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Opinión
Índira Kempis

Mi madre es bióloga. Desde que soy niña me parece escucharla en su advertencia de la ecología que en los ochentas radicalizaba cualquier postura y rebasaba la imaginación de los productores de Hollywood: la crisis del agua. “Las guerras serán por agua”, le escuché decir más de una vez.

La verdad pensaba que era una exageración. Yo que había crecido cerca de manantiales de agua dulce, nadada y bebido de aguas cristalinas haciendo remolinos para fluir, pensé que sólo era una alarma de mi madre siempre ocupada en sus temas de aquel entonces “innovadores”

Pero el día que escuché a una niña en el Foro Urbano Mundial hablar sobre que en su comunidad no llega el agua, aunque la Nueva Agenda Urbana se habla sobre avances tecnológicos, big data y virtualidad, me quedé fría. Pensé en qué hay “mundos paralelos” en los que algunos avanzan y otros no. La desigualdad se traduce, entonces, en un servicio básico como el tener derecho al abastecimiento de agua.

Luego, con el debate del Río Catarina y el derrame de pegamento en el Río la Silla… Así como la sequía anunciada por el propio Gobierno del Estado, la crisis que sí existe en Anáhuac, Lampazos, Mier y Noriega, mi gran pregunta es qué hemos hecho no sólo para ser la ciudad con el aire más contaminado de América Latina, sino con el agua también desperdiciada en descuidos, contaminada y en total desabastecimientos en los pueblos de Nuevo León.

Negligencias, impunidad, falta de voluntad y visión. Pero si mi madre hace décadas que lo vaticina, debería ser por algo. Si esa niña se queja en Colombia -como se quejaría cualquier niña mexicana- de no tener agua, es porque algo grave muy grave ha estado pasando en tanto hay gente que abre la llave y sale para lavar trastes, el cuerpo, los dientes, o para lo más importante: seguir siendo agua.

Porque ahí sí la ciencia es certera, somos más agua que cualquier otro elemento. Sin agua no vivimos. Sin comida, 40 días, pero sin agua, ¡no!

Es hora que enfrentemos esto, antes de que justificaciones como “ríos secos” e impunidades que no castigan a quienes contaminan o “casualidades” del cambio climático hacen de las suyas poniendo a merced del azar algo que no es fortuito. Tiene explicación y debería tener solución.

Alarmas encendidas porque no podemos aceptar como normalidad que haya gente sin acceso al líquido vital o que un derrame “ocasional” de pegamento o de lo que sea, no sea castigado.

Si las guerras por el agua llegaron, hay que pelear. De eso depende en gran medida nuestra existencia. No es conjetura. Es certeza de la ciencia. Más nos valdría estar haciendo algo que frene este desabasto, contaminación y desperdicio.


* Esta opinión no refleja la del periódico

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