"No hay nada en este mundo que nos haga mejorar más que el contacto o la interacción con otras personas”

Juan Carlos Pérez-González

Doctor en Educación


La educación emocional debe iniciar desde el embarazo


"La escuela por sí sola apenas contribuye al desarrollo emocional (…), lo ideal es que la escuela esté diseñada para favorecer el desarrollo de todo el potencial humano, no solo el potencial cognitivo (…)."

Juan Carlos Pérez-González

Doctor en Educación

Seguramente has escuchado –o dicho– la siguiente expresión: “las relaciones humanas son complicadas”. Pero, ¿en verdad lo son? 

A esta conclusión absoluta no llega Juan Carlos Pérez-González, Doctor en Educación por la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), en España.

“Como seres biológicos, estamos diseñados para la interacción humana (…), evidentemente las relaciones humanas se pueden hacer complicadas, pero por muy complicadas que se hagan, tenemos en realidad la capacidad para hacerlas simples, lo que pasa es que a veces lleva tiempo”, comenta en entrevista para Reporte Indigo, el también miembro de la Asociación Española de Orientación y Psicopedagogía. 

Y es que somos, por naturaleza, seres sociales. Como especie, necesitamos de la convivencia con otros seres humanos para sobrevivir, pero para lograrlo de forma exitosa, y quizá para dejar de ver las relaciones humanas como un “reto” difícil de asumir, requerimos de la suma de habilidades sociales, del desarrollo de competencias emocionales.

De nada sirve dominar diversos idiomas, ser un gran conocedor de las artes, por ejemplo, o considerarse un ser “culto”, si ese “bagaje cultural” no incluye conocimiento alguno sobre cómo educar las emociones, sobre cómo lograr manejarlas. Y para ello, nuevamente, se requiere de la interacción con otros seres humanos.

“Es requisito indispensable para aprender a gestionar las emociones el saber contar con el resto de la manada”, escribe el divulgador científico Eduard Punset en el informe “¿Cómo educar las emociones? La inteligencia emocional en la infancia y en la adolescencia” del Observatorio FAROS, del Hospital Sant Joan de Déu (HSJD) de Barcelona.

O, como dice Pérez-González, “no hay mejor estímulo que el estímulo social, así que si aprendemos a crecer como personas y a conocer y a gestionar las emociones en interacción con otros, aprenderemos mucho más”.

‘Emociones’ en el salón de clase

“El periodo fundamental de desarrollo está en los primeros tres años, el desarrollo neuronal de 0 a 3 años es clave para todo el resto de la vida (…)”, dice Pérez-González. Por ende, es a partir de estas edades que se puede y que conviene iniciar la educación emocional.

Pero en realidad, la educación emocional debe iniciar desde el embarazo. Investigaciones demuestran que el desarrollo del bebé en el útero materno dependerá no solo de la alimentación o la salud física de la madre, sino de su estado emocional. 

También se ha demostrado que el nivel de ansiedad de la madre durante el embarazo afecta el desarrollo cerebral del bebé y, por ende, tiene un impacto en su vida adulta.   

Incluso los niños de madres con mayores niveles de ansiedad corren el doble de riesgo de ser más ansiosos, o incluso de presentar problemas conductuales o de atención, como el Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH).

Así, aunque a la fecha no se ha introducido de lleno la educación emocional en las instituciones educativas a nivel mundial –Reino Unido, Estados Unidos y España son los países que más avances demuestran en esta materia–, ya existen programas escolares que se benefician del Aprendizaje Social y Emocional (ASE) o “social and emotional learning” (SEL), como se conoce en Estados Unidos.

Y es que “la escuela por sí sola apenas contribuye al desarrollo emocional (…), lo ideal es que la escuela esté diseñada para favorecer el desarrollo de todo el potencial humano, no solo el potencial cognitivo (…)”, comenta Pérez-González.

Hoy, a raíz de este esfuerzo, se comienza a dar otra mirada al sistema educativo tradicional, cuyo fin último se ha limitado a obtener el éxito académico y a desarrollar el intelecto a través del cúmulo de conocimientos que nada tienen que ver con el aprendizaje social y emocional.

En una encuesta realizada en Estados Unidos en 2007 (que dio a conocer la Partnership for 21st Century Skills), se encontró que el 66 por ciento de los encuestados veían necesaria una educación que fuera más allá de la lectura, la escritura, la ciencia y las matemáticas. Y el 80 por ciento acordó que las habilidades que el estudiante necesita para hacer frente a los retos del siglo 21 no son las mismas que se requerían 20 años atrás.

El mismo James J. Heckman, Premio Nobel de Economía 2000, comparte esta visión: “Es alarmante que nuestro sistema educativo valore principalmente el rendimiento cognitivo”, escribe en un artículo publicado por la University of Chicago Harris School of Public Policy Studies.

