Uvalde, más allá de las fronteras

Una de las menores se cubrió el rostro con la sangre de una amiga para simular que había sido abatido durante el tiroteo escolar en Texas

Una de las menores se cubrió el rostro con la sangre de una amiga para simular que había sido abatido durante el tiroteo escolar en Texas

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“Tenemos que actuar”, exigió conmocionado el presidente Joe Biden; “hay más asesinatos en masa que días en el año”, dijo con tristeza el senador demócrata de Connecticut Chris Murphy, ambos refiriéndose a la terrible masacre en la primaria de Uvalde, Texas, especialmente dolorosa para los coahuilenses, por la cercanía geográfica y humana. Piedras Negras está a solo 97.8 kilómetros de Uvalde, pequeña ciudad de poco más de 16 mil habitantes, con una población mayoritariamente hispana y latina (más del 70 por ciento). En la primaria Robb, de los 535 estudiantes, 90 por ciento son hispanos y 81 por ciento tienen desventajas económicas.

Décadas de aterradores tiroteos masivos en lugares públicos en Estados Unidos y nadie se atreve todavía a tocar la segunda enmienda; aún peor, ni siquiera a implementar políticas públicas que restrinjan efectiva y definitivamente el uso de armas como el fusil AR15 que se allegó el casi niño Salvador Ramos (18 años), para perpetrar, el pasado 24 de mayo, la segunda matanza con más víctimas en escuelas primarias y secundarias en la historia de ese país.

La primera fue en 2012, en la primaria Sandy Hook, en Newtown, Connecticut, donde un hombre armado mató a 26 alumnos y maestros. En la de Robb, en Uvalde, Texas, fueron 21: 19 niños y dos profesoras.

Es ciertamente necesario e ineludible condenar y lamentar profundamente estos hechos, pero es obligado actuar en consecuencia. El presidente Joe Biden hizo un llamado desesperado porque evitar estos terribles ataques no depende de un solo hombre ni de una sola línea de acción, ni un sector ni unos cuantos factores a los cuales atender. Se trata de una solución radical e integral, multidisciplinaria, multidimensional y multinacional.

Prioritariamente, la realidad impone un acuerdo urgente de colaboración y coordinación entre Estados Unidos y México para el desarme de la población civil, pues las armas con las que se priva de la vida a muchos mexicanos de este lado de la frontera provienen de allá. Muchas son de esas que, con gran laxitud, se venden en los supermercados estadounidenses.

Una matanza de niños en Uvalde no está lejos de una fosa clandestina en México; tienen un factor en común: el poder que da un arma fabricada, vendida o traficada en Estados Unidos, pues su industria armamentista provee al crimen organizado y la guerrilla en todo el continente y fuera de él.

La legalidad para su venta varía de estado a estado en cuanto al calibre de las armas y la edad para conseguir una licencia de uso. Texas es famoso por una de las mayores laxitudes al respecto: desde los 18 años se puede obtener en cualquier supermercado un fusil de alto calibre.

Por otra parte, es claro que cualquiera que cometa un acto como el de Uvalde está insano mentalmente. La falta de sanidad mental no es una cuestión privada; es un serio problema de salud pública y será, de acuerdo a la OMS, la principal causa de discapacidad en el 2030. El Estado que restrinja recursos a este rubro se hará un grave daño.

La tragedia en la primaria Robb nos apremia a todos a pugnar por un mundo sin armas.

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