Lees el periódico: una noticia de esa naturaleza no pasa todos los días. “Despiden a profesora por asignar AURA de Carlos Fuentes a sus alumnos”.

Lees y relees el encabezado. Parece dirigido a ti, a nadie más. Aunque deseas leer la nota completa te detienes a considerar los hechos en torno al título. Imaginas, construyes, analizas situaciones; pero, hasta el momento, no te pasa por la cabeza que tilden tu libro de pornográfico.

Distraído, dejas que la ceniza del cigarro caiga dentro de la taza de té que te has estado bebiendo durante la mañana.

Lees la nota. A esta altura te habrás enterado de lo principal. Una jovencita leyó tu libro completo. “Aura”, aquel que escribiste en no más de una semana después de ver a una muchacha en Francia transfigurarse en anciana con la luz de la luna.

La desfortuna de la jovencita lectora no fue sino ser la hija de un político conservador del partido en turno, el PAN.

Lees atentamente, saboreas comas, puntos y paréntesis. Es Carlos Abascal, tu tocayo, y se puede dar el lujo de despedir a la profesora con el chasquido de sus dedos.

En sus declaraciones asevera que tu libro es inapropiado para una estudiante de tercer año de secundaria. ¡Por Dios!

Tu enojo se modera a medida que avanzas la nota. La profesora enseñaba literatura en el colegio de monjas “Félix de Jesús Rougier”.

Hay un aplauso interno en ti. Tu libro lo leen hasta en colegios religiosos. Abascal continúa atacando tu libro y no sólo le bastó despedir a la maestra, quien ahora sabes se llama Georgina Rábago, sino también censura tu libro y argumenta que no se apega al programa de la SEP. Una prohibición indirecta a todas las escuelas.

A sus reclamos se suman el cardenal Norberto Rivera y la esposa del presidente Fox, Martha Sahagún. Te atacan como víboras a la yugular. Que el karma se los pague, piensas. Aunque el cardenal Rivera está protegido por Dios, a pesar de que tenga escoltas.

“Felipe cae sobre el cuerpo desnudo de Aura, sobre sus brazos abiertos, extendidos de un extremo al otro de la cama, igual que el Cristo Negro que cuelga del muro de su faldón de seda escarlata, sus rodillas abiertas, su costado herido, su Corona de brezos montada sobre la peluca negra, enmarañada, entreverada con lentejuela de plata. Aura se abrirá como un altar. Murmuras el nombre de Aura al oído de Aura, sientes los brazos llenos de la mujer contra tu espalda. Escuchas su voz tibia en tu oreja: ¿Me querrás siempre?”.

Esa es una de las partes que más les aterroriza a sus almas inocentes, confesadas y justificadas por sus buenas obras.

Pasarán los años y te habrás dado cuenta de que, con la censura, las obras resucitan. Te alegrarás por haber atraído los ojos jóvenes impacientes de leerte. Podrás descansar en paz, Carlos.

“Cuando un libro es objeto de un acto de censura como que resucita el libro. ‘Aura’ fue objeto de un acto de censura que yo agradezco, porque gracias a esa censura se multiplicaron las ventas del libro” (Carlos Fuentes durante la Feria del Libro de Guadalajara, 2008).

A Carlos Fuentes Macías (Panamá, 11 de noviembre de 1928-Ciudad de México, 15 de mayo de 2012).