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Opinión

¿Estado machista? ¿Estado misógino? ¿Estado discriminador?

Se ha celebrado el Día Internacional de la Mujer. 

¿Pero hay algo qué festejar en México, cuando estamos en un país donde las mujeres son utilizadas y que hay de primera, de segunda y hasta de tercera?

En el mundo político-electoral se ha argumentado hasta la saciedad de la equidad de género en cargos de elección popular. 

Sin embargo, preguntamos, cuántas gobernadoras hay o ha habido. Cuántas secretarias de Estado. Cuántas ministras en la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

Las interrogantes siguen: Cuántas diputadas federales y cuántas senadoras de la República. 

Los ejemplos concretos revelan la marginación en que se encuentra la mujer: en la Cámara alta, la Junta de Coordinación Política la integran siete hombres y una mujer (la priista Arely Gómez González). 

Habría qué ver cuál es su participación real en las decisiones importantes que se toman en la JuCoPo senatorial.

En total, en el senado hay 45 legisladoras; 20, pertenecen al PRI; 13, son del PAN; seis representan al perredismo; dos legislan a nombre del PVEM; dos son del PT; y dos no tienen partido político.

De todas ellas ¿alguien está enterado de las participaciones en tribuna de las priistas Lilia Guadalupe Morodio, María Lucero Saldaña Pérez, Mely Romero Celis, Verónica Martínez Espinoza, Diva Hadamira Gastélum, Hilda Estela Flores, Blanca María del Socorro Alcalá y de Angélica del Rosario Araujo Lara? 

De las panistas tampoco tenemos noticias de su participación en los debates de altura que se registran en la Cámara alta. Así, se desconoce cuántas veces han hecho más de una propuesta Adriana Dávila, Gabriela Cuevas, Rosa Adriana Díaz, Laura Angélica Rojas, Maki Esther Domínguez, Mariana Gómez del Campo, María del Pilar Ortega y María Marcela Torres Peimbert.

Las más de las senadoras perredistas, también están realmente marginadas de la actividad legislativa: Alejandra Barrales, Lorena Cuéllar, Luz María Beristáin, Iris Vianey Mendoza y Angélica de la Peña.

Del Partido del Trabajo, poco sabemos de sus representantes en el Senado. De tal manera que de Ana Gabriela Guevara y Martha Palafox, es poca o nula su actividad.

Ninfa Salinas Sada y María Elena Barrera, del PVEM, también son marginadas del poder real que se ejerce en los asuntos senatoriales.

¿Cuántas propuestas le han dejado hacer a Mónica Tzasna Arriola, una de las senadoras sin partido?

Todos los partidos políticos solamente utilizan a las mujeres para llenar la cuota de equidad de género. El control férreo en los liderazgos partidistas ha evitado la verdadera participación en las decisiones más importantes en el Senado de la República, porque no es lo mismo levantar el dedo, que proponer o ser integrantes activos de uno de los Tres Poderes de la Unión.

El mismo problema en la Cámara de Diputados

Muy a pesar de que gozan del fuero Constitucional y ocupan una curul en el Palacio Legislativo de San Lázaro, las mujeres también son marginadas. 

En ese recinto los hombres, que por cierto son tres o cuatro, llevan la batuta, no hay más.

Viene la misma pregunta:

¿Alguien ha escuchado hablar en tribuna o que sean propositivas las legisladoras del PRI, como Adriana Abreu Artiñano, Ana Isabel Allende, Brenda María Izontli, Elsa Patricia Araujo, Jeanny Arroyo Ruíz, Flor Ayala Flores, Fabiola Bárcenas, Petra Barrera, Laura Barrera Fortoul, Sue Ellen Bernal Bolnik, Margarita Berzunza, María Elia Cabañas, Elena Cano, Minerva Castillo, Alejandra del Moral Peña, Yolanda Funes, Lizbeth Luy Gamboa, Rosalba Gualito, Angélica Magaña, Elizabeth Núñez, Fernanda Schroeder, Guadalupe Vargas o Marina Vitela?

Las mismas condiciones de marginación y de uso padecen las diputadas del PAN. 

Son los casos de: Aurora de la Luz Aguilar, Berenice Álvarez, Consuelo Argüelles, Eufrosina Cruz Mendoza, María Eugenia de León, Mariana García Rojas, Adriana González, Blanca Jiménez, Leticia López, Guadalupe Mondragón, Margarita Morgan, Marcelina Orta, Leslie Pantoja, Flor de María Pedraza, Esther Quintana, Esmeralda Reza, Verónica Sada, Leticia Sosa, Noemí Valladares o Elizabeth Vargas.

Estas mismas condiciones de marginación también son muy comunes entre las diputadas federales perredistas: Claudia Águila, Aleida Álvarez, María de Lourdes Amaya, Alliet  Bautista Bravo, Gloria Bautista, Claudia Bojórquez, Juana Bonilla, Teresita de Jesús Borges, María del Socorro Ceseñas, Yazmín de Los Ángeles Copete, Eva Diego, Verónica García, Delfina Guzmán, Verónica Juárez, Julissa Mejía, Teresa de Jesús Mojica, Joaquina Navarrete, Yesenia Nolasco, Karen Quiroga, Guadalupe Reyes Montiel, Elena Tapia y Crystal Tovar,  entre otras.

