Cuando se es de Linares, Nuevo León, no se es regiomontano, pero tampoco de una gran ciudad, hay un limbo entre lo rural y lo urbano. Monterrey queda a 130 kilómetros y no queda más opción que salir del terruño norestense o se termina haciendo Glorias, el conocido dulce regional, o peor aún, tomando las armas y trabajar para el crimen organizado.

Carlos Lenin Treviño Rodríguez salió entonces de Linares con la ambición de hacer cine y describir esta realidad. Al estudiar en el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos logró ganar el Concurso de óperas primas de esta institución de la UNAM, obteniendo 10 millones de pesos; así realizó La Paloma y el Lobo, drama asentado en estos escenarios norteños.

La historia sucede alrededor de Paloma y Lobo, pareja que abandonó Linares debido al crimen organizado. La añoranza de volver los corroe, además de que se sienten ajenos en Monterrey al realizar las labores con las que apenas pueden ganarse la vida, techo y comida.

El director de 38 años manifiesta que se inspiró en vivencias personales, debido a lo ocurrido hace unos años, cuando la oleada de violencia azotó al estado y predominó el asentamiento de capos en la zona; él tuvo conocidos que vivieron la ficción de sus personajes en carne propia.

“Me interesaba un poquito rescatar esas miradas, esos silencios, esas caricias y esos intentos de gente que yo conocía y quería, por ser felices, quería narrar eso desde el punto de vista de un vecino, de una persona que habita el mismo barrio en el que están sucediendo estas historias”, describe Treviño.

Después de recorrer festivales internacionales y nacionales, La Paloma y el Lobo llega a la cartelera independiente del país, mostrando una faceta distinta al cine producido en la capital. El realizador manifiesta que estas historias también tienen un valor artístico a resaltar, como sucedió con Ya no estoy aquí, que reveló los barrios bajos de la Sultana del Norte.


Creo que es muy valioso este fenómeno que sucedió, digamos esta revuela cinematográfica, gracias a la que hemos podido ver al menos otros escenarios en los que podrían pasar ciertas historias, que hemos estado atestiguando en salas y servicios de streaming durante estos meses

Carlos Lenin Treviño

Cineasta

Recientemente, Carlos Lenin Treviño presentó en el Festival de Sundance el cortometraje El sueño más largo que recuerdo, el cual es también protagonizado por Paloma “Petra” Serna Ramones, quien lleva el estelar de esta ópera prima; la actriz además funge como productora del largometraje de ficción y afirma que es necesario descentralizar la producción de cine.

Escuchar otras voces para Carlos Lenin Treviño

En la película de Carlos Lenin Treviño hay guiños hacia la violencia y desigualdad que se vive en el país. Lobo, por ejemplo, observa cómo un grupo de compañeros de trabajo miran enajenados en un celular lo que podría ser un video de vejaciones grabado por el crimen organizado; él prefiere evadir las imágenes; sin embargo, es presionada por los demás.

Paloma, por su parte, debe lidiar con conseguir un empleo distinto al de costurera en una maquiladora, por lo que tiene una cita en una agencia de trabajo. Antes de ella hay una mujer superior a los 50 años, esperando para exponer su experiencia frente a la reclutadora, pero es ignorada completamente por su edad.

Estas escenas que podrían ocurrir en cualquier parte de México son el reflejo en la ficción de la realidad que viven los mexicanos. Serna dice que esto ocurre no sólo en la capital, por ello es que se requiere grabar más producciones al interior del país.

“Creo que descentralizar el cine tiene que ver con que podamos escuchar las voces de todo el país, para mí más que grabar en Monterrey, quisiera que le diéramos espacio a las voces de Nuevo León y de todo el norte, a eso es a lo que deberíamos poner atención y apoyar”, describe.


El realizador manifiesta que estas historias también tienen un valor artístico a resaltar, como sucedió con Ya no estoy aquí

Un formato diferente

Al igual que otros cineastas que experimentan con la herramienta del 4:3, como se acostumbrara en los inicios del séptimo arte, Treviño se suma, porque así quiso “encerrar” las emociones de sus personajes.

“Para nosotros desde que estábamos buscando locaciones, para el fotógrafo y para mí era muy importante encontrar el marco adecuado para que nuestra historia amorosa, en este entorno violento, sucediera; debía poseer las particularidades mínimas para que existiese y conviviera el amor diminuto en el centro”, argumenta el director.

Dar intimidad a los personajes y tener una simetría entre las atmósferas arquitectónicas de Monterrey y Linares, era por lo que este encuadre cuadrado funcionó mejor para Treviño, que en momentos de tensión manifiesta la angustia de sus protagonistas con un close up, y en escenas de mayor cadencia les da un espacio alejado de la cámara.

“Quizá el regreso a este formato tenga que ver con que los y las cineastas estamos empezando a volver a entender o permitirnos jugar con estos marcos, haciéndolos parte de nuestro discurso, de nuestra unidad narrativa”, puntualiza.

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