Para bien o para mal, las elecciones comenzaron en ambos lados del Rio Grande y trajeron consigo las usuales quejas de los ciudadanos sobre el financiamiento de las campañas políticas.

El despilfarro es tal que muchos nos preguntamos si hay una mejor manera de invertir semejantes sumas de dinero o si la democracia por sí es un bien en el que vale tanto la pena invertir. A fin de cuentas, un puñado de países poco democráticos, como Singapur, han gozado de desarrollo estelar.

Sin embargo, aunque las quejas son similares en ambos casos, claramente nos aquejan diferentes males a los de nuestros vecinos del norte.

La queja mexicana es entendible: millones de pesos que salen de nuestros impuestos pasan directamente a los cofres de los partidos políticos para simplemente gastarse en “kits” electorales y propaganda.

Al otro lado de la frontera, el lamento va dirigido a la influencia que tienen los grandes donadores sobre las plataformas políticas. Por ejemplo, es bien conocido que el donativo de los hermanos Koch, valuado en mil millones de dólares, ha influido mucho en la creación de políticos más “radicales” de derecha en los últimos años.

No obstante, las virtudes de ambos sistemas también justifican en cierto sentido su existencia. El mexicano puede olvidarse casi por completo de las influencias de donadores o intereses especiales sobre los candidatos y el estadounidense, en mayor medida, vive tranquilo sabiendo que sus impuestos se gastan en cosas que lo benefician. 

Entonces, ¿cuál escoger? ¿Existirá algún punto medio que englobe al espíritu de ambos sistemas?  El tema parece tierra fértil para la innovación financiera. 

Un interesante cambio sería la “bursatilización” de las elecciones y tratar a los partidos políticos en formas similares a las empresas que cotizan en la bolsa.

De tal modo, previo a una elección, los partidos podrían emitir bonos de deuda, ofreciendo una ganancia en interés a cambio. El capital se usaría para “expandir” sus operaciones, es decir, ganar una elección y el interés se pagaría mediante las nuevas contribuciones que el estado le haría derivado de la mayor popularidad del partido.

El Estado seguiría pagando una parte de las campañas, pero en menor medida, dispensando tal vez solo lo suficiente para cubrir una porción del interés ofrecido por los partidos en sus emisiones. 

Por otro lado, las contribuciones individuales tendrían el beneficio de ser altamente públicas, si son muy grandes, o totalmente anónimas si son muy pequeñas, diluyendo así cualquier influencia que ejercerían sobre los candidatos las personas particulares. 

Los bonos también serían transferibles, tal como los que están en el mercado, por lo que cambia radicalmente el incentivo detrás de financiar a un candidato. Es decir, todo inversionista esperaría a cambio solamente una ganancia financiera, no algún favor en el futuro.

Un sistema en el cual puedas “apostarle” a un partido en el mismo sentido que apuestas por el crecimiento de una empresa quizás obligue a muchos a ser más disciplinados con sus estrategias políticas. 

Aún sin considerar los cambios legislativos necesarios para ello, afinar los detalles de tal sistema para garantizar la ética y equidad sin duda es ampliamente complejo. 

Pero eso nunca ha detenido a las mentes brillantes de empaquetar hipotecas o financiar start-ups de alto riesgo y tal vez esto, por el bien de todos, vale más la pena.