Mitos y errores acerca de las vacunas contra COVID-19 han causado que muchas personas tengan temor acerca de su aplicación, ya que incluso se suele pensar que podría provocar la propia enfermedad y, además, hasta la muerte.

Sin embargo, los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades de Estados Unidos se han dado a la tarea de esclarecer cualquier duda y dejar en claro el funcionamiento de las vacunas.

Por definición, las vacunas son medicamentos que ayudan al cuerpo humano a desarrollar inmunidad contra los virus o las bacterias, sin que para ello se deba contraer la enfermedad.

Cuando gérmenes como el virus que causa el COVID-19 atacan al organismo, éstos se multiplican y causan una invasión, conocida como infección, que activa herramientas del sistema inmunitario para combatirla, sobre todo glóbulos blancos.

Entre ellos, están los macrófagos, glóbulos que absorben y digieren los gérmenes y que dejan antígenos, o pequeñas partes de los invasores que son identificados como peligrosas y que estimulan la creación de anticuerpos.

También entran en acción los linfocitos B, que producen anticuerpos que atacan las partes del virus que dejaron atrás los macrófagos, y los linfocitos T, que atacan a las células del organismo que ya están infectadas.


La primera vez que una persona se infecta con el virus que causa el COVID-19, su cuerpo puede demorar varios días o semanas en desarrollar y usar todas las herramientas necesarias para combatir los gérmenes y vencer la infección

CDC

De acuerdo con la Organización Panamericana de la Salud (OPS), “todas las vacunas pasan por diferentes fases de estudio antes de que puedan ser aprobadas para su uso en la población“.

Estas etapas tienen como objetivo “garantizar la seguridad y la capacidad de la vacuna para proteger contra la enfermedad (eficacia)”, así como otras cuestiones como los grupos de población en los que se puede administrar la vacuna, el número de dosis necesarias y el intervalo entre dosis”, según la entidad.

Para que un fármaco contra el COVID-19 sea recomendado por la OMS, este debe tener por lo menos un 70% de eficacia en la población base con resultados consistentes en los adultos mayores, un grupo particularmente vulnerable contra el virus.

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