¡Tu navegador no soporta JavaScript!
Opinión

Crecí viendo cómo mis abuelas se “partían el lomo” para mantener solas a sus familias. Mi madre tiene esa misma historia. Ese matriarcado de tres mujeres fuertes no me hizo dudar del poder que tenemos, pero sí de quienes dicen representarnos, ¿a qué me refiero?

A pesar de la adversidad y de la pobreza en que vivíamos, mis abuelas jamás se sintieron atraídas por ser sostenidas por el Estado mexicano. Mamá, de hecho, me decía que dejara pasar becas “porque habrá alguien más necesitado que tú”, insistía. El “yo puedo sola” era una cantaleta en casa. Ellas me enseñaron a no pedir permiso ni pensar que alguien va a venir a solucionarlo todo. De hecho, una de mis abuelas decía: “nada es gratis”, porque, de hecho, no lo es.

En esa sabiduría voy a ser políticamente incorrecta. Cuando hablamos de la lucha histórica por los derechos no sólo es pedir el reconocimiento de las leyes sobre lo que resuelve determinados problemas derivados por la desigualdad, sino algo más allá de la visibilidad: que en realidad siempre hemos estado aquí construyendo la historia.

Que muchas de las mujeres que nos antecedieron están en la memoria como si no hubieran estado. Pero en todas las historias de invenciones, de primeras cosas, de luchas, ahí hay nombres y apellidos de mujeres que han sido borrados.

Por eso. Sí, por supuesto, no dejaremos de insistir en que por cada derecho negado estamos abriendo más brechas de esa disparidad de lo que significa el género en un país como México. Qué son importantes los derechos porque alejan a la “voluntad política en turno” de decisiones de la vida pública trascendentales para que romper techos de cristal sea algo más que mero voluntarismo de excepciones.

Como legisladora, me queda claro que cada iniciativa, propuesta o acuerdo que hagamos en ese sentido puede dar saltos cuánticos para esas mujeres que representamos y también a las que ni siquiera están sentadas en la mesa.

Sin embargo, ante la negativa del Congreso de Nuevo León de tener el sentido de urgencia de cambios que no necesitan ser “graduales”, sino prioritarios. Me queda decir algo que me enseñó mi matriarcado: “si no te estoy pidiendo permiso”.

Las mujeres con o sin leyes, con o sin voluntad, con o sin reconocimiento y visibilidad, vamos a seguir respondiendo a las demandas de nuestras generaciones. Los cambios de futuro que demandamos no pueden depender de esta circunstancia.

Por eso mismo, es hora de encontrar las alternativas institucionales, partidistas y otras herramientas que ya tenemos desde la Constitución para hacer valer nuestros derechos.

Mientras la clase política se hace de la “vista gorda” con los temas que importa para debatir y votar, hoy hay miles de mujeres que no la necesitan para la transformación de sus propias vidas.

Y en ese sentido de lo políticamente incorrecto es que no vamos a pedir permiso. Hay una causa abierta de la paridad y de un proceso electoral libre de violencia de género, esa necesidad no la van a apagar. Como a mis abuelas, que políticos corruptos fueron y vinieron y ellas como sea tomaron decisiones que construyeron a quienes somos resultado de su esfuerzo.

La historia es justa. Porque para cuando escribo, el mundo ha dado cambios tan acelerados que eso que no les importa, tarde o temprano terminará cobrándoles la factura.


* Esta opinión no refleja la del periódico

Notas relacionadas

Ago 13, 2020
Lectura 3 min

Senadora de la República

La pandemia tiene rostro de mujer

Josefina Vázquez Mota


Ago 13, 2020 Lectura 3 min

Ago 12, 2020
Lectura 3 min

Ago 7, 2020
Lectura 3 min

INDIRAKEMPIS

Somos lo que respiramos

Indira Kempis


Ago 7, 2020 Lectura 3 min

Ago 5, 2020
Lectura 3 min

Senadora de la República

La pandemia y la tentación autoritaria

Josefina Vázquez Mota


Ago 5, 2020 Lectura 3 min

Comentarios