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VIOLENCIA

Detrás de Sabritas, cacería de Federales

Icela Lagunas

Los policías federales son un trofeo muy preciado para La Familia Michoacana y Los Caballeros Templarios. Su cabeza tiene un precio. Son rastreados en carreteras, olfateados en territorio sureño, entre los estados de Guerrero y Michoacán.

Hay grupos de “halcones”, “gavilanes” o “puntas”, como se le llama a los espías pagados por la Familia Michoacana, especializados en cazar a los uniformados de la Policía Federal, así vistan de civil.


Jun 5, 2012
Lectura 8 min
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Los uniformados se han convertido en victimarios pero también en víctimas de esta guerra que parece no tener fin

Los policías federales son un trofeo muy preciado para La Familia Michoacana y Los Caballeros Templarios. Su cabeza tiene un precio. Son rastreados en carreteras, olfateados en territorio sureño, entre los estados de Guerrero y Michoacán.

Hay grupos de “halcones”, “gavilanes” o “puntas”, como se le llama a los espías pagados por la Familia Michoacana, especializados en cazar a los uniformados de la Policía Federal, así vistan de civil.

Es justamente en Michoacán donde se registra el mayor número de bajas de efectivos muertos en servicio durante la llamada guerra contra el narcotráfico de Felipe Calderón.

Ahí La Familia Michoacana y su escisión, Los Caballeros Templarios, vigila, secuestra y tortura y mata con saña a los agentes que llegan a caer en sus manos y a quienes considera sus enemigos.

A partir de esta enemistad, documentada en testimonios contenidos en expedientes de la Procuraduría General de la República (PGR), se explica la violenta reacción contra la empresa Sabritas, cuyas bodegas han sido quemadas los últimos días por Los Caballeros Templarios, al enterarse que Policías Federales se hacían pasar como repartidores de dicha compañía.

Ejecuciones, alarde de violencia

La semana pasada, luego de los cinco incendios contra bodegas de la transnacional, aparecieron mantas colgadas en lugares públicos de Apatzingan, Michoacán. 

En ellas, el grupo criminal señaló que la medida fue una represalia contra Sabritas por prestar sus vehículos para el traslado de agentes espías del gobierno.

Y es que en los últimos años, los uniformados se han convertidos en victimarios pero también en víctimas de esta guerra de nunca acabar.

Las ejecuciones múltiples de uniformados que llegan a reforzar la seguridad en aquel estado no son un secreto. Las cifras oficiales hablan de 317 policías federales muertos en el sexenio de Calderón.

Pero en Michoacán, quienes más han muerto en emboscadas preparadas por La Familia y Los Caballeros, son justamente los muchachos de García Luna.

Reporte Indigo da a conocer los testimonios de sicarios, contratados como “halcones”. Su dicho da cuenta de una infraestructura al servicio de La Familia Michoacana, montada en carreteras de diversos municipios de Michoacán para cazar a federales.

Las declaraciones de alias “Pato”, “Rápido”, “Barbas” y “Jaguar”, todos detenidos y presentados ante PGR por su presunta relación con La Familia Michoacana, detallan la cacería de policías federales, levantones masivos, desapariciones, torturas, decapitaciones y muertes.

Los testimonios ayudan a entender las represalias contra Sabritas que se adjudican los Caballeros Templarios, quienes quemaron sus bodegas por supuestamente permitir que Policías Federales, como infiltrados, se hicieran pasar como vendedores, y así poder operar en el corazón de este grupo sin ser detectados.

Halcones en casetas de cobro

Los federales forzosamente van dejando huella. Así que, apenas cruzan las casetas de cobro de peaje cuando ya son esperados por decenas de sicarios que se comunican por radio y se movilizan en camionetas.

Sin que se den cuenta su travesía es vigilada por estos “halcones” que van dando cuenta de sus actividades, vehículos, matrículas, número de ocupantes y si van armados o no.

Son vigilados por decenas de hombres apostados a discreción en gasolinerías, huertas, tiendas, taxis, quienes van reportando vía radio los movimientos de los uniformados.

 Los sicarios los dejan avanzar en la medida que el convoy es numeroso. De lo contrario, de inmediato son interceptados, a veces para nunca volver a saber de ellos.

En febrero de 2010, Christian Rodríguez Hernández, alias “Pato”, declaró ante el Ministerio Público federal cuando trabajó como “halcón” para La Familia Michoacana le pagaban cuatro mil pesos mensuales por reportar el paso de las fuerzas armadas por carreteras que rodean Michoacán.

A él le tocó detectar el convoy de ocho policías federales que se acercaban en una camioneta suburban azul a Zitácuaro. Vestían de civil pero todos estaban armados. Así lo reportó a sus jefes, quienes le ordenaron seguirlos a distancia y con mucha discreción.

