La pintura ha sido una de las fuentes primordiales para la transmisión del pensamiento religioso en la sociedad. En México, el arte novohispano (siglos XVI al XVIII) fue utilizado con distintos motivos, desde el pedagógico hasta como objeto de culto. En él se abordaron tres grandes ejes: el cielo, el infierno y el purgatorio, lugares a los que, de acuerdo con las creencias de la época, las almas accederían dependiendo del comportamiento en vida de cada persona.

Desde los primeros años de la Colonia hasta la actualidad, los mexicanos han vivido rodeados de símbolos que configuraron su existencia; es a partir de estos que hoy el Museo Nacional de arte (Munal) tiende un puente de casi 300 años con la muestra Símbolo y reino. Tres grandes colecciones novohispanas.

La exposición está organizada en cinco núcleos temáticos y reúne 60 obras, 20 de cada una de las colecciones que colaboran: Museo Nacional de Arte, Museo Nacional de Historia y el Museo Soumaya. Fundación Carlos Slim.

“El recorrido empieza por el cordero de Dios, que en un juego de espejo entre una obra religiosa y civil acerca a esta múltiple manera de leer e interactuar con los símbolos de vida novohispana, vivirlos a través del contexto de 300 años de vida novohispana”, relata para Reporte Índigo Héctor Palhares, curador del Munal, junto a Francesca Conti, del Museo Soumaya, y Erandi Rubio, del Museo Nacional de Historia, Castillo de Chapultepec.

Los cinco ejes curatoriales

El primer núcleo, “De coronas, rosas y espadas”, aborda el significado de estas tres representaciones novohispanas en temáticas civiles y religiosas. La corona como símbolo de poder, de magnificencia; la espada, que representa la impartición de justicia, y la rosa, la cual simboliza la vida y muerte, así como la castidad y la virtud de pureza.

“De bondad y malignidad” retoma la expulsión de Adán y Eva del Jardín del Edén como evocación de la vulnerabilidad del hombre ante el poder del mal, además muestra las muchas representaciones demoníacas con fines didácticos y evangelizadores. En ella se da cuenta la lucha entre la luz y la sombra, aquellos elementos que normaron la vida de hombres y mujeres de la sociedad virreinal.

“Las imágenes demoníacas fueron abundantes en la pintura virreinal, cuanto más monstruosas o teratológicas eran mejor, porque eran para coronar a una sociedad que vivía apanicada por el castigo infernal. Estas obras nos hablan de ello, como el pincel de Baltasar de Echave Orio, quien en una pintura de la Virgen María pone al demonio en forma de una sirena, eran figuras hibridas o de naturaleza mezclada que servían para doctrinar y provocar estremecimiento en los espectadores”, explica.

En el tercer módulo, “De libros y saberes”, se explora el símbolo de los libros como agentes de conocimiento, oración, vida piadosa y ejercicio espiritual, pues al ser plasmados en una pintura se invitaba a un personaje de la vida civil o del clero a leer y descubrir sus secretos.

“La cuarta sección, ‘De ajuares e hilos’, bien dicen que nada sobre el cuerpo es frívolo. Es una forma de cómo nos presentamos ante la sociedad, cada prenda, ajuar, estola, los vestidos nos acercan a un momento donde la historia de la moda es vista desde esa perspectiva simbólica cultural, a qué estatus pertenecemos, cómo nos miramos y queremos ser mirados, como lo hacemos nosotros en las redes sociales, jugamos en el espejo con la mirada del otro”, relata Palhares.

Finalmente, “De encuentros y sincretismos” aborda el mestizaje étnico, religioso y cultural que surgió en la Nueva España como consecuencia de la convergencia de gente nativa, europea, asiática y africana, esta mezcla de ideas tomó relevancia pues dio como resultado la identidad y pensamiento criollos que serían estandarte en la batalla para lograr un México independiente.

Una mirada a través del tiempo con el arte virreinal

Para el curador, esta exposición es una invitación, hecha desde la realidad cultural contemporánea, para mirarse en el tiempo y descubrir los poderosos símbolos que han conformado parte de la identidad nacional.

“Es muy interesante pensar en las colecciones novohispanas de grandes acervos del país como el Franz Mayer, el Soumaya, el Museo del Virreinato, entre tantos otros y de grandes estilos, escuelas y pinceles, pero en esta exposición no decimos eso, claro, están presentes algunas de las figuras cimeras del arte novohispano, pero no venimos a una cita con ellos, el público viene a una cita con los símbolos que ellos pintaron, que ocuparon como parte de un imaginario colectivo”, relata.

Esta colaboración tiene la finalidad de exponer algunos de los elementos simbólicos y alegóricos presentes en las obras de diversos artistas novohispanos, cuyos discursos articularon el pensamiento y la devoción religiosa en los siglos virreinales. Es el caso de la obra de Andrés de Concha, Baltasar de Echave Orio, Luis Juárez, Antonio Rodríguez, Juan Rodríguez Juárez, Cristóbal de Villalpando y Miguel Cabrera, entre otros artistas.

Con la exhibición Símbolo y reino, los asistentes tendrán la posibilidad de observar en el acervo pictórico aspectos jamás antes visualizados, así como explorar el recorrido propuesto por los curadores de la muestra.

“A veces en una sola pintura hemos encontrado hasta 70 símbolos diferentes, por supuesto cada una hablará conforme los curadores hemos preparado. Recordemos que una obra es polifónica, tiene muchas voces, y dependiendo de la curaduría, del camino y el discurso que se presente habla con voces distintas, nos darán significados distintos, vamos a leerlas y acercarlas a nuestra realidad contemporánea”, platica.


“Hoy tenemos a San Judas Tadeo para nuestras causas difíciles, a San Antonio para que ayude a las jóvenes a encontrar marido, y los vamos a ver en esta exposición, esos son los puentes que nos unen en el tiempo. Esta exposición no solamente es el goce contemplativo de los grandes aciertos de pintores, de dibujos y colores, es también mirarnos en ellos”

Héctor Palhares

Curador de la muestra

Algunos otros temas que se abordan en la exposición son guiños de los pintores hacia la vida civil, los cuales se pueden observar en una peluca, en el vestido o, incluso, en un libro; los cuales también muestran la forma de relacionarse y entender cuestiones como el castigo eterno o la gloria celestial; reflejado incluso desde el lado religioso, a través de la vida de monjas, santos y representaciones de algunos apóstoles que fueron empleados como modelo a seguir para la sociedad virreinal.

“El público no viene a una clase de catecismo, ni a una iglesia o a aprender valores de época, que respetamos indudablemente en todas las piezas, porque hablan también del tiempo y el por qué fueron pintadas. Invitamos a los jóvenes a que vean el papel de una selfie contemporánea desde el autorretrato del siglo XVIII, desde una pintura civil virreinal, es decir, es una orquesta de voces, pinceles, historias y estilos que invitan al público contemporáneo a descubrir sus propios símbolos”, puntualiza Héctor Palhares.

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