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Opinión

El mundo globalizado y el desarrollo tecnológico nos tiene rebasados. El consumo y los hábitos han cambiado de forma tal que aceleradamente tenemos que adaptarnos a nuevas circunstancias. Palabras que en el pasado sonaban inusuales hoy crean otras economías, estilos de vida y comportamientos que creíamos inimaginables: blockchain, electromovilidad, nanotecnología, entre otras nos tienen no sólo en el asombro…

Sino en un letargo legislativo que está haciendo casi imposible ir al ritmo de estas “revoluciones” que por vez primera no son industriales (o producidas con “molde” y en “serie”) sino que se convierten en “trajes a la medida” de una población, un sector o cierta convergencia de hasta microgrupos sociales.

De ahí que algunos de los debates sobre estas otras maneras no tradicionales de intercambiar información, hacer negocios o tomar decisiones, esté generando tantas tensiones entre un mundo que no deja de ser “analógico” y “binario”, pero que al mismo tiempo está generando a paso veloz estas transformaciones de la realidad.

Quizá por eso nos enfrascamos tanto en querer hacer manuales de operación y no leyes. Porque no alcanzamos el pleno entendimiento de todo lo que significa la tecnología en proceso. Aún desconocemos los impactos y, en realidad, estamos haciendo apreciaciones sobre la marcha de un “tren” que ya arrancó desde hace años.

Para ejemplo todas las regulaciones propuestas en plataformas digitales que ofrecen distintos servicios, en las criptomonedas o los nuevos productos que detectan cáncer o miden la glucosa. En realidad cualquier producto o servicio que deja a un lado una forma tradicional (normalmente, emprendimientos), son presa fácil de los prejuicios, los miedos, la sobrecarga de ideas preconcebidas o información errónea que hace que los y las legisladoras quieran a toda costa hacerles manuales de operación a la medida de esas apreciaciones que pueden distar de lo que es en realidad.

Tenemos frente al futuro un gran reto en el trabajo legislativo y tiene que ver en cómo vamos a anticiparnos o a reaccionar ante tales evoluciones rápidas para crear marcos jurídicos que incentiven el desarrollo tecnológico, que no frenen la capacidad creativa de las empresas, que no intenten controlar o ser una carga innecesaria que después haga que todo mundo haga lo que de costumbre: violar las leyes.

Requerimos leyes de avanzada que también atiendan con claridad estas demandas. No propuestas de manuales de operación, insisto, que es en lo que están convirtiendo el poco debate que hay respecto a cualquier innovación. Porque vivimos en un país donde tal parece que la innovación tecnológica, aunque puede ser legal, es insuficiente. Y esto es lo que no podemos permitir en tiempos donde el absoluto y lo concreto es el cambio tecnológico constante.


* Esta opinión no refleja la del periódico

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