Argumenta que una formación educativa centrada en el desarrollo de habilidades cognitivas medidas por el logro o las pruebas de coeficiente intelectual (CI) “excluye la importancia de las habilidades sociales, la autodisciplina y una variedad de habilidades no cognitivas que determinan el éxito en la vida”.

“Y ha recordado que la inversión en educación emocional es conveniente (…)”, dice Pérez-González, “porque es presumible que acabe influyendo en el desarrollo y en el crecimiento económico de un país”. 

Diferencia entre ‘educación’ e ‘inteligencia’

La inteligencia emocional, de acuerdo a la definición que estableció Daniel Goleman en “Emotional Intelligence: Why It Can Matter More Than IQ”, es entendida como “la habilidad de desarrollar competencias en cuatro campos: autoconocimiento, autogestión, conciencia social y gestión de las relaciones”.

Por ejemplo, una persona con inteligencia emocional tiene la capacidad de percibir sus propias emociones –conciencia emocional– para después pasar a la autorregulación emocional, que consiste en no caer en la represión dañina de las emociones, pero tampoco en dejarse llevar por la impulsividad. Y, a su vez, puede regular las emociones de los demás de manera que contribuya a mejorar el estado de ánimo del otro.

En cambio, cuando se alude al concepto de educación emocional, se habla de “un tipo de educación que permite desarrollar o bien la inteligencia emocional u otro tipo de competencias sociales y emocionales”, especifica Pérez-González.

Es un tipo de educación que la ciencia, desarrollada a lo largo de los últimos 20 años, demuestra que debe de atenderse con rigor y llevarse a la práctica educativa, dice Pérez-González.

De hecho, lo que hoy se conoce respecto a las competencias emocionales y sociales que se adquieren con la inteligencia emocional, se traduce en beneficios como la disminución de estrés y ansiedad, o una mayor resiliencia o tolerancia a la frustración, por ejemplo.

En definitiva, se está mejor “capacitado” para hacer frente a los retos que presenta la vida y, por ende, para alcanzar el bienestar personal y social.

Además, a diferencia de hace 50 años, comenta el especialista, en donde los países podían darse el “lujo” de ser más independientes, hoy “(…) es imposible vivir al margen del resto (…)”, por lo que “(…) hay que tener un buen desarrollo emocional para que cada uno sepa gestionar bien su propia vida y cómo se relaciona con los demás”. De no hacerlo, advierte, “(…) la penalización social es mucho mayor que antes”.

Aún no hemos terminado de mejorar

El aprendizaje social y emocional debe darse a lo largo de nuestra vida, no solo durante la etapa de la infancia. Quizá no comenzamos en algún programa de entrenamiento de educación emocional desde la edad más temprana, pero nunca es tarde para desarrollar competencias emocionales y sociales que nos sirvan de herramientas para mejorar no solo la relación con otros seres humanos, sino también con nosotros mismos.

“En realidad, nuestro cerebro está cambiando constantemente (…), el cerebro que tenemos hoy, no es el mismo que teníamos hace una hora, porque en esta hora hemos hecho diferentes cosas, nos hemos enfrentado a diferentes informaciones”, explica Pérez-González, y “(…) nuestras conexiones neuronales se van alterando. Somos maleables y podemos beneficiarnos de la educación toda la vida”.

Los seres humanos somos seres sociales e interdependientes. Requerimos de habilidades sociales para “llevar la fiesta en paz” con el resto, para dejar de quejarnos o hacer conclusiones vagas o premeditadas respecto al pobre desempeño que tuvimos con terceros en un determinado contexto social.

Aceptémoslo: “Tenemos necesidad de estar y relacionarnos con otros (…) No hay nada en este mundo que nos haga mejorar más que el contacto o la interacción con otras personas, así que estamos obligados, estamos preprogramados para interactuar con los demás”, expresa el doctor en Educación.

Pero la necesidad de convivencia del ser humano nace precisamente del deseo de experimentar sus emociones y de crear un sentido de pertenencia. Decía Descartes que “pienso, luego existo”, comenta Pérez-González, “pero cada vez en nuestra sociedad actual se tiene más conciencia de que ‘siento, luego existo’”.

El ABC de la educación emocional 

 Para adentrarte en el concepto de educación emocional y conocer cuál es su situación actual en el mundo –en donde destacan Estados Unidos, Reino Unido y España- en voz de especialistas en la materia, nada mejor que el video del acto de presentación del informe “¿Cómo educar las emociones? La inteligencia emocional en la infancia y en la adolescencia” del Observatorio FAROS, plataforma de promoción de la salud y el bienestar infantil del Hospital Sant Joan de Déu (HSJD) de Barcelona, llevado a cabo el pasado mes de marzo del presente año.

Consulta el enlace del informe en ‘vivo’: bit.ly/zAdhUP

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No te pierdas el PDF: bit.ly/farospdf