Tras insultos por parte de senadoras y argumentos con poco sustento, se puede decir que esta semana México da un importante paso a la modernidad y acepta lo que todos los gobiernos del mundo, incluyendo Cuba, reconocieron hace años: necesitamos socios en la industria del petróleo. 

Los argumentos en contra de la reforma se han centrado en que perderíamos algo que es “nuestro” desde la expropiación petrolera. 

Sin embargo, resulta evidente que a lo largo de décadas de exprimir las ganancias de Pemex, el gobierno no ha podido usar los recursos para crear condiciones de paz y apenas ha revertido ligeramente el crecimiento de la pobreza. 

¿Quiénes realmente se benefician con un monopolio estatal de los petroquímicos? Sí son mexicanos, pero se pueden contar con la palma de la mano: líderes sindicales y políticos bien posicionados.

En cambio, un sistema abierto democratizaría las ganancias, diluyendo en muchos los beneficios de explotar el recurso escaso. 

En Estados Unidos, por ejemplo, las petroleras pagan impuestos, la mayor inversión conlleva más empleos y las pérdidas, que muchas veces las hay, no las pagan los contribuyentes. 

Los más sensatos de los detractores aceptan que se diluirán los beneficios del petróleo, pero consideran eso como algo negativo. Se preguntan: ¿por qué habríamos de compartir las ganancias que nosotros mismos podríamos generar?

En primera instancia, porque las ganancias no están ahí para tomarse fácilmente. Recordemos que el futuro de nuestros yacimientos ya no son los que conocimos a la víspera de la expropiación petrolera. Ya no basta con tener mucha mano de obra barata y algunos conocimientos técnicos. 

Los yacimientos del futuro son de mucho mayor riesgo y requieren de capitales inmensos y conocimientos técnicos más avanzados que son difíciles de obtener no solo en México, sino en cualquier parte del mundo. 

Este último punto es importante recalcar, pues con el esquema actual, cada pozo nuevo que intenta perforar Pemex es como una apuesta que pagamos todos. Entre más complejas se vuelvan estas perforaciones, mayor probabilidad hay de que los contribuyentes terminemos pagando los platos rotos. 

¿Por qué no dejar que otros tomen el riesgo y simplemente beneficiarnos cuando estos resulten buenas inversiones, a través de impuestos? ¿Por qué no tratar al petróleo como cualquier otra industria del país?

Inclusive si Pemex tuviera los conocimientos y voluntad para apostar con nuestro dinero, los defensores del status quo fallan en ver que el tamaño de las ganancias no es el mismo bajo ambos esquemas. 

Con la apertura, el tamaño del pastel se vuelve mucho más grande, aunque ya no sea todo de Pemex. El resultado final es mejor, pues es fácil observar que tener una fracción de algo enorme es mejor que un todo de algo pequeño. 

Entre los individuos sucede algo muy similar todos los días: si tienes una idea de negocio muy buena, pero poco dinero o conocimiento para llevarla a cabo en su totalidad, buscas un socio. 

Nadie en su sano juicio podría argumentar que los individuos, cuando forman proyectos o empresas en conjunto están “vendiendo” una parte suya a otro. ¿Por qué no aceptar lo mismo con Pemex?