“Los granaderos, los granaderos ya no pueden trabajar, porque no tienen, porque les faltan, estudiantes que matar”, esa fue una de las protestas que el 2 de octubre, manifestantes todavía pudieron entonar al ritmo de La Cucaracha, la canción popular mexicana.

Alrededor de las 17:00 horas, llegaron a la Plaza de las Tres Culturas camiones de estudiantes que gritaban “no más agresión”. Calcomanías adheridas a éstos tenían leyendas como “Libertad a los presos políticos” y “Este diálogo no lo entendemos”, acompañadas con imágenes de tanques de guerra.

“Inscripciones gratis para los granaderos en los cursos de alfabetización”, decía una manta cargada por miembros de la Voca 4, plantel del Instituto Politécnico Nacional (IPN). “Los padres de familia apoyamos a nuestros hijos”, mencionaba otra pancarta que llevaban las madres. “Los profesores reprobamos al gobierno por su política de terror”, sostenían los maestros en una tela.

Es decir, el movimiento estudiantil encontró respaldo en el gremio docente y en las familias. Hasta un perro protestaba con la leyenda “el Estado soy yo”, más las iniciales del presidente Gustavo Díaz Ordaz.

Las letras GDO también marcaron la Plaza de las Tres Culturas: “Los tres gorilas GDO, Cueto y Corona”, decía una pintura con aerosol sobre un muro. Hacía referencia al titular del Ejecutivo; a Luis Cueto, a la cabeza de la policía capitalina, y a Alfonso Corona, en ese entonces jefe del Departamento del Distrito Federal.

Esa tarde estaba por iniciar el ritual del gorila, una crítica festiva que consistía en la quema de una piñata de papel maché con la figura de primate en representación de estos políticos. “Nuestras demandas son justas”, se leía en una cartulina. “Olimpiadas sí, represión no”, versaba otra sobre el evento deportivo que se celebró del 12 al 27 de octubre de ese año.

“No somos porros, somos estudiantes”, coreó la multitud. De eso no cabe la menor duda: no podían estar pagados por el gobierno para sabotear con violencia el movimiento que tanto les costó construir. La lucha estudiantil de 1968 no se reduce al 2 de octubre pero ese era el día para dar a conocer al gobierno priista un pliego petitorio de seis puntos que se habían discutido desde hace meses.

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“Por favor, váyanse a sus casas después de que termine este mitin. No caeremos en provocaciones”, solicitaba un líder estudiantil desde un megáfono en la unidad habitacional Nonoalco Tlatelolco. Sin embargo, alrededor de las 19:00 horas, el cemento, las paredes, los cristales rotos de viviendas y autos se tiñeron de un rojo que hoy permanece en la memoria.

Se escucharon gritos, disparos y un helicóptero que sobrevolaba la zona. No hubo más aviso que las bengalas por encima de miles de estudiantes de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y sus preparatorias, del IPN y sus vocacionales.

“Los granaderos, los granaderos ya no pueden trabajar, porque no tienen, porque les faltan, estudiantes que matar”, se escucha en las grabaciones que forman parte de la exposición M68 en el Centro Cultural Universitario (CCU) Tlatelolco.

Este texto forma parte del 2 DE OCTUBRE SIN CENSURA: Taller de periodismo para la memoria histórica impartido por Daniel Venegas en el CCU Tlatelolco.

El CCU Tlatelolco está abierto de miércoles a jueves de 11:00 a 17:00 horas y de viernes a domingo de 11:00 a 18:00 horas. La exposición M68 es permanente.