Temor a las cuentas

Prácticamente toda actividad productiva en el mundo se rige hoy por métricas, indicadores, estados de resultados. No es difícil encontrar en pláticas casuales con cualquier directivo o gerente la queja que “se la pasan viendo números”. 

Aquello no es casualidad: mediante la adaptabilidad que impone el mercado, las empresas se han dado cuenta que llevar las cuentas vale mucho la pena, porque los ayuda a tomar decisiones, invertir de manera óptima y hasta esquivar problemas catastróficos.

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Prácticamente toda actividad productiva en el mundo se rige hoy por métricas, indicadores, estados de resultados. No es difícil encontrar en pláticas casuales con cualquier directivo o gerente la queja que “se la pasan viendo números”. 

Aquello no es casualidad: mediante la adaptabilidad que impone el mercado, las empresas se han dado cuenta que llevar las cuentas vale mucho la pena, porque los ayuda a tomar decisiones, invertir de manera óptima y hasta esquivar problemas catastróficos.

Lástima, para quienes pagamos impuestos, que en el mundo surrealista de la administración pública suceda lo contrario.

Tal vez por ignorancia (esta administración federal brilla por la ausencia de gente con experiencia en el sector privado) o mera conveniencia política, han sido muchas las ocasiones en la que se prefiere la opacidad a la honestidad de los datos (basta con recordar la, increíblemente difícil de explicar, “Cruzada Contra el Hambre”).

Pero la más reciente es sin duda una de las más preocupantes: suspender la Prueba Enlace durante el 2014, por el típico tecnicismo legal mexicano. 

Con la promesa de que el INEE diseñará un súper modelo de medición, quienes gobiernan (sea cual fuese su secretaría) están dejando a México con menos herramientas para mejorar la educación.

Ahora, ¿en base a qué vamos a destinar los recursos para escuelas que antes se transferían en base a los resultados de Enlace? ¿Favores o preferencias políticas? 

Si bien no era perfecta, la continuidad que ofrecía la prueba Enlace al menos ayudaba a discernir en qué lugares se está traduciendo la inversión en aprendizaje, y después aprender de sus técnicas.

Es claro que desde el punto de vista de nuestro secretario de Educación, un abogado que ha estado en la administración pública toda su vida, no se trata de un tema prioritario.

No obstante, quienes viven y trabajan con datos comprenden que no hay nada más valioso que la continuidad. Más aún, ocho años, lo que se ha aplicado la prueba Enlace en el país, apenas es un ligero vislumbrar en cuanto a evaluar políticas públicas se refiere. 

De hecho, si la manera para medir a alumnos diseñada por el INEE resulta ser muy diferente a la prueba Enlace, todo el esfuerzo hasta hoy habrá sido prácticamente en vano. 

Es sencillo: no existe razón suficientemente buena para no aplicar la antigua metodología de evaluación mientras llega la nueva.

Es buena señal que algunas organizaciones civiles están levantando la voz, pero más que quejarnos, la realidad es que mientras no les cueste sus trabajos (como sucede en cualquier empresa), los gobernantes de este país continuarán siendo un triste ejemplo de analfabetismo estadístico.

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