Dentro de la avalancha de noticias por la reforma energética y la Copa del Mundo, pasó desapercibida una decisión el mes pasado en la Suprema Corte que es preocupante desde muchos ángulos.

El máximo órgano judicial determinó que en los juicios mercantiles, de oficio, y aun sin que lo solicite el deudor en su demanda, el juez tiene la obligación de revisar si los intereses de un préstamo son usurarios. 

Más allá de los obvios problemas de discrecionalidad  (¿quién y cómo se pretende decidir qué es una tasa muy alta? ¿Dónde está el límite entre una tasa injusta y otra justa cuando ambas partes aceptaron los términos del contrato?), la pregunta que nos debemos hacer es filosófica: ¿qué tipo de país queremos ser? 

En una escala de grises, el mundo se puede dividir claramente en dos tipos de países. 

Las naciones “libres”, en el sentido liberal de la palabra, esencialmente tienden a otorgar libertades civiles y económicas a sus ciudadanos. 

El centro de decisión en estos países es el individuo, quien decide por sí mismo y sin más ayuda que su racionalidad, qué, cómo y a qué precio consumir lo que quiere.

En un país liberal, la Suprema Corte y los ciudadanos entenderían que firmar un contrato de préstamo conlleva una obligación consensuada de ambas partes. ¿Crees que una tasa de interés es muy alta? No firmes el contrato y fin del cuento.

México lentamente se dirige hacia el otro espectro de países, donde las personas en el poder consideran necesario “proteger” a los consumidores de sí mismos. 

En pocas palabras, no tienen fe en que sus ciudadanos tomen una decisión correcta, aun cuando la experiencia los ha probado equivocados. 

El ciudadano no es un tomador de decisión, sino un ente que debe ser “guiado” por los cariñosos padres en el poder.

En estos países, la falta de creencia en el individuo se manifiesta en una fe cegadora en el poder de decretar. 

El fin de la pobreza, la desigualdad y el crimen no se ve como una responsabilidad compartida o un tema de incentivos individuales, sino como una cuestión de “gobierno”. 

Y como se puede atestiguar con los experimentos fallidos en Venezuela, Argentina y una docena de países más en América y África, la tentación de irse por el camino paternalista es grande, porque parece tener remedios fáciles y rápidos.

Con cada medida paternalista, como la de “cuidar” a los deudores de tasas “usureras”, los mexicanos retrocedemos a vivir en un país retrógrada, donde nada se soluciona si no se tapan los síntomas a manera de reacción.

Quizás hoy en día puede sonar drástico, pero a pasos sutiles estamos  convirtiéndonos en lo que el PRI casi logra durante casi un siglo: un país que no confía en que podemos tomar decisiones por nosotros mismos. 

Así, se vuelve indispensable votar por los que “sí saben”, que convenientemente son los que ya están dentro del poder.