Muchos autores reconocen el dominio de José Agustín entre los onderos, y recuerdan el circulo literario modernista como un modelo de taller


"(...) Me llegan testimonios de gente que me dice que empezó a leer gracias a ‘La tumba’, ‘De perfil’ o ‘Inventando que sueño’"

José Agustín

Escritor

http://youtu.be/J1adv7j0VwE

En una época en que la rebeldía se instalaba entre los jóvenes de México, en 1964 llegó “La tumba”, la primera novela de José Agustín. Han pasado 50 años. 

Después de la sorpresa y sin mucha intención de incluirla dentro de la literatura “formal”, el libro se convirtió en el lema de los chavos de finales de los 60 y los 70, siendo un inesperado éxito de librería desde su publicación. 

El lenguaje del protagonista Gabriel Guía y sus cuates llegó a poner en papel un comportamiento natural entre muchos universitarios que querían romper los paradigmas y no estaban interesados por la literatura muy almidonada. 

Los lectores habían recibido otro manejo del lenguaje con el Boom Latinoamericano que antecede a los “onderos”, pero ese reflejo de la juventud universitaria de los años 60, llegó con Agustín para innovar el escenario literario de México.  

Los mismos jóvenes que vieron a “Rayuela” de Julio Cortázar como una provocación, aunque lejana, en “La tumba” encontraron ese submundo que quería romper lo establecido, salir de lo mismo y presagiaba ya el estallido del 68 como reflejo de un cuestionamiento globalizado. 

El lenguaje soez, la renuncia a todas las reglas de sintaxis, puntuación y ortografía por el énfasis propio de una palabra, la buena onda y la mala onda propusieron un lenguaje que prevalece después de 50 años. 

Además vimos que sí era posible hacer entretenida y hasta divertida la tragedia en esta novela del universitario que a los 20 años reflejaba una juventud nihilista, decepcionada y desencantada de la circunstancia social que encontraban y querían cambiar, pero no sabían cómo. 

Entre el ‘yosisé’ y el ‘nosequién’

Y así, entre la enajenante música de Wagner y un Lohengrin a todo volumen ensordeciendo hasta los sentimientos, en “La tumba” apareció el “ingenebrio”, el político “robametodo”, el “profedistoria”, el señor “obesodioso”, el “obesomartirizante”, el señor “equis”, el “noentendí”, el “nosequién” y el “yosisé”. 

En esa novela, y la que siguió dos años después, “De perfil”, estaba también la jerga de los extranjerismos nacionalizados como el “tutti volumen”, “La chose es simple”  el barman como “Barhombre” y “Barcuate”.

El lenguaje se hizo protagonista en un argumento dramático que Agustín, el eterno joven, planteaba irónicamente, casi como parodia y sin darle el énfasis tradicional a la tragedia de la prima Elsa que choca y muere después de emborracharse, de su novia Laura que tiene un aborto y queda “favorablemente” estéril, y los personajes tristes a la vez que se ríen de la realidad que no parece que los lleve más que al suicidio. 

Según Carlos Monsiváis, los onderos debían su influencia a los beatniks estadounidenses como Allen Ginsberg y William Burroughs, o postbeatniks, como Hunter S. Thompson. Para otros son el reflejo del nihilismo de una generación sin esperanzas. 

Pero todo eso José Agustín lo presenta como una realidad trágica que se vuelve entretenida y se lee rápido y fácil. 

Con José Agustín llegaron Gustavo Sainz, Parménides García Saldaña y René Avilés Favila como los más destacados de la generación que reflejó el lenguaje y la actitud de la juventud de los 60 y 70 en México y fueron etiquetados por Margó Glantz como “Literatura de la Onda”, por la recurrencia de esta palabra a la que se daban muy distintos significados. 

Otros críticos y tesis han refutado a Glantz y hablan de “La nueva literatura”. Según Glantz, lo que distingue a esta generación es el “lenguaje que cuestiona el sentido mismo del género novelístico o en general de la narrativa”. 

Sin embargo la generación de Boom también creó también un nuevo lenguaje. Cortázar, Vargas Llosa, García Márquez, y Cabrera Infante entre otros, marcaron la diferencia entre el habla natural de ciertos círculos sociales, y el formal hasta entonces considerado “literario”.  

Pero Agustín fue más lejos y plasmó el lenguaje sin reglas, la unión de palabras y la burla de los clichés. Se arriesgó, jugó, despreció lo establecido y adoptó la fonética para sus significados. 

Los lugares comunes se hacían parodias: “Una de mis mejores-ensayadas-miradas”, “galán-apuesto-traje-pipa-gabardina”, “un-anciano-de-aire-respetable”.

