Aunque en la niñez se nos conduce a no decir mentiras, un estudio revela que los pequeños que suelen hacerlo son más inteligentes, aunque esto signifique una dualidad en valores como la honestidad.

Estudios recientes han demostrado que los niños que mienten tienen mejores funciones ejecutivas, es decir, las facultades y habilidades para controlar impulsos; asimismo, esto refleja que los infantes tienen un coeficiente verbal mayor que el de aquellos que no mienten, de acuerdo con un artículo publicado en The New York Times.

Decir una mentira, según expertos de la Universidad de Toronto, exige ciertas habilidades, entre ellas recordar lo que se ha dicho antes para no caer en contradicciones, además de ser creíble y convincente. Es por ello, que tener un hijo mentiroso puede ser una buena noticia en vez de mala.

Por lo tanto, aquellos cuentos inventados por los niños reflejan una señal de astucia. “Lo que sabemos estadísticamente es que un niño de cuatro años dice una mentira cada dos horas; y un niño de seis años dice una mentira cada hora y media”, dijo la psicóloga familiar, Lina Acosta Sandaal, a la cadena Telemundo.

El artículo del diario estadounidense asegura que los estudios han demostrado que aquellos niños que no solo mienten, sino que además desarrollan historias para mentir, cuentan con un coeficiente intelectual más alto.

El ejercicio de la mentira es una muestra de que la memoria se está incrementando; sin embargo, también eso crea un conflicto en la educación de los menores para la inculcación de valores como la sinceridad, la honestidad y la honradez. Es por ello que los psicólogos recomiendan motivarlos mediante incentivos en vez de hacerlo con amenazas, pues muchas veces los niños mienten por evitar algún regaño.

Tampoco se considera una buena opción que los padres castiguen de manera severa, debido a que estos tienen un efecto reducido en disuadir las mentiras, además de que pueden ser contraproducentes en su comportamiento.

El artículo asegura que la psicóloga del desarrollo Victoria Talwar, comparó los comportamientos honestos en niños de dos diferentes preescolares en África occidental. En una de las escuelas se educaba a los niños mediante castigos y en la otra utilizaban métodos como reprimendas verbales y llamados a la dirección.

El resultado: Los estudiantes tratados de forma severa fueron más propensos a decir mentiras y también emplearon mejores formas para mentir; por otra parte, los alumnos reprendidos en menor medida, al observar que por decir la verdad recibían halagos, prefirieron comportarse más apegados a la honestidad.

“Casi todos los niños mienten. Cuanto más precoces sean y más elaborados y convincentes sean sus engaños, más posibilidades de éxito tendrán en el futuro”, afirmó Kang Lee, psicólogo de la Universidad de Toronto, hace cinco años en un estudio parecido.