Puntualmente llega el “Guadalupe-Reyes” así como la Navidad, el fin de año y todo lo que sabemos de memoria los mexicanos. ¿De memoria? Parece que sí, pero no. Y digo esto porque mucha gente se sigue sorprendiendo de tal o cual fecha como si nunca hubiese aparecido en el calendario.

Repasemos un poco.

En enero llegan las contribuciones locales, además de la famosa rosca del día seis. No hay que perder de vista que algunas personas siguen de vacaciones, las cuales fueron planeadas con anticipación, aunque se terminan pagando justo a principio de año.

Febrero empieza con los tamales de la Candelaria y remata con San Valentín (que dizque el amor y la amistad se demuestran gastando, ¿será cierto?). Llega marzo y, dependiendo del calendario lunar, puede “caer” la Semana Santa y sus correspondientes días de asueto.

Y no hay que olvidar otro motivo de paseo y desembolso: el natalicio de Johann Sebastian Bach, que los mexicanos lo cambiamos por el de Benito Juárez, y que coincide, por cuestión de horas, con el equinoccio de primavera.

Para abril está la pagadera de impuestos con la famosa declaración anual, que algunos tienen que presentar de manera obligada y otros hacen valer el derecho cuando tienen gastos que deducir y esperan saldo a favor.

Llega mayo y la celebración a las madres. Este día es uno de los dos en los que más se usa la tarjeta de crédito, junto con el 24 de diciembre. Dicen los maldosos que dependiendo del remordimiento será el gasto (mejor hay que portarse bien todos los días).

Y luego están las vacaciones de verano, el regreso a las actividades escolares, el patriotismo de septiembre, el Día de la Raza y el de Muertos, la Revolución…. Y ya me cansé.

¡Ahhh! Me faltan los trescientos veinticuatro mil “puentes” que se dan de manera oficial para que descansemos y, por supuesto, para que gastemos. Y que quede claro: no estoy en contra del sano esparcimiento ni de que nos consintamos.

La vida por definición es difícil y sería terrorífico quedarse amargados y no comprarnos ni una golosina. El tema es que se haga con sentido y en función del dinero que llega al bolsillo, no del que quisiéramos tener. Dejemos de lado lo aspiracional y cambiémoslo por la realidad de nuestra cartera. De esta manera nos daremos cuenta de que “Roma no se hizo en un día”, ni tampoco el patrimonio, que debe construirse con paciencia, pero sobre todo con planeación.

La riqueza es un accidente de la vida que a muy pocos se les presenta; la estabilidad financiera es tarea de cada uno y se concreta día con día.

Recuerda: “No es más rico el que gana más, sino el que sabe gastar”.