"(…) pasa la mayor parte del tiempo confinado en el hogar, evita de forma notoria las situaciones e interacciones sociales, tiene una cantidad significativa de malestar o deterioro funcional, y un periodo de aislamiento social de por lo menos seis meses”

Dr. Alan R. Teo

Departamento de 
psiquiatría de la 
Universidad de Michigan

Hay “cárceles” que existen fuera del sistema penitenciario. No albergan ladrones, criminales o autores de cualquier acto ilícito. Son “reclusorios” instalados en los mismos hogares en los que se confinan los japoneses que sufren de hikikomori, o síndrome de aislamiento social.
Un síndrome con prevalencia de 1.2 por ciento en la población nipona de entre los 20 y 49 años de edad.

El término japonés hikikomori (que describe tanto la condición como al paciente que la experimenta) comenzó a utilizarse en la literatura psiquiátrica japonesa desde fines de los 80 para aludir a los casos de jóvenes nipones que se “refugiaban” en los cuartos de sus hogares, negándose a ser partícipes de las normas sociales establecidas.

Fue hasta fines de los 90 cuando los hikikomori comenzaron a ser objeto de atención de las masas y se introdujo como término en el consciente colectivo de la sociedad nipona, al ser impulsado por el psiquiatra japonés y experto líder en el tema, Tamaki Saito, quien ha tratado más de mil pacientes con este síndrome.

A pesar de que hoy en día el término no es ajeno al léxico de la comunidad japonesa y los profesionales de la salud mental, hablar de una definición concreta que contribuya a entender su naturaleza puede llegar a ser todo un reto.

Así, en entrevista para Reporte Indigo, el doctor Alan R. Teo, catedrático del departamento de psiquiatría de la Universidad de Michigan, quien ha investigado sobre hikikomori como una forma severa de aislamiento social, propone criterios específicos o “características clave” para identificar a un individuo que presenta este síndrome:

“(…) pasa la mayor parte del tiempo confinado en el hogar, evita de forma notoria las situaciones e interacciones sociales, tiene una cantidad significativa de malestar o deterioro funcional, y un periodo de aislamiento social de por lo menos seis meses”.

Un criterio que no dista del todo de la definición que llegó a establecer el doctor Saito a fines de los 90, pero con la especificación adicional de que los síntomas primarios del aislamiento no se explican por otros trastornos psiquiátricos.

Y es que según las conclusiones a las que han llegado investigadores en el estudio del síndrome de hikikomori, existe un debate entre psiquiatras que gira entorno al arribo de un consenso sobre las causas, el diagnóstico y el tratamiento de este síndrome.

“En una sociedad (como la japonesa) en la que utilizar palabras como depresión clínica (…), por no hablar de esquizofrenia (…)” tiene un alto estigma, el término de hikikomori es visto como “(…) socialmente aceptable”, escribe Teo en The Journal of Nervous and Mental Disease.

De hecho, el especialista señala que encuestas públicas han demostrado que los japoneses tienen una aversión al uso de etiquetas psiquiátricas.

Pero los síntomas del síndrome de hikikomori son precisamente los que pueden llevar a especialistas a diagnosticar otros padecimientos, como “(…) un trastorno depresivo mayor o incluso esquizofrenia”, escribe Teo en la revisión que hace sobre hikikomori, publicada en el International Journal of Social Psychiatry.

“En principio, hikikomori es un fenómeno no psicótico que difiere al aislamiento social que se da por la presencia de síntomas (…) esquizofrénicos; sin embargo, es importante considerar que, en realidad, puede estar presente una esquizofrenia que no ha sido diagnosticada”, dice en entrevista para Reporte Indigo el doctor Takahiro Kato, del departamento de Neuropsiquiatría de la Universidad de Kyushu, en Japón, quien ha investigado ampliamente este síndrome y ha tratado casos en su práctica clínica como psiquiatra.

O incluso quienes no somos especialistas en la materia, podríamos suponer que, dado el aislamiento social característico de un hikikomori, quizá lo que está detrás de este comportamiento es una fobia social, que forma parte del espectro de trastornos de ansiedad.

“En la fobia social”, explica Teo, “la persona teme a actuar de una manera humillante o vergonzosa al verse en una situación social o pública”, y esto, aclara el especialista, no necesariamente es el caso de un hikikomori, “quien puede ser que simplemente no quiera estar alrededor de otras personas”.

Además, “las personas con hikikomori tienden a tener menos ansiedad que quienes padecen de fobia social”, dice Kato, quien no descarta el hecho de que “muchas personas” con este síndrome “tienen comorbilidad con otros trastornos psiquiátricos (…), incluyendo la fobia social”.

De hecho, como a la fecha aún no se tiene del todo claro si existe o no el hikikimori que llaman del tipo “primario”, es decir, que está libre de otros diagnósticos psiquiátricos, el doctor Kato comenta que, junto con otros colegas, entre éstos el doctor Teo, han puesto en marcha la primera investigación clínica piloto en países como Japón, India, Corea y Estados Unidos, para llegar a una conclusión.

No es exclusivamente japonés

Aunque anteriormente se consideraba “único” de la cultura japonesa, estudios recientes han demostrado que psiquiatras a nivel internacional también lo tienen en el radar; incluso se han reportado casos en países como Corea, Oman, España, Italia y Francia.

De hecho, el doctor Alan Teo, quien afirma que hikikomori “no ocurre exclusivamente en Japón, aunque sí parece predominar (…)” en este país, recientemente publicó en el International Journal of Social Psychiatry el primer caso de hikikimori reportado en Estados Unidos.