Y su riesgo se volvió un proyecto. El eterno joven a los 40, a los 50, y probablemente ahora a los 70, hacía un reventón después de cada presentación, bailaba rock y regresaba a su juventud con Angélica María en lo que se llegó a pensar que un arreglo publicitario reunía a los chavos más queridos del México de los 70, que adoptaba batallas ajenas y protestaba por ellas. 

Y así, José Agustín se aventuró tanto que hasta dirigió cine. La película “Ya sé quién eres, te he estado observando”, es una locura filmada en donde la pandilla que preside Angélica María se dedica a provocar a la policía en un sin razón que parece casi ridículo. 

Pero el noviazgo de los dos éxitos juveniles que renunciaban a publicar su apellido, no prosperó, y Agustín siguió escribiendo y explorando todos los géneros, hasta el ensayo histórico político con sus tres tomos de la Tragicomedia Mexicana. 

Permaneció libre y lo presumía en sus entrevistas, “he tenido la suerte de hacer siempre lo que me da la gana” y el éxito iba mucho más allá de las ventas. La influencia de una conducta llegó a los jóvenes sesenteros principalmente con la identificación por el lenguaje. “Chupar” “transar” y “mamar” se hicieron tan comunes como el “sip” o “nop”.  

Muchos autores reconocen el dominio de José Agustín entre los onderos, y recuerdan el circulo literario modernista como un modelo de taller mientras los personajes se vuelven casi estereotipos del comportamiento de una época en que no había proyecto, que no había nada más que pasar las noches de fiesta y hasta intoxicarse con alcohol, sexo y más desencanto. 

Y el clic clic clic clic del final, fue el retrato de una época que está viva, y tan actual como les pareció a los baby boomers que en los 60 encontraban un mundo que nunca hubieran imaginado, y que detestaban.  

“La tumba” fue, desde su primera década, en libro de texto de secundarias, preparatorias y tema de análisis más profundos en tesis doctorales de universidades de todo el mundo. 

En una entrevista con el diario La Jornada, de hace 10 años, José Agustín dijo: “Efectivamente, me llegan testimonios de gente que me dice que empezó a leer gracias a ‘La tumba’, ‘De perfil’ o ‘Inventando que sueño’. Se trata sobre todo de jóvenes. Ya luego leen otras cosas. Y por eso Enrique Serna, en ‘El miedo a los animales’, hace el chiste de que primero empiezas a leer a José Agustín y luego ya te pasas a las cosas buenas”. 

Y para representar su desparpajo y humildad, va la anécdota de cuando al firmar uno de sus libros, José Agustín se disculpa por su mala “escritura”, a lo que contesta el dueño de la edición: “yo también escribo de la patada…” y responde: “Pues sí, pero le hago la lucha y no sé por qué me publican”, y además sus novelas “La tumba” y “De perfil”, tienen más de 50 ediciones y siguen reflejando, como si fuera actual después de 50 años, a las juventudes.  

Un clásico que rompe paradigmas

José Agustín Ramírez Gómez nació en Guadalajara, en 1944, aunque lo registraron en Acapulco y el puerto aparece como su lugar de nacimiento. 

Es el más pequeño de una familia extensa, y bajo la influencia de sus hermanos empezó a conocer desde las lecturas básicas hasta a los clásicos aunque según dice, sin mucha organización. 

En el camino pasó por la música culta con un gran conocimiento de los grandes compositores que lo llevan hasta el rock and roll. 

La música siempre estará presente en sus obras. 

Estudió Letras Clásicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, dirección en el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos, y composición dramática en el Instituto Nacional de Bellas Artes y en la Asociación Nacional de Actores.

Estuvo preso una temporada en la cárcel de Lecumberri por cuestiones políticas y al salir se fue como profesor huésped a universidades americanas a lo largo de cuatro años. 

En el país y en el extranjero ha recibido muchos reconocimientos, pero el mayor lo tiene en la aceptación del público que aún, después de 50 años, consume sus libros mientras los nuevos jóvenes encuentran que el paisaje no cambia, recurrente con la historia. 

Algunas de sus obras

> “La tumba” (1964), novela
> “De perfil” (1966), novela
> “Inventando que sueño” (1968), relatos
> “La nueva música clásica” (1969), ensayo
> “Se está haciendo tarde (final en laguna)” (1973), novela
> “El rey se acerca a su templo” (1977), novela
> “Ciudades desiertas” (1982), novela
> “Cerca del fuego” (1986), novela
> “No hay censura” (1988), relatos
> “Luz interna” (1989), narrativa
> “Luz externa” (1990), narrativa
> “Contra la corriente” (1991), crónicas
> “La miel derramada” (1992), narrativa
> “La panza del Tepozteco” (1992), novela