Qué rápido olvida la 4T las promesas con las que alguna vez engañaron a los mexicanos. 30 millones de personas creyeron que habría una transformación y lo único que hay es pura deformación.

¿Se acuerdan cuando en 2018, siendo presidente electo, Andrés Manuel dijo: “Nada de maltrato con migrantes centroamericanos, no queremos que ellos sufran lo que padecen nuestros compatriotas, no queremos que haya injusticias”?, pues hoy les da la espalda y están siendo violentados por las autoridades.

México pide lo que no da en materia de migración. Sin duda, las autoridades mexicanas deben tratar a los migrantes centroamericanos como queremos que traten a nuestros connacionales en Estados Unidos, como lo estipula el principio de reciprocidad.

Hoy, la realidad es un trato inhumano y hostil por parte del Gobierno Mexicano a seres humanos que huyen de su país de origen por las condiciones de inseguridad, violencia y pobreza que ahí prevalecen, y salen en busca de mejores oportunidades.

No solo tienen que lidiar con el dolor que conlleva abandonar su hogar, a sus familiares y amigos, sino con el desafío de emprender largas caminatas y enfrentarse a la inseguridad de México –la que ya de por sí parece incontrolable–, con el riesgo de ser reclutados por la delincuencia organizada e, incluso, ser víctimas de homicidios.

Por si eso fuera poco, también deben librar el duro trato del Gobierno federal. Es lastimoso, desgarrador e inhumano el modo con el que el Instituto Nacional de Migración (INM) se dirige a esas personas. Existe el registro en imágenes, donde se puede observar cómo las personas migrantes son perseguidas a punta de groserías y macanas por agentes del INM, sus rostros reflejan desesperación y angustia mientras intentan escapar con desesperación, inclusive con niños en los brazos.

Lamentablemente México se convirtió en el muro que tanto deseaba Donald Trump; el Gobierno mexicano se ha olvidado de su historia y del respeto a los derechos humanos.

Las presentes líneas llevan meses de vigencia, desde que inició esta administración, la política migratoria ha dejado un mal sabor de boca, sobre todo en materia de cuidar y proteger las garantías individuales.

López Obrador se ve muy contento cuando convive con Díaz-Canel, quien por cierto fue el invitado de honor para la celebración de la Independencia de México el pasado 16 de septiembre, o también cuando se encuentra con Nicolás Maduro. En ambos casos, Andrés Manuel no tiene nada qué admirarles.

Los regímenes de Venezuela y Cuba mantienen a su pueblo oprimido en la pobreza, en la desesperanza y en la violación constante de derechos humanos. La mirada de México debería estar puesta en que, en todo momento, haya protección, promoción y respeto a los derechos de las personas migrantes.

Las autoridades no deben violentarlos, sino reconocer sus libertades fundamentales, ya que como seres humanos son sujetos de derechos. Aquí no aplica el regateo de recursos.

Desde el Senado de la República hice un llamado al Instituto Nacional de Migración para que garantice los derechos humanos de las mujeres, de los hombres, de los bebés, de los niños migrantes. Verlos golpeados, verlos sangrando, verlos agredidos por la autoridad, simple y sencillamente es inaudito.

No podemos soslayar esas imágenes y necesitamos ser parte de esas voces que hoy reclaman justicia y protección. En los refugios destinados a las personas que transitan por México para llegar a Estados Unidos, hay hacinamiento y falta de servicios médicos. Este tratamiento hacia las y los migrantes es una vergüenza histórica.