La necesidad del hombre de explicar su propia existencia y la de todo el universo, es la misma necesidad que lo lleva a buscar relacionarse con aquello primero, aquello que lo antecede. 

¿Quién me puso aquí?, ¿a qué vine?, ¿cuál es mi misión?

Esta búsqueda nos lleva a relacionarnos con el principio de la creación. Algunos pensamos que existe un ser supremo al que llamamos Dios. Otros lo llaman de otro modo. Por esto se crea una religión, término que viene del latín ‘religare’ –estar relacionado con-.

Esta religión toma cuerpo con la suma de experiencias religiosas y místicas que el hombre vive y comprende a través de los ojos de su cultura. 

Por eso, cultura y religión van de la mano. La religión va adaptándose a la evolución de pensamiento. Su objetivo es que seamos mejores seres, como bien lo dijo el Dalai Lama, al preguntarle ¿cuál es la mejor religión?, él contestó: aquella que te haga una mejor persona.

Este es el reto de la Iglesia Católica. La más grande de todas, con 1.3 billones de seguidores. ¿Qué hacer para seguir siendo la expresión que llene la necesidad de religión, de religación?

Dicen que a la fuerza ni los zapatos entran. Una religión que vaya en contra de tu pensamiento, de tus usos y costumbres, que genere sentimientos de culpabilidad y miedo, no puede instalarse con verdad y fuerza en tu corazón.

Las reformas estructurales deberán partir de lo que ya se instaló como un uso y costumbre consensuado por toda una cultura. Como lo son:

1. El uso de anticonceptivos. 

2. La sexualidad como elemento de gozo, no solo de procreación.

3. El divorcio.

4. La igualdad de género. 

5. El respeto al homosexual.

6. La horizontalidad entre laicos y clero.

No reformar estos conceptos solo generará mayor deserción de católicos hacia otras expresiones más afines a su vida cotidiana.

Por ejemplo, el gran tema de la figura sacerdotal como único ser que puede personificar a Cristo, ya no tiene el fundamento moral que tenía. Ante los escándalos de pederastia, otras figuras como diáconos y ministros de la comunión están siendo más aceptadas.

Me di a la tarea de preguntar a algunos católicos de entre 20 a 40 años si verían diferente una hostia consagrada por el sacerdote, a una consagrada por un diácono, todos contestaron que no.  Esto significa que vamos teniendo una iglesia más horizontal entre laicos y clero. Donde nadie está arriba de nadie.

Esto puede ser la base para que diáconos, ministros y, por qué no, religiosas, puedan tener la facultad de oficiar misas y consagrar. Sin que la figura de celibato sacerdotal sea modificada como tal.

Todas y cada una de las reformas que se requieren se pueden reducir a un solo concepto: una eucaristía sin condiciones.

Una eucaristía que a nadie se le niegue, sea divorciado, homosexual, use anticonceptivos o sea un pecador. Que la eucaristía sirva como alimento espiritual, no recompensa al “bien portado” o un arma de poder para el sacerdote. 

Y que cualquier persona, sea hombre, mujer, casado o no, pueda tener el poder de consagrarla.

Estos son los conceptos que permitirían avanzar a una iglesia de siglos pasados a otra del siglo 21. Donde el respeto entre las personas y entre los géneros – pero un verdadero respeto de igualdad humana – nos permitan lograr, eso que dicen buscan las religiones: que seamos mejores seres humanos, dignos de nuestro mundo.