Pita Amor era la poetisa de las décimas a Dios, quien se encueraba a la primera provocación; Salvador Novo acudía a baños de vapor para tener encuentros sexuales con jóvenes y Alí Chumacero tenía fiestas con prostitutas. Todo lo vio “Alex”, el personaje principal de la novela de Homero Aridjis (Contepec, Michoacán, 1940) en lo que el autor denomina como una novela de formación Los peones son el alma del juego (Alfaguara 2021), un texto cargado de recuerdos y referencias al juego de ajedrez.

La novela es resultado de algo que comenzó como un diario secreto del escritor michoacano, de cuando empezó a recordar sus tiempos en que buscó en “México”, como se le conoce en el interior del país a la capital de la República, una oportunidad para estudiar periodismo, pero su temperamento de poeta lo llevó a relacionarse con grandes personajes del arte como Octavio Paz, Francisco Toledo, Frida Kahlo, Gabriel García Márquez, Luis Buñuel y muchos otros.


Homero Aridjis es un poeta y narrador que ha dedicado buena parte de su tiempo a escribir sobre la defensa de los recursos naturales

La novela está impregnada de nostalgia. Habla del México de finales de los años 50 y principios de los 60. De cuando un movimiento de la Tierra en 1957 derribó la cabeza del Ángel de la Independencia. Las cantinas y los cafés estaban repletos de intelectuales y la vida artística del país se repartía en el Centro, la Zona Rosa y la Colonia Roma de la hoy CDMX.

Es un vistazo a un México que nunca va a volver, y que jamás terminará de irse. Ahora que hay pandemia bien vale recordar que hubo un tiempo en que Juan José Arreola daba un taller literario y la gente jugaba ajedrez en los cafés. Las cantinas estaban repletas y la vida estaba en movimiento.

En una paráfrasis de William Bluter Yeats, Homero asegura que “un escritor puede vivir en una corte social o política o lo que sea, pero llega un momento en que debe de tomar la decisión de decir la verdad”.

A Aridjis le llegó el momento de publicar una “autoficción” con la única condición de nunca censurarse. Los aludidos aparecen en la obra con nombre y apellido y los secretos salidos de la alcoba.

“Yo los conocía y los veía como personas de la vida diaria, es decir, hasta que escribí este libro fueron personajes, pero antes de eso en mi memoria y en mis recuerdos eran personas, desde García Márquez, Juan Rulfo, Arreola, Paz y Francisco Toledo, gente muy diversa”, cuenta Homero Aridjis, desde su casa, en entrevista vía Zoom.

Los personajes están reflejados en su humanidad. Carne y hueso. Piel y verso.

Yo los veía como personas, con sus defectos, sus debilidades y también con sus grandezas”, cuenta el poeta, quien agradece también la generosidad de muchos de ellos, todos parte primordial de la cultura mexicana y del México de mediados de siglo.

Se asoman el genio y la figura de Fernando Benítez, la pintora de los autorretratos Frida Kahlo y otros menos célebres, como la Nahui Olin, una pintora de vasta belleza que en los años 20 se relacionó sentimentalmente con Dr. Atl y por los tiempos de la narración vendía en la Alameda sus fotos desnuda para poder alimentar a sus gatos.

Las cosas como son para Homero Aridjis

El recorrido por ese México también tiene a personajes como las señoritas Lavamanos, quienes atienden un negocio y tienen miedo a contagiarse de alguna enfermedad o contraer algún microbio y por ello se lavan a cada rato. Son como espectros del Porfiriato que se enfrentan a otra realidad en ese México de mediados de siglo.

“Hay que leer la novela como una novela del México del siglo XX, de la cultura mexicana del siglo XX, a estos personajes los conocí como personas, a Octavio Paz, Elena Garro, Amparo Dávila, Juan Rulfo, Juan José Arreola, Francisco Toledo, Leonora Carrington y Luis Buñuel… Todos ellos para mí pasaron de ser personas a ser personajes”, cuenta el autor, “y traté de escribir una novela en la que yo mismo cancelé toda posibilidad de autocensura”.

Aridjis cuenta que la novela nació libre en el sentido espiritual y cultural.


No iba a aplicar convencionalismos o clichés o temores de grupos. Hay gente que me ha dicho que si no tengo miedo de que los sicarios de Octavio Paz me ataquen. No creo. No estoy yo mitificando la realidad. Cuando yo escribo sobre un personaje es porque tengo las pruebas de lo que digo, si alguien me refuta, pues yo digo hizo esto, y esto, y esto. No lo estoy haciendo gratuito, tampoco es una vendetta literaria

Homero Aridjis

Escritor michoacano

Aridjis reconoce que la obra le causó algunos “momentos escabrosos”, como cuando tuvo que plasmar las preferencias sexuales de algunos escritores de la época.

“Entonces… ¿cómo tratarlos sin parecer homofóbico?, que no lo soy, pero había que exponerlo de alguna manera. Estaban los baños de vapor donde algunos iban, estaban personajes como Salvador Novo, quien era abiertamente homosexual; Villaurrutia, Jorge Cuesta, Carlos Pellicer, pero yo no los trato por sus preferencias sexuales, sino como personajes”, explica Homero Aridjis.

“Porque en todas las culturas hay, y es lo que se llama diversidad. No era un México uniforme, sino variado, y más o menos presencié anécdotas, pero no eran con un morbo específico sino como para ver a la persona como lo que era”, dice el autor de Contepec.

En la novela Los peones son el alma del juego, el autor y el narrador son casi lo mismo.

“Le llaman en alemán ‘bildungsroman’, o sea, novela de formación. En que el autor es el autor visto en joven. Hay antecedentes en James Joyce, Retrato del artista adolescente, con Dylan Thomas hay unos cuentos que se llaman Retrato del artista cachorro, y en este caso el personaje de ‘Alex’ es un álter ego mío, de cuando yo llego a la Ciudad de México con la intención de estudiar periodismo, pero también con la intención secreta de escribir”, rememora el poeta.

En tanto, los personajes tienen que ser de carne y hueso aunque sean sólo parte de una verdad narrativa con las trampas que pueda tener la memoria.

“Juan Rulfo era tenso y neurótico; Arreola, lo mismo. Octavio Paz lo veo como era. A Toledo, con su cultura zapoteca, y enamorado de Bona, una matrona italiana despampanante. Ese tipo de situaciones de la vida cotidiana”, cuenta Homero Aridjis con una sonrisa en la cara.

Esa sonrisa que provocan los recuerdos de ese México que está ahí, aunque se haya ido para siempre.

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