México es un país de casi dos millones de kilómetros cuadrados. Es una compleja nación donde conviven comunidades con intereses muy distintos, a las cuales une un pasado colonial. Las aspiraciones legítimas pueden ser notoriamente diferentes, y siempre hay una tensión entre el centro y la periferia que se manifiesta de diversas maneras. En el pasado, dicha tensión llegó a los extremos de la separación momentánea de entidades y la pérdida definitiva de grandes territorios.

Miguel Ramos Arizpe nació en 1775 en la población que hoy lleva su nombre. Entonces el poblado se conocía como Valle de San Nicolás de la Capellanía, y era un edén al inicio del desierto. Hoy conserva su perfume de provincia, pero es un emporio de producción industrial. En la cuna del “Padre del Federalismo”, entre otras cosas, se produce: acero, automóviles y productos de salud. En contraste a los tiempos del joven Miguel, que tuvo que salir a otras latitudes para estudiar, hoy la tierra que lo vio nacer es sede de dos universidades públicas y un sinfín de escuelas.

El sacerdote y doctor pronto dio muestras de su pasión por la política. Su conocimiento de la realidad que se vivía en las provincias y la urgencia de cambiar el destino de sus paisanos lo llevó a las Cortes de Cádiz. El viejo imperio español crujía, su debilidad permitió la invasión napoleónica y las ideas de modernidad incitaron a sus colonias a buscar la independencia. Mientras Ramos Arizpe debatía en las Cortes o pasaba temporadas en las cárceles ibéricas, en su lejano país se desarrollaba una prolongada guerra de liberación.

Desde varios sexenios atrás se ha debilitado la organización federal. El catálogo de acciones es largo, igual se promovió la lista de senadores de representación proporcional, mecanismo que rompe la equidad entre las entidades, que se han eliminado fondos que eran usados por los gobiernos subnacionales y locales. El viento centralista ha cercenado facultades a los estados y trata de lograr la uniformidad de manera artificial. De igual manera, los gobiernos nacionales, en muchas ocasiones, han olvidado su obligación de auxiliar a las entidades cuando afrontan problemas que escapan a sus posibilidades de respuesta.

El coahuilense que salió rumbo a España, conocedor de la injusticia de una organización enfocada en el centro de una nación y cansado del expolio de las riquezas locales que propiciaba la metrópoli, regresó al México independiente convencido de que la organización federal era la solución para conservar la unidad del país y propiciar el desarrollo de las comunidades. Su visión se impuso en el Constituyente del 24, sin embargo, el convulso siglo XlX fue de “ires y venires” entre las dos formas de organización y, a consecuencia de esto, pronto los texanos abandonaron la unión y los americanos se llevaron los grandes territorios de Arizona, Nuevo México y California.

El paquete fiscal 2022 es una muestra más del centralismo. La propuesta olvida que la riqueza se genera en las actividades económicas que suceden en los territorios de las entidades federativas y que, si bien es cierto que el Gobierno central necesita recursos para tareas nacionales, es tremendamente injusto que desde una lejanía se pretenda dictar las políticas y acciones de estados y municipios.

La larga lucha, en el terreno fáctico de la política, entre centralistas y federalistas no acaba. Hoy, México está viendo resurgir lo que Miguel Ramos Arizpe tan férreamente combatiera: el centralismo