Una cama de lechuga suele ser la base de toda ensalada. Basta con que esté fresca y “bien lavada” para llevarnos a la boca este vegetal en el día a día. 

Pero a la hora de ingerir esta verdura de hoja verde, especialmente esas que se venden en bolsas de plástico selladas en el supermercado, nuestra salud no está exenta de verse perjudicada. 

Según un informe publicado en marzo de este año por los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC por su siglas en inglés), la lechuga representó casi una cuarta parte de todas las enfermedades provocadas por los alimentos entre 1998 y 2008. 

En una entrevista para el sitio Modern Farmer, Michael Doyle, director del Centro para la Seguridad Alimentaria de la Universidad de Georgia, explicó que el tratamiento que por lo general se utiliza para limpiar la planta no consiste en otra cosa más que el cloro, y solo se lava el exterior de la misma, por lo que las bacterias no se van. En el campo, se debe utilizar un desinfectante “más potente que el cloro”.

Si bien una de las “buenas noticias” es que esta clase de contaminación no ha llegado a un punto en el que millones de personas estén sufriendo enfermedades por consumir lechuga, la “mala noticia” es que, cuando surge un episodio, este puede ser muy grave. “Las personas desarrollan insuficiencia renal y pueden morir”, señaló Doyle. 

A decir de Doyle, las personas que son más propensas a responder de forma grave ante un brote infeccioso son los adultos mayores, los muy jóvenes y, cuando se trata de contaminación por listeria –o listerosis–, las mujeres embarazadas son las más susceptibles. 

El especialista narró que durante su juventud, solía comer la espinaca cocinada que su abuela le preparaba, con vinagre y tocino. Pero la ingesta de vegetales crudos es un “fenómeno relativamente nuevo”, de ahí que “estemos viendo a las verduras como un vehículo para (contraer) tantas enfermedades transmitidas por los alimentos”.