Marina descubrió que mucha gente quiere ayudar, pero no sabe cómo hacerlo

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Cuando a Marina le dijeron que tenía cáncer de seno en tercera etapa, su primera reacción fue de enojo. Muchos en su familia ya habían muerto por esa enfermedad. Su hijo tenía apenas 10 años. Parecía que todo sucedía en su contra.

Jamás se imaginó que ese sería el inicio de un camino de altruismo que la llevaría a completar lo que hoy considera su misión en la vida: ayudar a otros enfermos.

Ella es Marina del Villar García. Tiene 48 años de edad y los últimos dos los ha dedicado a realizar labores voluntarias para ayudar a otros enfermos de cáncer en la ciudad de Tijuana, Baja California, a través de la asociación civil Uniendo Corazones, Mujeres con Cáncer.

En medio del caos y el impacto que fue para ella saberse enferma y comenzar su proceso de sanación, Marina atendió el llamado para realizar labores de beneficencia para los pacientes más desprotegidos.

Comenzó juntando ropa, cobijas, juguetes y artículos de higiene personal para las personas con cáncer y sus familias. Pero sus ganas de ayudar no se limitaron a eso: su máximo logro fue la remodelación de la sala de quimioterapia del Hospital General de Tijuana.

“Al principio me lo decían, que yo iba a hacer muchas cosas, pero yo no quería ver. Un día llegué con alguien muy espiritual y me dijo: ‘¿Por qué te preguntas tanto? Por qué mejor no lo haces y te dejas de cuestionar. Y si te tocó a ti, hazlo’. Yo me preguntaba por qué a mí, por qué me mandaste esto. Y me dejé de cuestionar y empecé a hacer las cosas.

“Ya del cáncer ni me acuerdo. Y yo ahora la verdad sí lo digo: esto es una misión. Y quien se quiera venir a sumar con el corazón, adelante. Y ahora sí veo que es una misión porque la acepto, antes no la aceptaba; me peleaba todavía con Dios, ahora ya no. Ahora lo acepto y digo ‘Lo que tú quieras, como tú quieras; yo hago las cosas, tú nada más ponme a las personas en el camino, y lo que tú quieras’”, afirma.

Su casa es un reflejo de ella y su fortaleza. Dos enormes árboles resguardan la entrada a la vivienda, donde está el sillón en el que tantas veces se preguntó por qué tenía la enfermedad y qué podía hacer para aliviar el dolor de quienes le rodeaban.

Por la época, un árbol de Navidad y un pequeño nacimiento adornan la sala. En el pasillo hacia su recámara, una mesita guarda sus más preciados recuerdos familiares. El espejo donde se arregla todos los días está coronado por un crucifijo, al que le gusta ver con frecuencia.

Cuando fue diagnosticada con la enfermedad, en mayo del 2014, Marina se inscribió en el Seguro Popular y fue canalizada al Hospital General de Tijuana. Ahí fue operada y comenzó a recibir su tratamiento de quimioterapia.

El impacto al entrar a la sala de quimio fue tremendo. En un cuarto de 4 por 8 metros eran atendidas 16 personas que recibían tratamiento al mismo tiempo. Unos pocos en sillones; los demás en sillas plegables de metal. Era un suplicio.

“Una vez un compañero se iba a desmayar; estaba junto a mí, los dos en una silla de metal. Era demasiada gente y no había ventilación, ni una sola ventana. Yo le llamaba ‘El Hornito’ a ese lugar. El calor era tremendo, sofocante.

“Era una molestia ver la falta de sensibilidad, que no les importábamos. Había gente muy desgastada que se sentaba en sillas.

Gente muy malita que no alcanzaba sillón y eran 5 horas sentada en esa silla (…) había veces que algunos tenían que esperar a que se desocupara un lugar para poder entrar. Sí te molesta, sí te frustra ver esa situación”, expresa.

Al principio, Marina trataba de no convivir con los demás; llegaba a la sala de quimio, se ponía sus audífonos y recibía el suero. Aun así, escuchaba las historias de quienes estaban cerca.

“Yo viví en ese hospital muchas horas. Y el dolor ajeno y lo que estás viviendo en el hospital, con tus compañeras, te pega. Porque es la falta de un pantalón, de un zapato; yo lo tengo en mi casa y ella no lo tiene. Veo las necesidades y así empezamos la labor”, narra.