En el journal, Teo narra: “’Mr. H’ era un hombre de 30 años de edad (…), con tres años de aislamiento continuo en su apartamento. Durante el primer y más severo año, permaneció dentro de un armario, comió solo alimentos listos para consumir, no se bañaba, y orinaba y defecaba en frascos y botellas”.

Un mecanismo de defensa que el paciente adoptó como “desprecio moral de la sociedad”, describe el especialista, un síntoma clásico de un auténtico hikikomori. Son seres “(…) que se sienten incapaces de afirmar su propia identidad y carecen de deseos y pasiones”, menciona Teo.

Y ante la necesidad de rebelarse y de avanzar en dirección opuesta a la que camina la sociedad, el hikikomori, en lugar de tomar acción, se paraliza, se inhibe, pues teme al fracaso o a que lo juzguen de no encajar en la comunidad.

El estado de parálisis se traduce, entonces, en una protesta silenciosa que se realiza bajo el anonimato mismo del encierro.

Una protesta que Teo describe como “japonesa por excelencia”: ninguna imposición ostensible se hace en los demás, más bien es el rechazo (…) lo que es característico. Esto es, el aislamiento se utiliza como defensa contra la transición de la adolescencia a la edad adulta en una sociedad con la que no están de acuerdo”, explica.

Aunque en esencia la conducta del estadounidense “Mr.H” nos habla de un caso de hikikomori, la manera de hacer frente a su sentimientos de inconformidad social, “desahogados” en el confinamiento, difiere a la de un japonés afectado por este síndrome.

A decir de Kato, la aceptación cultural de hikikomori ha existido durante un largo periodo de tiempo en Japón.

Esto puede deberse (en parte), comenta Kato, a una patología que en la cultura japonesa recibe el nombre de amae, concepto que acuñó el psicoanalista Dr. Takeo Doi para describir comportamientos dependientes, particularmente entre los niños y sus padres.

En una investigación internacional preliminar sobre la existencia del síndrome de hikikomori fuera de Japón, publicada en el journal Social Psychiatry and Psychiatric Epidemiology, Kato y colegas amplían el concepto de amae:

Quien actúa amae, escriben, “(…) puede rogar o suplicar, o bien actuar de forma egoísta e indulgente, con la certeza de que el progenitor le perdonará esta conducta”.

En la juventud asiática, esta conducta dependiente incluso abarca el rubro económico, pues los hikikomori que no tienen empleo, pueden permanecer en sus hogares durante años, viviendo únicamente de la generosidad de sus padres.

Y, mientras que en las sociedades occidentales se busca evitar este tipo de comportamiento dependiente entre niños y padres, señala el estudio, en Japón “persiste en la edad adulta en todo tipo de relaciones sociales”. De ahí que el síndrome “pueda ser indirectamente promovido por amae, que hace que los padres acepten que sus hijos se queden en casa”.

Quizá sea esta conducta propia de la cultura japonesa la que pueda explicar por qué un aislamiento social de dos años no desconcertaría, por ejemplo, a un paciente japonés de 14 años con el síndrome de hikikomori, un caso que reportó el doctor Teo en The Journal of Nervous and Mental Disease.

El paciente, describe Teo “(…) no reconoció como irracional o excesiva su resistencia a salir a la calle, y no tenía miedo de que podría actuar de una manera que fuese humillante o embarazosa (…)”, lo que además lo hacía distinguirse de un caso de trastorno de ansiedad social.

Síndrome cultural

Entre los factores que Kato y Teo consideran que contribuyen al desarrollo de casos de hikikomori en Japón está el bullying (ijme) entre compañeros de la escuela, una problemática que se da con frecuencia en la sociedad japonesa, y el rígido sistema educativo, que a su vez se traduce en deserción escolar (futoukou).

Teo menciona que futoukou o el abandono escolar, “es el diagnóstico más común en la psiquiatría infantil y adolescente en Japón” y por lo general, “es la primer manifestación de una conducta de aislamiento (…)”.

Otro de los factores culturales que Kato destaca como clave para detonar el síndrome es la vergüenza (haji), que suele regular las interacciones sociales entre japoneses, quienes se someten a un alto grado de exigencia para cumplir con las expectativas de alto rendimiento académico y laboral.

El haji que puede llegar a sentir un japonés ante una burla o un fracaso “es muy vergonzoso y suficiente para que una persona (japonesa) escape o se margine de su propia sociedad”, dice Kato.

Además, el especialista considera que haji es el factor clave que contribuye al suicido en Japón, uno de los países desarrollados con las tasas de suicidio más altas; al 2010, por ejemplo, las cifras rebasaban los 30 mil suicidios por año, según un informe de la Agencia Nacional de Policía de Japón.

Lo que ahora no puede afirmarse es que este fenómeno sea de “propiedad privada” de la sociedad nipona, como anteriormente se entendía.

Quizá el factor que está dando las “punzadas” al nacimiento de los casos del hikikomori que especialistas han reportado e identificado fuera de Japón sea, sencillamente, el de la globalización.

Una “(…) globalización reciente”, apunta Kato, “que ha sido impulsada por las nuevas tecnologías (…) y ha llevado a las sociedades a concebir sus sistemas de valores de manera ambivalente y esto puede propiciar la aparición del síndrome de hikikomori en otros países, incluido Occidente”.