Las reformas más ambiciosas, como la energética, todavía están a años de traducirse en crecimiento sostenible y permeable para todos; mientras, quienes tenemos la desgracia de pagar impuestos, nos tendremos que apretar el cinturón. 

Los pésimos resultados económicos obtenidos durante esta administración hablan por sí solos: 1.1 por ciento de crecimiento en el 2013 y un nada alentador 2014. 

Pero los indicadores, por más fidedignos que sean, no terminan de contar toda la historia. 

Mucho más preocupante es la filosofía que parece estar tomando el gobierno nuevo, de “guiar” al país hacia seguros de desempleo y órganos regulatorios costosos, a expensas de los que contribuyen al tesoro público.

Lo innovador en esta administración no es el bajo crecimiento, sino la actitud indiferente e incluso soberbia ante el empresariado. 

Al menos para quienes producen empleos, pareciera que en Hacienda predican tener la razón absoluta. 

Experiencias anecdóticas, pero no por ello menos ciertas, son comentadas a diario por personas con pequeñas y medianas empresas que deben convivir con un Estado que monitorea todos sus movimientos.

Desde la entrada en vigor de las facturas electrónicas, el SAT te obliga a mantener un registro digital e indexable (como las enormes bases de datos de la NSA) para poder cruzar información tuya en otros lugares, como bancos y cuentas de tarjetas de crédito. 

Pero aun cuando las cuentas con el SAT estén en orden, un pequeño negocio no se escapa de las inspecciones arbitrarias de la Profeco, las autoridades estatales y hasta los sindicatos.

Desde luego todo esto representa una pérdida de tiempo y dinero, pero mas preocupante es el cambio que ha generado en la conciencia colectiva del empresario. 

Quienes estamos registrados formalmente ante el SAT, nos sentimos acechados, prefiriendo no gastar o invertir con tal de no pagar más impuestos. 

Este último punto no es trivial. La única manera de crecer de manera sostenible es creciendo en productividad, y sin invertir en procesos más eficientes, esto se vuelve casi imposible. 

Gracias a su escala, las empresas grandes han sabido crecer en productividad a lo largo de los últimos 20 años, pero el reto ha sido mucho mayor para las pequeñas. 

El esquema fiscal, incluso antes de la administración de Peña Nieto, hacía muy difícil dar el salto de ser una empresa pequeña a una mediana, porque esto implicaba costos importantes. 

Por lo tanto, la mayoría de las empresas se quedaban pequeñas, trabajando con bajísima productividad y contribuyendo al estancamiento del país. 

Las nuevas reglas del juego prácticamente dificultan más ese salto. Por ejemplo, el obligar a empresas a enfrentarse a barreras como la tecnológica (en un país notoriamente rezagado en telecomunicaciones), simplemente hace más caro ser formal. 

El terreno de juego ha quedado más desbalanceado. La situación para cualquier comerciante pequeño se ha vuelto preocupante: te conviertes en una empresa multinacional de la noche a la mañana, o mueres sofocado por la burocracia.