadores, costeaban el resto de las cosas necesarias para sobrevivir: luz, agua, electricidad, teléfono, comida, vestimenta y las terapias y consultas odontológicas para su hijo.

“Cuando a mi esposo lo jubilaron teníamos dos años de comprar este departamento y ya teníamos la deuda con el banco, la pensión de mi esposo se va para pagar el departamento porque es lo más importante: tener un techo donde vivir”, platica Dolores.


“Era una entrada a la casa, compraba la comida, tuve la oportunidad de comprar una lavadora porque un vecino nos prestaba la suya pero se mudó y se la llevó. Ayudaba a pagar las terapias de nuestro hijo, su dentista que es caro, últimamente lo tuvimos que llevar a un quirófano para que le tuvieran que sacar dos muelas y todo eso es carísimo, en eso se nos iba el dinero”.

Cuando llegó la pandemia, a Dolores le dijeron que ya no podría seguir empacando hasta nuevo aviso. En marzo de 2020 le entregaron una ayuda económica, luego le enviaron a casa una despensa y desde entonces nunca la volvieron a contactar. “Ahorita estamos detenidos, no se ve una luz en el camino, yo creo que más adelante, por octubre, voy a tener que entrar a la tienda de Soriana, todavía nos faltan como dos años para terminar de pagar la casa”.

¿De verdad los clientes no quieren que ellos toquen sus productos?

“Es mentira”, responden ambos al argumento que Walmart utilizó para romper el convenio con Inapam y despedir a sus empacadores. “Nosotros les empacamos las cosas a los clientes y se van muy contentos, además, da igual que toquemos las mercancías o no, porque de por sí no están esterilizadas desde el anaquel y después las tocan también los cajeros”, señala Dolores.

Argumenta que, desde que inició la pandemia, todos fueron cuidadosos desinfectando sus manos y utilizando mascarillas para protegerse a ellos mismos y a los clientes. Siempre llevaron sus propios productos de desinfección, porque la empresa no les proporcionó ninguno.


“Desde enero todos llevábamos nuestra botellita de gel y con cada empacada nos desinfectábamos, eso fue un pretexto, pero no me explico por qué. No les estorbábamos en nada, ni siquiera nos dejaban agarrar las toallitas desinfectantes de los clientes y siempre llevábamos las propias”, narra la adulta mayor.

Además, los clientes sí los quieren. La prueba está en que, gracias a la presión de sus compradores, la empresa se vio obligada a dar luz verde al regreso de los empacadores a sus tiendas de autoservicio.

“Cuando yo regresé a Soriana, casi toda la gente nos dijo que era bueno que regresáramos; que les daba gusto, inclusive la cantidad de propinas que nos dan ahora es mucho más alta que lo que anteriormente nos daban”, relata don Jesús y platica que cuando regresó a su trabajo, en semáforo verde, un cliente le entregó 200 pesos en solidaridad.


“La gente sí valora el trabajo que hace un empacador, yo lo estoy viviendo, la gente está contenta con que regresemos y se está solidarizando bastante, hubo un cliente que hasta me dio 200 pesos y eso yo nunca lo había visto”.

“Nos sentimos útiles y eso nos gusta”

Años atrás, la señora Dolores Escalante se vio obligada a dejar de trabajar para dedicar el cien por ciento de su tiempo y energía a cuidar de su hijo con autismo. “Me dediqué a mi niño completamente, a llevarlo a sus terapias y tomar cursos y me olvidé de trabajar. Me encerré porque yo era la única que cuidaba a mi hijo”.

Después, don Jesús se jubiló y dividieron entre los dos los cuidados del joven, quien nunca pudo desarrollar el lenguaje y tiene un retraso intelectual severo. Más tarde, Dolores se reinsertó en el campo laboral para empacar productos y aportar a los gastos del hogar. Además de una fuente económica, para ella representó una forma de independencia: la distracción que necesitaba tras años de permanecer encerrada en casa.

“Hice amigos, me distraje, esas cinco horas que me iba a trabajar las sentía como una terapia, de descansar un poquito de toda la rutina de la casa, porque antes siempre estuve encerrada”, reflexiona.

Para don Jesús, en cambio, el trabajo le hace sentir productivo en un país donde las oportunidades para personas de su edad son escasas.


“Para nosotros, es sentirnos productivos y de alguna manera no estar ociosos en la casa. Lo que pasa con la gente de nuestra edad, es que cuando uno deja de trabajar comienza a atrofiarse físicamente y la mente es bien fuerte: comenzamos a sentirnos enfermos, nos vamos para abajo. Estar sin hacer nada es horrible”.

Cuando llegó la pandemia, a Dolores le dijeron que ya no podría seguir empacando hasta nuevo aviso. A Jesús lo reinsertaron únicamente durante la semana que duró el semáforo verde en la capital.

“Nosotros teníamos la ilusión de que cuando estuviéramos en semáforo verde nos iban a regresar, incluso tenemos un grupo de empacadores donde nos comunicamos para ver cuándo podemos trabajar de nuevo. Luego Walmart dijo que ya no nos va a requerir, rompieron su convenio con Inapam porque supuestamente los clientes no quieren que toquemos sus cosas”.

A finales de mayo, el consorcio estadounidense canceló el convenio con el Instituto Nacional de las Personas Adultas Mayores (Inapam), para dejar sin su entrada económica a alrededor de 77 mil personas de la tercera edad que trabajaban en sus filiales: Sam´s Club, Walmart Express o Superama y Bodega Aurrerá.

“Para mí, eso es discriminación por ser mayores”, sentencia la señora Dolores.

“Nosotros no les quitamos nada, al contrario, les ayudamos a que tengan más productividad los cajeros, incluso nos exigían ser rápidos al empacar, entre más rápido más clientes pasan… no les habíamos ningún daño, yo les estoy muy agradecida por esos cuatro años siete meses que trabajé con ellos”.

Días después del anuncio y tras un boicot convocado por la opinión pública contra la empresa, ésta se vio obligada a retomar conversaciones con el Inapam para que puedan regresar a laborar en entidades donde el semáforo se encuentre en verde, siempre y cuando estén vacunados.

Tanto Dolores como Jesús deberán esperar a que los semáforos les permitan regresar a sus labores. Mientras tanto, los gastos siguen ahí, inamovibles. Y cada vez más grandes, por la tarjeta de crédito endeudada y las necesidades médicas del hijo.

“Les diría que nos dieran la oportunidad de seguir laborando, ya que aportamos al progreso de la empresa y es un bien para nosotros, ellos no tienen ningún cuidado en que nos pase algo, porque estamos asegurados, básicamente que nos dejaran trabajar”, finaliza Jesús con la esperanza puesta en que, pese al color del semáforo, sus tiendas les permitan seguir empacando sus productos. @ItsMonseOrtiz

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