La música como expresión es inherente al humano, pero la música, como manifiesto ante el descontento, es necesaria para la sociedad. Cuando se vive bajo un régimen político autoritario, las formas de expresión disonantes que involucran música, moda, estilo de vida y lenguaje se traducen como un peligro a lo establecido.

Después del conflicto estudiantil de 1968, las autoridades mexicanas temían a la congregación de jóvenes en masa, y el rock se convirtió en el principal enemigo público del Estado al ser la música de los “rebeldes”, de aquellos que no se conformaban con lo establecido y contestaban al ritmo de guitarras eléctricas mientras agitaban sus largas melenas.

México vivía en una “dictadura” sin darse cuenta; imposiciones como la prohibición del rock en la Ciudad de México no corresponden a un régimen en el que impere la democracia. No se permitían conciertos de bandas de rock en el área metropolitana y se realizaban detenciones policíacas arbitrarias conocidas como “razzias”, en las que se detenían a grupos de jóvenes por el simple hecho de estar reunidos en una esquina, se les propinaba una paliza legendaria y, si tenían el cabello largo, los rapaban.

A pesar de la restricción que había en CDMX, el rock llegaba desde el norte del país con la ola de artistas chicanos que mezclaban rock ácido y psicodelia, por lo que sólo era cuestión de tiempo para que la bomba estallara.

En septiembre de 1971, explotó con el Festival de rock y ruedas de Avándaro en Valle de Bravo, al que asistieron un promedio de 300 mil personas. El concierto masivo fue realizado en territorio neutro, lejos de la prohibición, por lo que bandas con música contestaría y de protesta como Peace and Love y Three souls in my mind hicieron acto de presencia.

Avándaro concluyó sin altercados ni mayores problemas que no fuera la lluvia que colapsó del sistema de sonido; sin embargo, para el gobierno, la euforia que los jóvenes experimentaron ese fin de semana en el que coreaban canciones de protesta como “We got the power”, representó un inminente peligro para las convenciones sociales y para la permanencia del status quo.

El pastor sabe con que cuento asustar a su rebaño y reprimir a las ovejas descarriadas, por lo que con titulares amarillistas que tachaban de degenerados a todos los asistentes de Avándaro, el régimen que dejó el poder hasta el nuevo siglo, sepultó al rock bajo tierra en los hoyos funky.

Pero México no fue el único país en el que un tirano consideró al rock como un estorbo para sus planes. Durante el surgimiento del punk rock en Reino Unido, en la década de los ochentas, grupos como The Clash Sex Pistols y The Smiths se enfrentaron a las restricciones de Margaret Thatcher, la primer mujer que ocupaba el cargo de primer ministro en la historia del país anglosajón.

En una época en la que Reino Unido se consideraba el “enfermo de Europa”, debido a la crisis económica, social y política que atravesaba, Thatcher promovió reformas económicas que acentuaron la desigualdad en el país, mientras se dedicaba a atacar a sus principales enemigos: sindicalistas, socialistas y liberales, tales características hicieron de “la dama de hierro” el blanco perfecto para que el movimiento punk se lanzara con fuerza contra ella.

Para Margaret Thatcher, el rock punk atentaba contra los valores que ella promovía; sin embargo la verdadera razón por la que desacreditaba a este género musical, se encontraba en las letras de las canciones que escribían Joe Strummer y Morrissey, en las que retrataban la difícil realidad por la que atravesaba el pueblo británico.

Como en una especie de efecto domino, el disco sandinista de The Clash contribuyó a la formación de “Los Prisioneros”, banda de rock chileno que también surgió en esa década, durante el boom del rock latinoamericano y que sobrevivió a la censura en la dictadura de Augusto Pinochet.

Claudio Nerea, Jorge González y Miguel Tapia conocieron la música de la banda de rock punk británica, gracias a que se quedaron encerrados en una tienda de discos durante un toque de queda, lo que desencadenó en la formación de Los Prisioneros en 1983, banda de rock que, con canciones como “El baile de los que sobran”, “Tren al sur” y “Muevan las industrias”, dejó ver la realidad de un país gobernado por un dictador.

A pesar de que la banda chilena nunca se identificó con la música de protesta ni fijó una postura política concreta, su música poseía un alto contenido de denuncia social, por lo que representaron un inminente peligro para el régimen dictatorial de Pinochet.

Para cuando lanzaron el disco “La cultura de la basura”, a finales de 1987, y a punto de comenzar la época de plebiscito en Chile, la banda enfrentó la censura por parte del Estado, pues les retiraron los permisos para realizar los conciertos de la gira promocional del álbum.

Probablemente que miles de persona que cantaran “No necesitamos banderas”, era lo último que necesitaba la dictadura; sin embargo, aun con la censura en medios de comunicación, la constante comparación con Soda Stereo y la imposibilidad de presentarse en recintos, Los Prisioneros apoyaron el NO a Pinochet, y su música sobrevivió a la dictadura.

En México, en ese momento, el rock no significó gran peligro para los intereses políticos de quienes gobernaban el país, pues habían logrado mitigar cualquier iniciativa de protesta cultural musical, con el control de la industria del entretenimiento.

Pero, bien dicen que entre más lo prohíbas, más les va a gustar, y este fue un aspecto que olvidaron las autoridades mexicanas cuando, en 1997, censuraron el álbum de Molotov, titulado “¿Dónde jugarán las niñas?”.

La combinación de vocabulario soez, política y denuncia social que predominaba en las canciones de la banda mexicana, no logró pasar el filtro institucional, por lo que su música fue censurada en radio, televisión e, incluso, se prohibió su distribución en tiendas de discos.

Molotov no iba a permitir tal censura retrograda a pocos años de un nuevo siglo y en un país en el que se disfrutaba del derecho a la libertad de expresión, sólo porque su música contaba algunas verdades incomodas.

Los integrantes de la banda salieron a vender discos y cassettes a la calle, y consiguieron que pasaran sus canciones en algunas radiodifusoras; tal fue el impacto de lo que cantaban que llegaron a vender un millón de copias en poco tiempo.

Molotov rompió los paradigmas con los que se ataron a los rockeros en el pasado, y creó nuevos estándares en la música de protesta que, hasta el momento, nadie ha podido igualar en la escena nacional.

Actualmente, la idea de prohibir el rock por ser un instrumento de crítica resulta ridícula, pero no muy lejana de la realidad. Aún existen radiodifusoras y medios que censuran la música de bandas que se atreven a hablar sobre la desigualdad y conflictos sociales que atraviesa el país.