Los policías no se percataron que los seguía en un Jetta gris, hasta que la Suburban azul se detuvo a cargar gasolina en el deposito conocido como Valle Verde.

Ahí llegaron los refuerzos de La Familia. Arribaron a la gasolinería, se apostaron a los costados del vehículo oficial y ordenaron el alto a los federales.

Las personas que iban en la Suburban azul gritaron “Somos federales”, pero la acreditación no fue suficiente. Los sicarios, en voz de quien conocían como“Don Piter”, les gritó que también eran federales, que se detuvieran.

“Les pidió que mostraran su oficio y que tiraran sus armas, en ese momento llegaron al lugar El Trailero, El Camarón, El Junior, El Catracho, El Abuelo y El Burro”, entonces rodeamos a los federales, los desarmamos y les quitamos las cintas de sus botas, amarrándolos de los pies y manos y con su propia camiseta les cubrimos la cara para subirlos a su camioneta Suburban azul”, declaró.

El altercado no pasó inadvertido en las inmediaciones de la gasolinería. Y los sicarios, haciéndose pasar por policías, gritaban: “agarramos a una banda de secuestradores”.

Y tomaron carretera con los verdaderos federales secuestrados. Para cuando se había sumado otrogrupo de sicarios en diversas camionetas, el convoy se perdió en el camino.

Después de varias horas de llamadas entre los líderes de La Familia. Se dio la orden de tomar camino rumbo a “La Coyota”, una ranchería ubicada en las faldas de un cerro donde se detuvo la marcha.

En ese lugar bajaron a los federales maniatados y sin sus armas de cargo. Uno por uno fueron fotografiados de frente y de perfil, en ese orden fueron interrogados respecto a sus nombres, cargos y los motivos de su presencia en Zitácuaro. Los papeles se habían invertido.

Los efectivos coincidieron en su versión de que habían sido enviados a Ciudad Hidalgo, Michoacán, a reforzar la seguridad de la zona. Uno de ellos, al parecer al mando de la misión, intentaba negociar con el líder de los sicarios un arreglo para que los dejaran llegar y trabajar en paz.

Pese al intento, “El Gato” de La Familia, llamó a un superior para pedir instrucciones. La orden: matarlos.

Otra vez subieron a los vehículos, siguieron avanzando por la vereda, en camino de terracería hasta acercarse más al cerro, aproximadamente 20 minutos más de circulación haciaadentro, hasta perderse totalmente.

Era de noche cuando llegaron a ese paraje solitario. Los ocho policías bajaron del vehículo y fueron colocados en fila.

“Ya se los llevó la…”, les gritaron los sicarios. Los federales pedían que no los mataran, que podían llegar a un arreglo.

De pronto hubo un silencio. Uno de los policías aprovechó para enviarle un mensaje a uno de sus compañeros: “gracias por estar en las buenas y en las malas”, le alcanzó a decir, lo que desató la furia de un integrante de la Familia, quien de inmediato le disparó en la cabeza al federal que se atrevió a hablar.

“Cada uno mató a un federal, como mis compañeros se dieron cuenta que yo solamente estaba buscando en las carteras de los federales comenzaron a gritarme que si yo no les iba a disparar, entonces con mi arma hice un disparo al cuerpo de un federal que ya estaba muerto”, declaró el sicario, meses después que fue presentado ante el Ministerio Público.

“Recogí 25 llantas que llevé hasta donde se encontraban mis compañeros que ya habían juntado leña y ramas secas, haciendo una cama y luego colocaron las llantas, en tanto el Sonrics, Morsa, Italiano y Chundo, con cuatro machetes comenzaron a descuartizar a los federales que fueron apilando con excepción de los troncos”.

Como a las tres de la mañana les prendieron fuego. La hojarasca y las llantas resultaron insuficientes por lo que fue necesario acudir por 11 llantas más que tuvieron el mismo fin, facilitar la combustión.

Sobre ese episodio macabro, Carlos Athziri Hernández Ávila, alias Márgaro o Jaguar, confesó ante PGR que la orden fue matarlos de un solo balazo en la cabeza, con sus propias armas de cargo.

Este hombre dijo que habían podido interceptarlos en la carretera gracias a la información que pudo darles desde muy temprano un “halcón” que trabajaba de operador en la caseta de cobro.

“Se les prendió fuego colocándose entre los cuerpos la madera, celulares, llantas y ropa, echándoles gasolina y prendiendo fuego, por lo que una vez que observamos que no se quemaban rápido los cuerpos, procedimos a hervir agua y poner sosa para echarla a los cuerpos para que se carcomieran”.

Eran las cinco de la madrugada. El “Gato” ordenó que se dirigieran al puente de fierro que se ubica pasando las instalaciones de la policía municipal de Zitácuaro, antes de llegar al pueblo de Jurungeo, donde aventaron las bolsas con los restos de los cuerpos de los federales.


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