No esperó siquiera a terminar su tratamiento y superar la enfermedad. Dos meses después de que comenzó su quimioterapia, una amiga le dijo sobre su sueño de apoyar a los más necesitados.

Decidió entrarle.

Marina comenzó entonces los primeros eventos para recolectar ayuda y entregarla a pacientes en necesidad. Juntaron tanta ayuda que sobró para repartirla después en una de las colonias más populares de la ciudad fronteriza.

Uno de sus descubrimientos más impactantes fue que mucha gente quiere ayudar, pero no sabe cómo. Decidió entonces entrar a las redes sociales para llamar a la gente a apoyarlos, pero también para transparentar la entrega de todos los donativos.

No recibe un solo peso de dinero público, todo se concreta gracias a donantes de Tijuana; aunque reconoce que le gustaría ampliar su alcance y que Uniendo Corazones sea conocida a nivel nacional e internacional, para poder ayudar a más personas.

Conforme pasaron las semanas, el activismo de Marina avanzó hacia la conformación de una nueva sala de quimioterapia en el Hospital General; ya antes había planes pero nunca se ejecutaron.

Marina echó mano de sus contactos y la red que había establecido con sus primeras actividades altruistas y comenzó a juntar apoyos ahora para tener una nueva sala en el Hospital.

“Fue algo accidental. Realmente, empezamos a hablar y no sé en qué momento me tocó hacer el trabajo a mí. Me fui envolviendo en la situación; yo hablé con gente de gobierno que empezó a gestionar y se dieron los apoyos. Pero abrimos el mensaje, que se conociera la necesidad (…) La lucha era también que a alguien le teníamos que importar, que fuéramos escuchadas como mujeres, que nos pusieran atención.

“Hubo presupuesto en administraciones anteriores para esa área, y nadie supo dónde se quedó el recurso. ¿Qué es? Que no se le da importancia al paciente. Que no somos prioridad. Ahí era también la lucha: ‘Oye, escúchanos, voltéanos a ver’. Y creo que se ha logrado bien”, dice.

Ocho meses después, la nueva sala era una realidad. Se hizo en un área distinta del Hospital General, tiene un ventanal, aire acondicionado, filtro de aire y mobiliario nuevo. Todo por donaciones.

Las autoridades del Hospital trataron de impedir que se abriera la sala, por cuestiones políticas o personales; al ser un proyecto de la sociedad civil, levantó polvo. Finalmente se logró su apertura y ahora funciona al 100 por ciento con 14 sillones, paredes pintadas por artistas locales y el equipo necesario para una mejor atención.

Su logro más reciente es conseguir patrocinios para dar transporte gratuito a las mujeres que requieran tomar sesiones de radioterapia a Mexicali, donde se encuentra el equipo del Seguro Popular.

“El que no pagues 700 pesos (de transporte) es una ayuda, ya es un ahorro. Una vez llegó una muchacha con cáncer que debía ir a Mexicali, que tenía aquí a su hijo y su esposo era albañil. Le daba 100 pesos.

¿Qué haces con 100 pesos? No puedes ni llegar. Y esas son las situaciones que duelen”, detalla.

 A estas mujeres les entrega un “Kit Rosa”, una bata, toalla y pantuflas, que los médicos piden para tomar la radioterapia. Éste tiene un costo de alrededor de 800 pesos. Todo lo arma con donaciones.

Su siguiente meta es construir una casa de huéspedes en Mexicali para que las mujeres que deben quedarse por un tratamiento no paguen hospedaje. En Tijuana, planea un espacio de entretenimiento y desarrollo personal.

Antes de la enfermedad, Marina era comerciante. Ahora combina esa tarea con el activismo, pero éste le absorbe la mayor parte de su tiempo y sus energías.

“Yo siento que la sociedad civil tiene que despertar y tiene que exigir sus derechos. Pero el mexicano es muy cómodo, espera que otra persona lo haga. La sociedad civil está haciendo una gran labor. Pero hace falta la otra parte, la del ciudadano, de no quejarse y de accionarse. Denuncia, habla o quéjate, pero te tienes que accionar”, sentencia.

Ahora, Marina actúa con la convicción de que ésta es su misión