Los representantes del pueblo en la Cámara Baja de los demás partidos políticos (PVEM, MC, PT y PANAL), no son los excepción, pues todas ellas son ajenas a lo que acontece los entre telones de en San Lázaro.

Así pues, la equidad de género en México, en lo que concierne a los  asuntos electorales y de alta política, solamente es una maquillada o un farsa de la nueva democracia que se vive en el país, porque en los hechos la mujer continúa siendo marginada de las decisiones legislativas sexenales importantes.

La equidad de género existe de jure, pero de facto, es solamente un mito genial, como diría el clásico.

De tal manera que ambas cámaras, la de Diputados y la de Senadores (el Poder Legislativo), son controladas o están en poder de unas cuantas manos… Masculinas.

La Suprema Corte de Justicia

Concretamente, el Poder Judicial, otro de los Tres Poderes de la Unión, de once de sus integrantes, dos son mujeres: Olga Sánchez Cordero (propuesta en 1995 por el entonces Presidente Ernesto Zedillo) y Margarita Beatriz Luna Ramos (sugerencia de Vicente Fox en el 2004).

A lo largo de la historia, la Corte nunca ha tenido una presidenta.

En lo que respecta al Poder Ejecutivo, se puede afirmar y firmar que es remoto que una mujer llegue a ocupar la Primera Magistratura.

Los partidos políticos

La historia, larga o corta, de los partidos políticos en el país, confirman que el sistema político mexicano, es machista, misógino y discriminador.

Ahí está el caso del Partido Revolucionario Institucional, que en sus diferentes etapas (PNR, PRM y PRI), han sido contadas las mujeres como dirigentes  nacionales. De 1929 a la fecha, el PRI ha tenido 51 presidentes del CEN. De estos, cuatro han sido mujeres. 

La primera fue María de Los Ángeles Moreno (1994-1995); le siguió, Dulce María Sauri (1999-2002); después fue Beatriz Paredes (2007-2011) y, finalmente, Ana Cristina Díaz, en dos ocasiones (2011 y 2012). 

A su vez, el Partido Acción Nacional, de 1939 hasta hoy, ha sido dirigido por 22 presidentes. De todos ellos, una ha sido mujer, Cecilia Romero Castillo, quien recientemente asumió el cargo, debido a la licencia que solicitó Gustavo Madero para buscar reelegirse.

El Partido de la Revolución Democrática, a partir de su fundación en 1989, lo han dirigido 13 presidentes, de los cuales dos han sido mujeres, Amalia García (1999-2002) y Rosario Robles (2002-2003).

Todo parece indicar que la equidad de género en la política y en otros sectores de la sociedad es un hecho, que es una conquista de la mujer mexicana. Pero nadie duda que lo anterior es parte del México virtual al que nos han acostumbrado.

Lo cierto es que en el ámbito del México real, la mujer tiene un techo, un límite al que puede llegar en las diferentes esferas, ya sea en lo económico, en lo político y en lo social. 

Es innegable que, específicamente, en el sistema político la mujer no puede ir más allá, independientemente de su capacidad intelectual.

Contra todo lo que se diga, a la mujer mexicana le están negados todos los objetivos a los que accede una persona del sexo masculino, con o sin capacidad.

En la historia política y de gobierno en México, la mujer siempre ha sido considerada una buena segunda. 

Con excepción de Griselda Álvarez (gobernadora de Colima, 1979-1985); de Beatriz Paredes (gobernadora de Tlaxcala, 1987-1992); de Rosario Robles (Jefa de Gobierno del DF, 1999-2000); de Amalia García (gobernadora de Zacatecas, 2004-2010); y de Ivonne Ortega (gobernadora de Yucatán, 2007-2012), las entidades federativas han sido dominadas por los políticos. Aquí cabe recordar que una golondrina no hace verano.

Cabe advertir que lo anterior es independiente de las buenas o malas cuentas que hayan dejado a sus relevos.

Vicente Fox Quesada, como jefe del Ejecutivo Federal, reflejó la mentalidad misógina, machista y discriminatoria que prevalece en el país: las mujeres “son lavadoras de dos patas”.

Ante este contexto, muchos políticos sí les dieran a escoger, preferirían tener a las mujeres como a las escopetas, “cargadas y en el rincón”.

Los datos duros, ahí están.

¡Aunque usted no lo crea!

El único beneficiado con el destape de la cloaca de Oceanografía es Gustavo Madero, que busca la reelección en el PAN.

Fue un golpe a Vicente Fox, para que le bajara, pues hablaba de todo y según él por todos. 

Y fue un terremoto para Felipe Calderón, que respalda a Ernesto Cordero (extitular de la SHCP que en su momento ¿supo? lo de Oceanografía) y a Juan Manuel Oliva. 

Los que saben, afirman que la ruta de Madero hacía la dirigencia del panismo por segunda vez, está despejada.

Al final no pasará a mayores en cuanto a los presuntos responsables o culpables de lo que hoy es el escándalo por Oceanografía.

Al tiempo.


* Esta opinión no refleja la del periódico

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