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LaCinemágora

Dora y la Ciudad Perdida; una reflexión acerca de los alucinógenos

Carlos Ramírez

ALERTA DE SPOILERS: Dora la exploradora ha terminado sus emisiones en televisión, pero consiguió llegar a la pantalla grande con su adaptación live action


Sep 13, 2019
Lectura 5 min
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Cuando Dora Márquez, de 16 años, se da cuenta que ya no vive dentro de la caricatura de su imaginación, en la que le habla a los objetos, animales y a un público inexistente, deberá ahora madurar y encontrarse a sí misma para convertirse en una verdadera exploradora.

Dirigido por James Bobin (Alicia a través del espejo, 2016), el largometraje adaptado del programa infantil es el primer live action proveniente de la serie estadunidense que por primera vez en la historia introdujo un personaje latino, el cual se volvió símbolo de activistas hispanos durante la promulgación de polémicas leyes en aquel país.

LO BUENO, EL PLANTEAMIENTO

No es un éxito asegurado el adaptar una película animada de Disney que, en su momento, cautivó al público. Mucho menos una serie infantil, dirigida a un público generalmente preescolar, que, aunque logró destacar de sus similares, puede presentar problemas al momento de elaborarse un guion sólido.

Por ello es que en Dora y la Ciudad Perdida, los escritores Nicholas Stoller y Danielle Sanchez-Witzel (¡Sí, Señor! 2008) plantearon una historia sencilla para los niños.

Parecido al programa, en la cinta Dora tendrá que atravesar varios lugares peligrosos en el Perú para llegar a una meta, en este caso Parapanta, una ciudad ficticia en la que se dice hay mucho oro. Los obstáculos serán encontrar a sus padres secuestrados y sortear las trampas que los indígenas Incas colocaron en el camino.

De hecho, al principio de la película, parecía ir en dirección de otra historia más interesante, pero adulta: la de la provinciana Dora Márquez adaptándose a la ciudad, sin conocer lo que es un autobús, el bullying y todas las ansiedades del adolescente moderno.

Pese a ello, es destacable que el planteamiento de los escritores sea mostrar la cultura Inca de un modo entretenido. Incluso, en una escena, de varios minutos, sólo se habla Quechua, el idioma de los Incas y un guiño a la protagonista Isabela Moner, quien es peruana.

LO MALO, EL CAOS Y LA ALUCINACIÓN

Podría sonar a broma pensar que la película fue elaborada consumiendo drogas alucinógenas; pero, no. En este caso, eso no es tan descabellado si en el inicio del filme se muestra que Dora Márquez le habla al público y sus padres se conflictúan acerca de ello.

Y es que la película de Bobin no establece en ningún momento si lo que estamos viendo transita en el terreno de la imaginación o la realidad, sino que juega con ambas y, de una manera implícita, apunta a los alucinógenos como si todo se tratara de un sueño y de muchos delirios.

Por un lado, la adolescente Dora le habla a su mochila con ojos y boca y a un mapa dentro de la preparatoria donde estudia, misma en la que atraviesa un cerco de seguridad para evitar los tan temidos tiroteos escolares que ‘paniquean’ a los jóvenes norteamericanos. Este contraste, irrisorio, no es el único ya que sus compañeros se burlan de dicho comportamiento de Dora; pero, más tarde huyen despavoridos de un zorro con antifaz que habla y oculta su identidad de ladronzuelo.

Otra escena que pudiera despertarnos hasta terror, es la del monito Botas, quien en toda la cinta es mudo pero en un momento decisivo y de falta de ánimo moral para Dora habla de una manera tétrica. Esto fue totalmente planeado, y el encargado de dar tal discurso creepy fue Danny Trejo, quien prestó su voz para la animación.

Quizás la teoría de los alucinógenos quedaría descartada si no es por la escena que parte a la mitad la película: Dora y su primo Diego consumen, accidentalmente, alucinógenos y se convierten en las caricaturas que todos conocemos. Ambos ríen frenéticamente y los personajes del programa de televisión comienzan a aparecer y bailar.

Lo anterior, en realidad, no obstaculiza la visión de la película, pero sí la hace confusa, sobre todo, si de un público infantil se trata. De hecho, ahí radica el caos de la cinta: las actuaciones y chistes son vacías y vendidas como si el niño o niña fuera un verdadero menso.

La actitud boba de Dora, a sus 16 años, pudiera evocarnos a un Robin Williams actuando como Jack (1996); sin embargo, aquí su comportamiento no tiene ningún chiste y la hace quedar en ridículo al cantar canciones kindergardianas dentro de un salón de preparatoria.

Sería desgastar, también, palabras recordando que este tipo de comedia barata le queda como anillo al dedo a Eugenio Derbez, quien en su eterno personaje sin chiste no falla.

Aún más, el CGI, la animación, de la película es un insulto para los niños, quienes están acostumbrados, por otros largometrajes, a una tecnología más decente. El personaje del monito Botas es el más deplorable, pues parece que estamos frente a una animación parecida al famosillo Clipcito con ojos de Microsoft.

RECOMENDACIÓN: 1 ESTRELLA DE 5

Películas infantiles contemporáneas, y de excelente calidad, como Paddington demuestran que los niños también merecen historias envolventes y realizadas cuidadosamente.

Aún cuando contengan un humor soso (El gato, 2003) o planteen escenarios salvajes (Jumanji, 1995), las películas infantiles pueden llegar a convertirse en un referente cinematográfico. No así con Dora y la Ciudad Perdida, que nos puede provocar una pérdida de dinero y gusto para los niños.

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